26/11/2019 14:14 CET | Actualizado 26/11/2019 14:14 CET

Deja de ponerte excusas y verás cómo puedes ahorrar sin morir en el intento

Aquí resumimos algunos de los miedos más comunes por los que no ahorran ni los millennials, ni los miembros de la Generación X, ni los babyboomers.

Puedes tenerle miedo a las enfermedades, a las ratas, a viajar en avión, a las cucarachas, a la alopecia, a la soledad, al holocausto zombi, al calentamiento global e incluso a que el Madrid vuelva a ganar otra Copa de Europa y tu compañero de curro pesado te atormente con ello. Pero no puedes tenerle miedo a ahorrar. ¡EEeeeeehhhh! ¿Por qué empiezas a lloriquear cuando escuchas la palabra? 

Piensa que no estás solo... Aquí resumimos algunos de los miedos más comunes por los que no ahorran ni los millennials, ni los miembros de la Generación X, ni los babyboomers

Les queda demasiado mes al final de sueldo

Ser apenas mileurista no es lo que habías esperado para tu primer trabajo recién salido de la universidad. Aunque viendo cómo les va a algunos de tus compañeros de facultad, piensas que no estás tan mal.

Pero como parece que los alquileres nunca dejarán de subir, ya te planteas que tu próxima vivienda sea un estupendo ático-zulo sin ventanas, con un camping-gas para cocinar y un colchón abatible. Por el genial precio de 800 euros al mes. ¡Chollazo!

Te encantaría ahorrar una parte de tu sueldo precario, pero supones que llegarán tiempos mejores. Seguro que sí. Mientras, aprovecha para descansar en los días en que a tu nuevo compañero de piso checo no le da por ponerse a escuchar death metal de madrugada.

 Si tú solo gastas en comida y cervezas

¿Qué tal si llevamos una vida un poco más austera? “No me arrepiento de gastarme el dinero en copas con mis amigos, son momentos para recordar”. Sí, todo muy emotivo pero todo ahorrable. Ahora, que tampoco es plan de dejar de lado tus amistades, pero en el término medio está la virtud.

Haz el ejercicio de sentarte quince minutos el domingo frente a una plantilla de Excel y ve anotando los gastos de la semana. Poco a poco te empezarás a dar cuenta: pagaste un pase de metro mensual, pero luego te volviste tres veces en Cabify; el otro día fuiste al supermercado en patinete por no recorrer 100 metros andando; te compraste una camisa de oferta; te fuiste de brunch el fin de semana…

¿Te suena la regla 50/30/20? Intenta aplicarla: 50% de tus ingresos para el consumo necesario, como alojamiento y comida; 30% para gastos prescindibles y 20% de ahorro. No está grabado en piedra, puede ser 60/20/20. Piénsalo.

Si quieres ahorrar también necesitas ser tradicional: monedas al frasco. Si se te cancela un plan, guarda el dinero que tenías pensado gastarte. Los jueves de copas estira una más que tus amigos y engorda la hucha con la diferencia. Hablando de engordar, pasa más tiempo en la cocina y deja de comer fuera cada dos por tres.

Te perdiste el final de la fábula de la cigarra y la hormiga

″¿Vivir para trabajar? No, amigo: yo trabajo para VIVIR”. Vale, no te lo había preguntado, pero gracias por decirlo en mayúsculas. En efecto, estás moderadamente contento en lo personal y en lo económico con tu nuevo trabajo —aunque siempre se puede mejorar—. Llevas un par de años viviendo solo y ganando un sueldo que tu madre ha descrito como ’bien’.

¿Ahorrar? Ahorrar es de padres. Ahorrar es de gente que tiene un monovolumen, trabaja de 9 a 18 en su oficina y hace la compra en Carrefour los sábados por la tarde. Para ti la vida es otra cosa; es irte con tus viejos amigos de la uni a hacer un mes de Interrail (aunque hace más de un lustro que se os pasara la edad de los descuentos) por Europa del Este. ¿Por qué vas a prescindir de esa experiencia a cambio de empezar a poner dinero en un fondo de inversión? ¿Por qué vas a dejar de VIVIR? 

Te informo que lo que tienes no son ganas de vivir, sino miedo/pánico/terror a ser adulto. ¡Cuidado si no quieres convertirte en un cuarentón Peter Pan de los que dan vergüenza ajena!

Hacerse mayor es demasiado caro

La transición a la vida familiar te ha pillado con el pie cambiado. Ya has aceptado que tienes una edad —y a veces incluso te sientes en paz con ella— y que no hay vuelta atrás: la boda ya ha pasado y un niño viene en camino. Una vez aparezca, nada (N-A-D-A) volverá a ser como antes.

Así que todo lo que ves ahora cuando miras hacia el futuro es un reguero de posibles gastos. ¿Cómo pueden ser tan caros los pañales? ¿Y si hay que mudarse a un piso que tenga tres habitaciones en vez de dos? Ahorrar es un lujo que ahora mismo no te puedes permitir. ¿Te suenan estas excusas para no ahorrar?

 

Por mi niña, lo que sea

No puedes ocultar que te emociona y te inquieta a partes iguales que queden pocos años para tu jubilación. ¿Cuál será tu pensión? Pero como quieres dormir bien por las noches, mejor no lo piensas.

Te han hablado de unos planes de pensiones que tienen buena pinta, pero tu hija, a punto de hacer la selectividad, quiere hacer una carrera que no se imparte en tu ciudad. Los esfuerzos por venderle las bondades de las titulaciones que sí puede estudiar en casa han fracasado.

Lo cierto es que la niña ha sido siempre una muy buena estudiante y bien se merece un esfuerzo adicional de sus padres. ¿El plan de pensiones? Suena bien, pero intentar ahorrar ahora que llega un gasto extra (y con lo caros que están los pisos de estudiantes en Salamanca) te parece un imposible.

Has de saber que quizá puedas plantearte otro tipo de ahorro ante el pánico a no tener dinero en tu cuenta. Por ejemplo: ahorrar invirtiendo en fondos de inversión. Así ese dinero no desaparece de tu vista hasta dentro de quince años, sino que lo puedes recuperar cuando quieras.