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13/05/2019 07:31 CEST | Actualizado 13/05/2019 07:31 CEST

'La vuelta de Nora': ¿qué hacemos para poder ser lo que necesitamos ser?

Uno sabe que está ante un éxito, al menos de público, cuando va un miércoles al teatro y, primero, se lo encuentra lleno para, al final de la función, oír un fuerte, largo y caluroso aplauso que ha sido precedido de ese silencio en el que se queda el público cuando está afectado por lo que ha visto y oído. Eso pasa con La vuelta de Nora (Casa de muñecas 2) de Lucas Hnath que dirige Andrés Lima y protagoniza Aitana Sánchez-Gijón en el Teatro Bellas Artes de Madrid. Obra que, en otros tiempos que no volverán, hubiera abierto temporada y disfrutaría de una programación mucho más larga en la cartelera por su texto, por lo que cuenta, por su puesta en escena y por su elenco.

La historia es sencilla. Una mujer de vida más que acomodada que abandonó su casa, con marido, hijos y servicio dentro, vuelve quince años después porque necesita pedir al marido que abandonó un favor que le permita seguir siendo la mujer en la que se ha convertido y que ella eligió ser. No es una mujer cualquiera para todos aquellos, profesionales o no, que amen el teatro. Se trata de Nora, la protagonista de Casa de muñecas de Ibsen. La mujer que dio el portazo para, en una época que no se estilaba, dejar atrás su rol de madre y esposa por un futuro incierto fuera del calor del hogar. Una mujer que decide voluntariamente salir de la confortable (in)comodidad en la que se le ha colocado.

Un calor de hogar que en este montaje representa un fuego permanente en la chimenea. Un fuego que se ve que es falso pero que a la vez tiene una extraña, agradable y creíble realidad. Como las fake news. Fuego que es el centro de una rara escenografía. Una casa de muñecas puesta en perspectiva que permite comenzar con una impactante imagen en la que Nora, vestida con abrigo oscuro, se presenta frente a Anne Marie, la institutriz, como una mantis religiosa. Una imagen sobrenatural que mostrará bajo su abrigo un traje azul que tiende a colorearse de un sutil morado.

Si esa imagen es un acierto hay otras elecciones que no lo son tanto. Como el hecho de que la institutriz, interpretada por María Isabel Díaz Lago, hable con acento cubano. O ese vestuario contemporáneo con el que se viste a Emmy, Ia hija de Nora que interpreta Elena Rivera. Tan innecesaria como es que Torvald, el marido de Nora interpretado con energía y compromiso por Roberto Enríquez, tire al aire los documentos que va a buscar a casa, dejando una bonita escena, y se vuelva al trabajo sin ellos, un hombre tan responsable. Disonancias que no parecen necesarias para el juego que hay en escena.

¿Qué cuál es el juego? El juego de la necesidad. Las necesidades que tienen unos personajes, los huecos que tienen que cubrir, para poder seguir siendo o para poder ser lo que quieren ser. El juego humano de saberse seres necesitados y de tener que hacer en función de esa necesidad. El compromiso moral de no hacer por hacer, ni dejarse hacer, porque en ese hacer por uno mismo está el hacerse a uno mismo. Responsabilizarse de uno mismo en sus circunstancias (que como obra contemporánea, y marxista que es, son circunstancias económicas). Una especie de extraño egoísmo, pues es un interés personal que tiene que ver con el otro. Hacer con respecto a los otros lo que creo que tengo que ser, para que también el otro pueda hacer y, haciendo, también pueda ser.

La mujer que dio el portazo para, en una época que no se estilaba, dejar atrás su rol de madre y esposa por un futuro incierto fuera del calor del hogar.

El párrafo anterior puede parecer un extraño y complejo trabalenguas. Un juego de palabras, como, en cierta medida, puede serlo una obra basada en la dialéctica entre personajes. Basada en esos diálogos vibrantes, de frialdad nórdica, en los que unos a otros se retan a explicarse de una forma poética y teatral. Es decir, hablando con otros y moviendo sus sentimientos frente a lo que les pasa (o pasó) antes que dando la chapa con un discurso político y/o filosófico. No, hablan de ellos en relación al resto y al contexto.

Hablando de ellos y entre ellos, se posicionan en ese extraño escenario, esa rara casa de muñecas en perspectiva, alrededor de la que se muestra la tramoya sin complejos. Y, no, no se posicionan en un partido político. Se posicionan en la vida, en sus vidas, eligiendo dentro de unas circunstancias (económicas, hay que reiterarlo) con sus miedos, como muy bien entienden y saben los espectadores. Pues, ellos también lo han hecho en su casa, una casa de muñecas, una casa cómoda, ficticia, para jugar(se) la (única) vida que tienen a todo o nada. Una elección íntima y personal, que condiciona el compromiso público, el compromiso político, como bien sabía Nora en el original de Ibsen y en esta multipremiada secuela. Ambas, obras en las que el teatro recupera su función y el público se (re)conoce.

 

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