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20/11/2020 10:42 CET | Actualizado 20/11/2020 10:42 CET

Ladrones en busca de autor

Los cafés de Madrid fueron la verdadera identidad de la ciudad durante casi dos siglos.

Carlos Alejándrez 'Otto'.

George Steiner vino a decir que Europa es esa parte del mundo en la que se va al café. Esos establecimientos polvorientos, atestados de público sin más posesión que la tarde por delante, conforman la identidad de este continente mejor que las grandes palabras que nos atribuimos y a las que demasiado a menudo traicionamos. 

No creo haberme tropezado con idea más lúcida en mi vida.

Desde los cafés de Estambul, desperdigados por las aceras como higos maduros, a los de Lisboa, en los que se presiente el Atlántico y en los que el oficinista Pessoa mantuvo sus multitudinarias tertulias a solas.

O los vieneses en los que, todavía hoy, renuevan los vasos de agua a cada hora y en los que siempre alguien ríe por lo bajo al recordar el impagable chiste de Lubitsch:

-Quiero un café sin nata.

-No nos queda nata, señor ¿no prefiere el café sin leche?

O los parisinos, tan pagados de sí mismos, irreales y carnosos como una película de Buñuel, en los que más vale beber cerveza, sea la hora que sea, en vez de eso que se empeñan en llamar “cafe au lait”.

Los cafés de Madrid fueron la verdadera identidad de la ciudad durante casi dos siglos. Parlamento, academia, consulado, oficina… todo a un tiempo y en constante y coreografiada confusión. No faltó un café en ningún villorrio del país, pero los de Madrid acarrearon en sus bandejas bebidas para los políticos, literatos, científicos... cuyos nombres, más adelante, tuvimos que aprender para el examen de historia.

Los pobres tenían botillerías y tascas; las gentes de bien, las fondas y casas de comidas; los más ricos, aquellos primeros restaurantes que intentaban insertar un trocito de París en plena Mancha, pero, todos, en un momento u otro del día, se pasaban por el café a mantener viva la tertulia.

Nunca faltaron jóvenes universitarios que se fumaban un par de clases a ver si se les pegaba, por ósmosis a través de sus posaderas, algo del genio acumulado en los asientos

Incluso a Larra, que no dudó en despotricar contra tales lugares en los que se practicaba la vagancia y el abandono de las ideas de progreso, le costaba levantar el culo del asiento que ocupaba en el del Príncipe.

Fue a mediados de los setenta, cuando fueron despidiéndose los últimos grandes cafés, en un racimo de años, asediados por las cafeterías americanas y los pubs ingleses que atraían a los bebedores con sus decorados de película añorada. Todo, desde los bares hasta los gestos, nos gritaba que lo que queríamos, en realidad, era vivir en el cine. 

Cuando llegué a  Madrid, los cafés aún imponían respeto; despedían el extraño aura de la sabiduría que habían contenido y que aún contenían. Se tenía la sensación de que no era lícito ocupar una de sus mesas si no se había hecho la mili.

Aunque, en su deriva, aún llegué a alternar en templos como el Levante o el Flor; en este último, incluso desafinaba una orquestilla a la que nadie aplaudía ante el riesgo de que acudiera el camarero.

El Levante, con sus camareros art-decó, como diseñados por un Penagos ebrio, lindaba con el reloj de Sol; pero, ya en aquel tiempo, parecía que, para el café, las agujas giraban en sentido contrario.

En cierta ocasión, paré en el Lyon (hoy, por supuesto, desaparecido) llevando en la mano unos cuantos libros saqueados en Moyano. No pude dejar de observar que una pareja que ocupaba la mesa enfrentada a la mía me observaba con escaso disimulo y discutía en acalorados susurros. Una ráfaga de silencio me hizo llegar una de las frases del chaval:

-Te digo que es él. Tal y como nos dijeron que estaría.

Por más que quise alargar mi estancia, llegó el momento de marcharme sin llegar a descubrir quién soy, ignorancia que, todo hay que decirlo, aún no he solventado.

El Café Gijón aún mantiene su nobleza en el Paseo de Recoletos, enfrentada su cristalera al granito de la Biblioteca Nacional. Es el último guardián de la memoria, y en su historia caben todas las confesiones que no nos atrevimos a hacer.

Hoy apenas se oyen versos en el Gijón. Las pocas discusiones crean eco entre los veladores desiertos

Cela ya no acudía en los años setenta, ni Aldecoa (al segundo se lo había llevado la muerte; al primero, el clima de Mallorca), pero todavía bullía con la lucidez dislocada de José Miguel Ullán, el nuevo clasicismo de César Antonio Molina, la lenta elegancia de Manuel Vicent, el fértil foulard de Paco Umbral o el demoledor crochet de Manuel Alcántara, que aún prefería recitar sus versos a media voz a verlos impresos.

Dicen que Francisco Nieva, candente delirio de Valdepeñas, ocupó mesa nocturna con su carpeta de bocetos y sus ansias de barroco y sensualidad.

Nunca faltaron los jóvenes universitarios que se fumaban un par de clases a ver si se les pegaba, por ósmosis a través de sus posaderas, algo del genio acumulado en los asientos, pero a medida que la ciudad se adentraba en los años ochenta, la bohemia prefirió enfilar su sed hacia el barrio de Malasaña, y el Gijón inició su lento e imparable declive.

La última tertulia estable de la que tuve noticia lo fue de actores, y en ella oficiaban, entre otros, el gran Manuel Aleixandre y el nunca valorado Álvaro de Luna. Alguna que otra tarde, entre función y cabreo, se unía a ellos aquella cátedra de interpretación y mala leche que fue José Bódalo.

No quiero dejar de lado tres tertulias bizarras que, fuera del Gijón, sostuvieron, secretamente, una tradición que esta ciudad ha perdido.

Hasta que la biología culminó su odiosa labor, el Café Comercial -cerrado y felizmente reabierto- acogió una de aviadores republicanos que pasaban una tarde a la semana lamentando la endeblez de los “moscas”. 

En una tasca de la calle Tabernillas, entre las Vistillas y el Rastro, se reunieron, los lunes y durante unos cuantos años ochenteros, unos pocos aficionados al boxeo que, silenciada la campana del Campo del Gas, marcaban los golpes entre vermut y vermut.

Aunque la más extraña de la que me han hablado fue la que organizó un grupo de poetas, con el gran Jesús Urceloy a la cabeza, que no encontraron mejor hora de reunión que las nueve de la mañana del domingo, en las mesas de un VIPS. 

Hermoso y absurdo intento de poetizar lo intragable.

Hoy apenas se oyen versos en el Gijón. Las pocas discusiones crean eco entre los veladores desiertos. Los camareros pasan sus turnos mirándose en la bruñida vejez de las bandejas vacías.

Quiero imaginar que los ladrones no buscaban el efectivo, sino que, románticos al fin y al cabo, esperaban encontrar los guiones que Pedro Beltrán extravió tantas veces

El Gijón agoniza sin que a ningún estamento interesado parezca preocuparle.

Tampoco al público, que huye de un pasado en que no se reconoce.

Cómplices de la caída, una banda de salvajes se coló hace unos días abriendo un butrón con un mazo; destrozaron el sistema informático con cuchillos y arramblaron con todo el dinero, más una buena cantidad de botellas de whisky.

El mazazo, nunca mejor dicho, puede ser de muerte para el local. 

Y tiemblo al pensar que ya falta poco para que un grupo inversor lo adquiera y lo reinaugure respetando tan solo la fachada y alzando en su interior una memoria mentirosa, como ya ha ocurrido en demasiadas ocasiones.

Quiero imaginar que los ladrones no buscaban el efectivo, sino que, románticos al fin y al cabo, esperaban encontrar los guiones que Pedro Beltrán extravió tantas veces, o los cuadernos de poemas que José García Nieto olvidaba constantemente. 

Pienso que las monedas que los chorizos han usurpado fueron, durante años, las que Alfonso, el vendedor de tabaco, prestaba a los habituales sabiendo que se iban, ellas y los pitillos que fiaba, al fondo perdido de los poetas pobres.

O quizás buscaban, en fin, el artículo que Alfonso Sánchez dejó a medias porque llegaba tarde al cine. 

#YONOMEOLVIDO