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13/11/2019 07:17 CET | Actualizado 13/11/2019 10:30 CET

La única salida para la investidura: de la esperanza a la resistencia

El resultado pírrico, entre el alivio y la amargura, da una nueva oportunidad, quizá la última, al acuerdo.

Sergio Perez / Reuters
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias firman el preacuerdo de Gobierno.

El resultado de esta segunda vuelta electoral del 10 de noviembre no ha hecho más que sancionar, si bien de forma todavía no irremediable, el desencuentro entre las izquierdas y el consiguiente bloqueo político que impidió la investidura en el mes de julio. 

Los ciudadanos han devuelto sin estridencias la patata caliente de una gobernabilidad que no les correspondía solucionar, a las fuerzas políticas, y en particular a las izquierdas. 

Se cumplió lo previsto ante el hartazgo: una menor participación y el retroceso, es verdad que leve, de las izquierdas en votos y escaños, mientras avanzan el bipartidismo, los particularismos, las derechas, y de forma alarmante, la extrema derecha. Un salto electoral de la extrema derecha que duplica su representación y se sitúa como tercera fuerza, sustituyendo de hecho a Ciudadanos y contaminando aún más el debate público, endureciendo las posiciones conservadoras y condicionando la futura política de alianzas. 

La debacle de Ciudadanos pasará a los anales políticos como la crónica de una oportunidad perdida para la catarsis de la derecha y modernización del centro derecha y de su influencia transversal en la política de alianzas. Primero apuntándose en la vanguardia del duelo de nacionalismos, más tarde vetando a la izquierda y finalmente normalizando a la extrema derecha. Cría cuervos... 

Por otro lado, ni el PSOE, ni Unidas Podemos, ni Más País han conseguido su objetivo de cambiar en su favor la correlación de fuerzas electorales para debilitar la posición de la contraparte en una nueva negociación para una mayoría de Gobierno progresista. El resultado no ha dado ni quitado razones a nadie en un pulso que corre el riesgo de convertirse en interminable entre el ya viejo sectarismo y el personalismo del nuevo populismo de las izquierdas. Se mantiene, pues, sustancialmente la hegemonía y la distancia de las anteriores elecciones, y por tanto inicialmente los mismos incentivos para mantener las posiciones que llevaron al bloqueo: el desacuerdo sobre si compartir o no el Gobierno y las posiciones contrapuestas sobre la cuestión catalana. 

Por otro lado, ni el PSOE, ni Unidas Podemos, ni Más País han conseguido su objetivo de cambiar en su favor la correlación de fuerzas electorales.

Tampoco Sánchez ha logrado mejorar como pretendía su margen de maniobra para pactar hacia el centro derecha o lograr su consentimiento en la nueva investidura. Al contrario, se le cierra la operación centro con Ciudadanos y la mínima probabilidad del consentimiento o de la gran coalición con la derecha se convierte en una quimera con el aliento de Vox en la nuca del PP. 

Precisamente, Vox es la extrema derecha que, junto con las distintas opciones identitarias, ha sido la principal beneficiaria de la repetición electoral y de la sensación de crisis política y de seguridad provocada a raíz de la desproporcionada sentencia del Procés.

En conclusión, si antes la alternativa más apoyada por los votantes era el acuerdo de las izquierdas, ahora se ha convertido prácticamente en la única salida ante la práctica desaparición del centro y la mayor influencia de la extrema derecha. Pero sobre todo, la segunda vuelta ha confirmado, ahora sí, que solo hay una única posibilidad de investidura: la basada en un acuerdo básico de las izquierdas. Una alternativa progresista a una legislatura llena de incertidumbres a corto y a medio plazo, tanto sobre los necesarios apoyos y abstenciones, como sobre su estabilidad política y presupuestaria, a tenor de las incertidumbres y los retos económicos, sociales y territoriales. 

La investidura del más votado, así como la del consentimiento en el centro y la gran coalición con la derecha han quedado prácticamente descartadas. A ver si esta vez, a la fuerza, nos damos cuenta de una vez que tenemos que entendernos, pero que para ello hay que derribar todos los vetos de partida. Porque ya no hay tiempo ni condiciones para un tercer grado catastrófico que sin duda situaría a la izquierda en la oposición y que le daría la oportunidad a la extrema derecha de condicionar el Gobierno español durante un largo período. Todavía estamos a tiempo también de evitar que se cumpla el sueño de esta extrema derecha clasista de la nostalgia, la fobia, la anti política y el autoritarismo de contaminar a la clase y los barrios de trabajadores. 

El resultado pírrico, entre el alivio y la amargura, da una nueva oportunidad, quizá la última, al acuerdo.

Por eso el memorial de agravios, las maldiciones, las profecías auto cumplidas y los reproches están de más ante esta nueva resaca electoral. El resultado pírrico, entre el alivio y la amargura, da una nueva oportunidad, quizá la última, al acuerdo. Se requiere, en definitiva, un poco de autocrítica en las izquierdas, pero ante todo, voluntad de diálogo y de colaboración para gobernar y con ello dar respuesta a lo que ayer fuera esperanza y hoy es resistencia. 

Ayer, menos de 48 horas después del 10-N, nos presentaron un preacuerdo entre las izquierdas. Una buena noticia que hay que desarrollar con un programa de cambio posible y una mayoría de Gobierno estable. Bien está, si bien acaba.  Enhorabuena a UP y al PSOE.

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