La vuelta al cole en el barrio con más contagios de Europa

Los alumnos comienzan el nuevo curso entre la ilusión, la prudencia y el absentismo.
Puerta del colegio de Usera el día de inicio del curso.
Puerta del colegio de Usera el día de inicio del curso.

La misma escena se ha repetido cientos de veces en la mañana de este martes en Madrid, también en el madrileño barrio de Usera.

En los alrededores de la entrada de uno de los colegios de este distrito del sur de la capital, grupos de padres se concentraban para intercambiar pareceres sobre esta vuelta al cole, compartiendo miedos y dudas. Porque si hay miedo en toda España, los progenitores y el profesorado de este centro concertado añaden otra razón más: Usera es el barrio con la tasa de incidencia por coronavirus más alta de Europa. El dato acumulado en los últimos 14 días es de 993.27 casos por cada 100.000 habitantes.

“Yo no creo estar más preocupada que otra madre de otro barrio de Madrid. Pero es verdad que se ha señalado este como uno de los más contagiados y eso impone”, reconocía Ana, otra de las mamás que permanecían en la entrada pendiente en todo momento de los movimientos de su hija.

“Ayer se acostó llorando, diciendo que no quería venir porque su hermano no iba. Y porque tiene miedo de que nos pongamos malos”, contaba María, madre de Noemí que empieza 2º de Primaria. El temor al contagio, a que la covid-19 entre en casa a partir del colegio, está en la cabeza de todos: de los mayores, pero también de los niños.

“Obviamente los padres son conscientes del barrio en el que viven. Ellos saben lo que han hecho durante este tiempo, pero no saben lo que habrán hecho los padres de los compañeros de sus hijos, si han mantenido o han podido mantener las precauciones para evitar contagios”, explica Susi Lázaro, presidenta de la AMPA y madre de dos niños, alumnos de 3º de la ESO y 5º de Primaria. De hecho, ha asegurado que hay padres que han decidido, de momento, no llevar a los niños al cole. “Es una decisión respetable, pero lo que no me gusta es que intenten convencer a las demás para que tampoco los lleven”, añadía.

“No creo estar más preocupada que otra madre de otro barrio de Madrid, pero es verdad que se ha señalado este como uno de los más contagiados y eso impone”

En Usera se encuentra lo que se conoce como el Chinatown madrileño. En este barrio del sur de la capital hay censados 143.141 habitantes y el 25% son de procedencia extranjera, especialmente latinos y chinos. La comunidad asiática se cifra en unos 10.000 vecinos. Las aulas de este colegio son un fiel reflejo de tal multiculturalidad y el porcentaje de alumnos inmigrantes se aproxima a ese 25%. También es un espejo de las distintas maneras de afrontar la pandemia que cada uno tiene. “Muchos padres de niños chinos han decidido no llevar a sus hijos al colegio. Lo mismo hicieron antes de declararse el estado de alarma y se confinaron antes de que fuese obligatorio, pues las noticias que les llegaban de su país no eran nada tranquilizadoras”, cuenta Susi Lázaro.

Los padres, a las puertas del colegio viendo entrar a los niños.
Los padres, a las puertas del colegio viendo entrar a los niños.

En el patio, en formación

Según pasan los minutos, Noemí empieza a liberarse del miedo y está más contenta, con su mascarilla puesta y el kit covid en su cintura, dentro de una riñonera. “Llevo otra mascarilla de repuesto, pañuelos desechables, gel hidroalcohólico y jabón de manos para no tocar el del cole”, explicaba la pequeña. “Yo llevo el gel en esta pulsera”, interrumpía su compañera para mostrar su original dispensador de gel.

Mascarillas de mil colores e infinitos dibujos, riñoneras, botes de gel o bolsitos con todo lo necesario animaban los previos al inicio del curso escolar. Las normas las llevaban todos muy bien aprendidas pero controlar la emoción de volver a ver a sus compañeros es difícil para los más pequeños. “Nos sentamos todos juntos en clase, ¿vale?”, animaba el que parecía el líder de un grupo de seis niños de tercero de Primaria. Salvo por la mascarilla, su entusiasmo nervioso y su forma de comportarse antes de entrar componían la misma fotografía que otros años.

Por fin se abren las puertas. En el gran patio del colegio se distribuyen los tutores de 1º, 2º, 3º y 4º de Primaria dispuestos a recibir a sus alumnos y ordenarlos en filas con la distancia de seguridad obligada.

El primer día de cole siempre es ajetreado, pero este año más. Jefes de estudios, conserje y hasta el personal del comedor se encargan de ayudar en la organización de esa entrada atípica. Los niños, en su mayoría responsables, cambian el rictus sonriente —porque solo se les adivina por los ojos— por caras de concentración escuchando atentamente a los profesores y sabiendo que la cosa se pone seria y es el momento de cumplir con esas nuevas normas.

Los padres, sin poder remediarlo, olvidan el metro y medio de distancia de seguridad y se agolpan en la puerta para asegurarse de que sus hijos sí lo guardan —por suerte, los niños ya no los ven—.

En el patio los niños han formado filas manteniendo la distancia de seguridad entre ellos.
En el patio los niños han formado filas manteniendo la distancia de seguridad entre ellos.

Hoy han comenzado las clases para los cursos inferiores: Infantil y primeros cursos de Primaria. El resto, siguiendo las directrices de la Comunidad de Madrid, se irá incorporando a lo largo de la semana y los últimos serán los de 1º y 2º de la ESO que lo harán el 18 de septiembre. Por eso el colegio aún permanece medio vacío y solo se ve trajinar a los profesores yendo y viniendo. “Creo que todo está bastante controlado. La verdad es que los profesores lo hemos dado todo y confiamos en que todo va a salir bien”, cuenta una profesora de Primaria. “Hay geles por todos los lados, los horarios están organizados y las aulas preparadas”.

En este colegio, para mantener la ratio en 20 alumnos por aula, han creado una línea más por curso y, según ella misma nos explica, se han organizado con los mismos profesores que había porque, de momento, la Consejería de Educación aún no ha mandado nuevos.

En la puerta de la Secretaría hay una considerable fila de padres que llega para resolver diferentes cuestiones. Mantienen la distancia entre ellos —y si no, se lo recuerda el conserje—. En la fila, un padre de nacionalidad china, uno de los pocos que se ven, lleva una gran bolsa con cajas de mascarillas que, confirma, va a dejar en el centro para que hagan uso de ellas.

“Muchos padres de niños chinos han decidido no llevar a sus hijos al colegio. Lo mismo hicieron antes de declararse el estado de alarma y se confinaron antes de que fuese obligatorio”

Un primer día muy muy atípico: sin apenas lágrimas

Entre los alumnos que hoy se incorporan había un grupo especialmente delicado: el de los niños de 2 y 3 años que empieza 1º de Infantil. “Mi hija no quería ni quitarse el pijama porque no quería venir al cole y se ha puesto a llorar”, confiesa la mamá de Irene, de 3 años, que una vez en la puerta, y tras despedir a su hija pequeña, se mostraba temerosa por la llegada de “ese momento”.

“La verdad es que estoy preocupada en su justa medida. Mi hija mayor ha entrado tan contenta, ya va a primero de Primaria, pero con Irene la cosa se complica más por sus problemas de salud”, confiesa. La pequeña tuvo cáncer de bebé y arrastra algunas secuelas. “No es paciente de riesgo pero me preocupa porque necesita ciertos cuidados y en el cole ahora hay tanto lío con esto”.

Nerviosas, como sus alumnos, esperan las tutoras de Infantil a sus “niños”. “Yo estaba histérica, más que otros años, y eso que este es el segundo curso que estoy con ellos y ya los conozco, y conozco a los padres”, explica Lucía Rodríguez, profesora de Infantil. “Las que de verdad tienen mérito son las profes de los grupos de 3 años”, aclara, porque si primero ya es un curso difícil —los padres tienen muchas dudas—, suma ahora las añadidas por el coronavirus. ¿Cuántas veces se van a lavar las manos?, ¿cuántos niños irán juntos al baño?, ¿cómo se sentarán en el comedor? o ¿cuántos profesores vigilarán el recreo? son algunas de las preguntas que se plantearon en la primera reunión con esos padres y madres.

Sí, claro, ha habido lágrimas entre los más pequeños pero —¡oh, sorpresa!— no tantas como era previsible por otros años. “Ha sido realmente sorprendente porque, después de tanto tiempo sin ir al cole, sabes que alguno va a llorar y que no va a ser fácil. Pues hoy, en mi clase, no ha llorado ninguno y han estado felices. Tenían ganas de volver con sus amigos, de tocar la plastilina, de canciones nuevas…”, detalla Lucía.

Ha sido una mañana intensa entre los muros de este colegio. Pero ya lo venía siendo estos días atrás porque, desde que el día 1 de septiembre se incorporó la plantilla de docentes, todo han sido preparativos. “Ayer eran las seis de la tarde cuando me marché del centro pensando en qué más podía hacer en el aula para que los pequeños estén cómodos y seguros”, cuenta exhausta la profe. Pero ella también tiene claro que ahora se trata de trabajar al día, sin grandes planes para los meses futuros. “Y ya iremos haciendo frente a lo que venga”, concluye.

La anómala vuelta al cole 2020