Las 'babushkas', las abuelas ucranianas desplazadas por la guerra con pensiones de miseria

El país tiene 11 millones de pensionistas y el 60% vive con menos de 81 euros al mes. La inflación amenaza con escalar un 20% y emprender mejoras es una quimera.
Nina Petrenko, una abuela de 75 años, desplazadas por la guerra y con 60 euros para sobrevivir al mes, buscando ayuda en Leópolis.
Nina Petrenko, una abuela de 75 años, desplazadas por la guerra y con 60 euros para sobrevivir al mes, buscando ayuda en Leópolis.
Orlando Barría / EFE

Desplazadas por la guerra de Ucrania y con pensiones de miseria. Esta es la situación de muchas abuelas ucranianas -a las que se llama de forma cariñosa babushkas- que lo han perdido todo y sobreviven con 60 euros al mes.

La vida parece recuperar la normalidad en Leópolis, situada en el oeste y considerada la capital cultural de Ucrania, desde que las fuerzas rusas centraron su ofensiva en el este.

Pero esa imagen tiene mucho de espejismo, detrás de los locales abiertos, de las terrazas llenas y de los cantantes callejeros que atraen multitudes, palpita la guerra con la presencia de decenas de miles de refugiados provenientes de zonas ocupadas o cercanas al frente.

Reconstruir su casa dos veces

Entre los más vulnerables se encuentran mujeres como Nina Petrenko, que proviene de Lisichansk, una ciudad en la región de Lugansk que los soldados ucranianos controlan todavía pero que los rusos bombardean sin pausa.

Nina carga una bolsa rosa con una sopa, un bocadillo y algo de fruta que ha conseguido de una ONG cerca de la estación de trenes de la ciudad. “Si no fuera por esta ayuda no podría vivir, sólo tengo mi pensión y todo está muy caro”, reconoce.

Con 75 años, Nina asegura que su paga es de unas 2.100 grivnas, alrededor de 57 euros. El precio de un litro de leche ronda el equivalente a un euro y ella se queja de que los precios no paran de subir.

Su casa en Lisichansk fue destruida en 2014 en los primeros combates en Donbás, pero consiguió reconstruirla y ahora no tiene noticias de su estado desde que se fue hace dos meses. Pero es pesimista: “Es posible que todo esté en ruinas”.

Con todo, tiene la esperanza de volver para reconstruir su casa, por segunda vez en ocho años, y volver a plantar su huerto y cuidar de sus animales, que, reconoce, no sabe cómo se encuentran.

Nina vive con su hija en un hotel que han habilitado las autoridades municipales para los desplazados. Su hijo y su yerno están en el frente de Donbás, el más sangriento de una guerra que no tiene visos de terminar.

Por el momento recibe alimentos y alojamiento, pero, ¿qué pasará si las ONG dejan de dar asistencia y el municipio de ofrecerle un techo? Ella se encoge de hombros.

“No sabemos cuánto tiempo podremos quedarnos en ese hotel, ni qué pasará cuando nos digan que nos vayamos”, relata Nina, que no puede contener las lágrimas. ”¿Por qué tiene que pasar esto?”, se lamenta.

Una situación común

La situación de Nina no es un caso aislado. Millones de personas mayores en Ucrania reciben pensiones bajísimas, algo que ya era así antes de la guerra, pero que la invasión rusa ha empeorado.

En Ucrania, según datos oficiales, hay cerca de 11 millones de pensionistas, y el 60 % de ellos recibe una pensión inferior a 3.000 grivnas al mes (unos 81 euros). Las pensiones más bajas, por lo general, tienen rostro femenino.

Estas pagas, ya de por sí minúsculas, son pasto de la subida de precios y de la debilidad de la moneda local. Según las previsiones oficiales, la inflación puede llegar al 20 % este año. Algunos economistas apuntan que la cifra real será mayor. Y con todos los esfuerzos en Ucrania centrados en la guerra, existe poco margen para mejorar unas pensiones tan precarias.

La situación de Galina y Yuri Kukush, ambos de 60 años, no es menos dura, pero ellos la relatan con una sonrisa estoica.

Son desplazados de la ciudad de Pokrovsk, en Donbás, donde Yuri trabajó 25 años de minero. Ella también era empleada en la misma empresa pero en tareas de oficina.

Los años bajo tierra le costaron a Yuri un cáncer del que se trata desde hace ocho y que ahora tiene una metástasis. La pareja duerme en un edificio del hospital en el que tratan la enfermedad de Yuri en la ciudad de Novovolynsk.

Su trabajo de minero le ha dejado una pensión de jubilación de unas 10.000 grivnas (unos 270 euros), alta para Ucrania, mientras que ella tiene una paga de unos 2.500 grivnas (unos 67 euros).

Ambos tienen a sus hijos lejos y sin la ayuda de una congregación religiosa protestante no habrían sobrevivido. Pese a todo, confían en volver algún día a Pokrovsk.

“Tenemos la esperanza pero no sabemos qué pasará, pero para que algo mejore en este país debe acabar esta guerra”, resume Galina.

La invasión rusa en Ucrania, vista por el Premio Pulitzer Emilio Morenatti