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01/04/2019 16:12 CEST | Actualizado 01/04/2019 16:12 CEST

Las atracciones de un parque de diversiones Macabros que no conoce Almudena Grandes

Jorge Villalba via Getty Images

Con frecuencia, suelo llamar a Venezuela “el parque temático comunista” más grande del mundo. Y lo hago sin humor de por medio: en realidad se trata de la descripción más directa que puede hacerse sobre una situación que se ha convertido en un debate ideológico, antes que una mirada reflexiva sobre una ruptura caótica de la identidad de una nación al completo. Somos una curiosidad histórica, que, junto a Cuba, representa un tipo de pensamiento anecdótico fácil de juzgar pero que resulta muy complicado de analizar a profundidad. Sobre todo, para la izquierda europea, que nos mira de reojo y desde cierta condescendencia. Para la gran mayoría, el debate se reduce a complacer la percepción individual sobre lo que debería ser la aplicación práctica del socialismo hasta sus últimas consecuencias. Que Venezuela sea el símbolo de una estafa histórica, es lo de menos. Para buena parte de la izquierda mundial, el debate es otro. Uno que ignora a una población entera que atraviesa una situación crítica que empeora a diario. De modo que eso somos: Una reliquia venida de los libros de historia y de los panfletos universitarios sobre la progresía izquierdista que se entregan de mano en mano en los campus y se leen de pasada, en un Starbucks, mientras se debate sobre ideología en un teléfono móvil de última generación. Un parque temático violento, lleno de todo tipo de horrores realistas que por supuesto, desafían la lógica académica que intenta explicarlo. Un país entero que debe lidiar no sólo contra una crisis social, económica y social a todo nivel, sino también con la extraña condena de haberse convertido en una especie de “meca” para todos los socialistas idealistas de gran parte del mundo. Porque Venezuela, más que una circunstancia, es un debate. Es una contradicción a un ideal romántico sobre la ideología, una ruptura con la percepción más amplia de una circunstancia devastadora que no sólo devastó al país hasta sus cimientos, sino que condenó a casi tres generaciones de venezolanos a huir de sus consecuencias. 

Claro está, explicar a Venezuela está de moda. Lo que me fastidia de esa notoria intención de sostener argumentos flojos y mediocres de escritores y opinadores como la escritora Almudena Grandes (la más reciente voz en unirse al coro progresista que se cuestiona “el problema Venezuela” en tono colonialista, condescendiente y superficial) es ese afán de tratar de comprender a Venezuela a través de su limitada experiencia sobre crisis de esta envergadura y unas cuantas noticias mal interpretadas. Para Grandes, que publicó un artículo blando, sin investigación de por medio y más efectista que otra cosa en su columna de El País, el “parque temático comunista” más grande del mundo, no es otra cosa que una versión. Una historia que se cuenta sobre tapas y con una copa de vino a un lado. Es una mirada aburrida sobre uno de los tantos conflictos geopolíticos que entra en el radar de los intelectuales que opinan sobre todo y de todos, con la mínima conciencia de sus consecuencias. 

Lo que jamás entenderé es por qué Almudena Grandes (y otros como ella) son incapaces de preguntar a venezolanos sobre la situación que viven, mirar más allá de sus prejuicios o simpatías. De mirar a Venezuela como un hecho real y no la amplificación o la destrucción de sus personales fantasías ideológicas. Porque les llevan tanto esfuerzo asumir que no hablan del “problema” Venezuela, sino de una población en medio de una crisis colosal.

Me provoca tanta tristeza como preocupación ese impulso condescendiente de personas como Almudena Grandes de opinar sobre mi país, sólo porque puede hacerlo, porque para ella somos “versión”, una noticia de moda en un periódico. Porque es sencillo, preguntarse “cuál versión” de la realidad es la correcta, mientras cientos de ciudadanos mueren a diario, ya sea por escasez, por violencia, por represión, por hambre. Los ciudadanos que han muerto sobre uno de los casi seis apagones de días de duración que azotan al país, que, a diario, deben enfrentar el hecho que su vida depende de la ayuda humanitaria que se disputa una cúpula de poder despiadada que los utiliza como rehenes. En Venezuela hay muchas maneras de morir, de perder las fuerzas, de encontrarse en el vacío destructivo del miedo en mitad de una lucha por sobrevivir que no parece terminar jamás. Mientras tanto, Almudena Grandes visita el parque temático comunista en su imaginación y lo mira como una reseña tropical de una situación inaudita. El tema de moda del cual hablar. 

Para usted somos una curiosidad, un rumor de pasillo, una noticia mal impresa. Para mí, esta es la realidad. Para millones de venezolanos, esto es lo cotidiano.

¿Cuál es la ganancia — intelectual o de cualquier otra índole — que tiene exponer una opinión poco informada sobre un país sometido a la escasez, la miseria, el miedo y a una incertidumbre insostenible? ¿Que obtienen desde sus encumbradas perspectivas tan poco éticas?

Señora Grandes, soy venezolana, vivo en Venezuela y sufro al país en cada consecuencia de un régimen violento, represor, manipulador y agresivo. Soy una venezolana que, como tantos otros, sólo tiene dos opciones: resistir con los dientes apretados a todo este miedo o huir de mi país. Y entre ambas cosas, está el horror de contemplar al país en que nací desplomarse a mi alrededor, convertirse en una colección de escombros, perder el sentido y la identidad de lo que fue. 

¿Imagina usted, señora Grandes vivir en ESTA versión de la historia que usted analiza con tanta superficialidad? ¿Vivir acosado, sometido y aplastado por un sistema político que tiene el poder de dar su versión y tergiversar la realidad con una interminable petrochequera? ¿Imagina usted señora Grandes, tener que despertar de madrugada para escribir — que es mi trabajo — porque no sé si después habrá electricidad para hacerlo? ¿Que mi sustento, modo de vida e incluso la posibilidad de sobrevivir a todo esto dependa del control del gobierno sobre los servicios públicos destruidos por la mala gestión y la corrupción? ¿Trabajar el triple de lo que jamás lo he hecho apenas sobrevivir? ¿Que la comida sea virtualmente incomprable incluso teniendo las manos llenas de billetes de valor? ¿Qué le disparen en la calle por manifestar su opinión?

Esa es “la versión” de un país que usted no conoce y que, evidentemente, no le interesa conocer, señora Grandes. Para usted somos una curiosidad, un rumor de pasillo, una noticia mal impresa. Para mí, esta es la realidad. Para millones de venezolanos, esto es lo cotidiano. Si usted no tiene nada que decir, nada que aportar, si usted no tiene la menor idea sobre lo que es soportar un régimen represor y violento cada día de su vida durante veinte años, señora Grandes al menos le pido respeto. Respeto por todo este dolor, este miedo. Para las víctimas que no pueden escribir y responder a su artículo provocador, superficial y grosero. Para los lutos que todos los venezolanos llevamos a cuestas, mientras usted y otros tantos nos miran a la distancia, debaten sin mucho interés sobre la muerte y la desolación sin jamás haber soportado nada semejante. 

Solo eso le pedimos, señora Grandes, respeto. No sé si usted sea capaz de brindarlo. 

 

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