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22/05/2020 11:00 CEST | Actualizado 22/05/2020 11:00 CEST

La última marginación

Si salimos de ésta sólo habrá merecido la pena si es para tener un mundo en el que la justicia prevalezca siempre, al margen de la edad.

Carlos Alvarez via Getty Images

Rosa Regás, en el prólogo al libro de Anna Freixas Tan frescas, dice: “Durante siglos, y aún ahora, por más que presumamos de que todo ha cambiado, las mujeres hemos tenido que sufrir al final de nuestra vida una última marginación, la marginación de la edad”. Después hemos constatado que existe “el estigma de los pobres abuelitos”, como dice Ángel Munarriz, que “aunque de propósito inocente, incluso cariñoso, puede constituir, en su continua repetición, un paso atrás para los mayores, una estigmatización e incluso una discriminación”, igual para hombres y mujeres. “Se ha pasado de la retórica contra la discriminación por edad a decir a los mayores que no salgan de casa” (Mary Bird).

A esta terrible situación no se ha llegado por casualidad. El problema era grave, pero la crisis del coronavirus lo ha llevado al paroxismo, a la muerte sin atención sanitaria. A los viejos/as nos marginan hasta en las horas de salida, aunque lo terrible es lo de las residencias de ancianos. En El Confidencial se explica con detalle cómo “ante la situación de saturación actual, y por indicación de la dirección médica, no se permite el ingreso de pacientes de residencia en el hospital. Esta es la sentencia escrita en el parte de alta de Urgencias”. Ha ocurrido en municipios de Madrid, y ya lo había así dicho la presidenta de esa comunidad: “Ha habido criterios técnicos y sanitarios que te dicen que igualmente esta persona va a fallecer, que mejor que se quede ahí”. El número exacto de ancianos muertos no lo conocemos: seis mil, en los llamados asilos, de la comunidad madrileña, y otros muchos en diversos territorios.

El problema no arranca con esta crisis, es consecuencia de una nula política en torno a la evolución del desarrollo de la población; los nuevos nacimientos disminuyen y el envejecimiento aumenta, sin que se plantee qué hacer para alcanzar un equilibrio razonable.

Si salimos de ésta sólo habrá merecido la pena si es para tener un mundo en el que la justicia prevalezca siempre, al margen de la edad.

Las mujeres dejaron de parir porque querían, con todo derecho, dejar de ser solo reproductoras de la especie, y la población mayor, al mismo tiempo, crecía; la incorporación de la mujer a la vida activa no se podía parar -aparecieron los anticonceptivos- y alguien tenía que ocuparse del cuidado de esa descendencia que decrecía. Remedio: encargárselo a las abuelas y, más tarde, a los abuelos; la jubilación no parecía una mala solución para tener “personal disponible”.

De facto se hace obligatoria y va cambiando lo que fue una conquista de la clase obrera en algo generalizado. El catedrático de Derecho Constitucional Javier Pérez Royo afirmó: “El concepto de jubilación nunca me ha entrado en la cabeza; es anticonstitucional. La jubilación debe ser un derecho, nunca una obligación. Cada vez estoy más convencido de que no se puede malgastar el capital humano por cuestiones burocráticas”.

La también catedrática, feminista, Maria Ángeles Durán, única mujer que tiene el Premio Nacional de Sociología, dice que “la jubilación es una opción y no una obligación. La ley te concede un derecho y hay derechos a los que se puede renunciar”. Administrativamente no es posible en lo público, sólo en lo privado, en profesiones cada vez más residuales. Las personas jubiladas pasan a ser consideradas inactivas e inservibles. Los pobres abuelitos (abuelitas), objeto progresivo de toda clase de discriminaciones, hasta llegar a la de la crisis del coronavirus, como tan bien explica Ángel Munarriz: “Los especialistas alertan contra la infantilización y la lastima y temen que se imponga el estereotipo del viejo vulnerable y enfermo”, que es el que, trágicamente, se ha impuesto.

Tenemos una sociedad repleta de dañinos estereotipos, prejuzgamos, decidimos y encasillamos.

Anna Freixas escribe: “Uno de los cambios importantes en nuestro devenir por el ciclo vital se refiere a la percepción y vivencia de la edad. Normalmente, la edad cronológica y la edad que sentimos como propia -la edad subjetiva- no suelen coincidir. Todo el mundo se siente más joven de lo que cronológicamente es y mucho más joven de cómo es percibido por la sociedad.” “El hecho de que las personas mayores unánimemente afirmen que ellas no se sienten mayores, viejas, nos indica el significado profundamente contaminado de estas palabras que son ideas de enfermedad, pobreza, fealdad, marginación, soledad, incapacidad, en las que hemos sido educadas”.

Tenemos una sociedad repleta de dañinos estereotipos, prejuzgamos, decidimos y encasillamos. Si salimos de ésta sólo habrá merecido la pena si es para tener un mundo en el que la justicia prevalezca siempre, al margen de la edad.

 

Este artículo se publicó originalmente en el Diario de Sevilla

#CuandoElDescansoEsUnSueño