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16/10/2020 11:32 CEST | Actualizado 16/10/2020 11:32 CEST

Las letras ahumadas

Quien solo encuentra libros en sus expediciones a las librerías se está perdiendo buena parte de la aventura.

Tsuneya Kudoh / EyeEm via Getty Images

Quien solo encuentra libros en sus expediciones a las librerías se está perdiendo buena parte de la aventura. Salir del local sin más cargamento que los ejemplares que inician su periplo hacia los estantes (o hacia la basura; en ellos está impresa su suerte) nunca resulta suficiente. 

De una librería espero salir con sed que me lleve hasta una tasca en la que aventurar, entre caña y caña, las primeras ojeadas; espero, también, salir con ganas de caminar y descubrir una plazuela desconocida, o recuperar una esquina de la que me habían alejado años de novias y fogones.

En ocasiones, fantaseo con hallar, sumergida en los títulos de una balda, una nueva amante que sepa restañar las cicatrices de todas las anteriores.

Una vez tuve la suerte de salir de una librería con un colega de los buenos, de los pocos que justifican una muesca en las cachas del corazón.

Llamó mi atención la portada de una novela que ya había leído, perdida entre guías, memorias de exploradores y variopintos itinerarios, un título más en la mesa de novedades de aquella librería entregada a los viajes y a los viajeros (en otra, dedicada al alpinismo, un piolet hacía las veces de tirador. Reprimí un escalofrío al abrir la puerta, sospechando que pudiera tratarse del que escaló el cráneo de Trotsky). 

En aquel momento, solo estábamos en el local el dependiente, una réplica de Edward G. Robinson en La mujer del cuadro, que leía en su puesto sin preocuparse ni por mí ni por nada de este mundo, y yo. La tienda olía al cansancio y la melancolía que anuncian el cierre; la luz se abría paso entre el polvo de la jornada. Aún no sé por qué se me ocurrió dirigirme a aquella estatua de terracota y gafas.

-¿Sabes si alguien se ha interesado en esta novela para una película? Porque aquí- señalé el libro- hay un guion magnífico.

-De momento, no. Y bien que lo siento, porque yo soy el autor.

Costará creérselo, pero así fue. El azar lee.

Veinte años después, aún nadie se ha atrevido a rodar la película, arriesgada y excitante, que late en Nanga-Parbat, la primera novela de David Torres, con el que me embolingué a conciencia aquella noche mientras desgranaba ante mí la mayor de sus muchas sabidurías: la pasión.

A David lo han tomado por alpinista, por boxeador, por músico… incluso por funcionario del catastro. Y ninguna de tales vestimentas es un disfraz, sino el color de la sangre que circula por todos sus capilares hirviendo de curiosidad, de ganas de saber, de emoción ante la belleza de un poema o de una sinfonía. Acumula en su memoria sonetos, diálogos, dibujos, mapas, jabs de derecha, que, rebotando en las cuerdas, recibe impasible, y que recita con el nerviosismo de quien se acerca a ellos por primera vez y con el entusiasmo del detective que resuelve el enigma.

Ante cada proyecto nuevo que me anticipa entre dudas y temores, sonrío e inicio la espera.

Prefiero pagarle un viaje a David que viajar yo mismo: la narración que me haga a su regreso será, de seguro, mucho más intensa y placentera que el recorrido en primera persona.

Acodados en la barra, dimos cuenta de unas mollejas, que bien podrían haber apuntalado la catedral de Segovia, y de unas bravas que quise devolver al corral. Comprendí que la comida no le interesaba mucho, aunque menos le interesaba él mismo. Podía haber aprovechado para hacerse publicidad, como hacen casi todos los escritores, noveles o consagrados, pero prefirió preguntarme incesantemente sobre cocina, caballos, flamenco… hasta que me sentí un hombre objeto.

Para ser exactos, el buscador de Google.

Hemos compartido, desde aquella noche, los manteles más estrambóticos, el griterío de las tribunas empujando a los potros desfondados, las contrabarreras de la Monumental (en la que oifciaba José Tomás)los callejones de Nimes y los tugurios del Barrio Chino (me apena la concesión al turismo que lo rebautizó como “Gótico”) de Barcelona; hemos temblado ante el tsunami que salía de la garganta de Rancapino y hemos llorado en la Filmoteca por la injusta muerte de John Huston. 

Incluso hemos catado whiskys en la destilería de Johnnie Walker. Aunque de aquella excursión por la húmeda Escocia no recordamos nada, a pesar de haberlo visto todo por duplicado.

Cuando fue finalista del Nadal con El gran silencio, les hice saber, a él y al ganador del premio, que el orden de llegada se me antojaba incorrecto, y que no estaría de más una “photo-finish”. Roberto Esteban, el alter ego de David al que David nunca se pareció, es uno de esos personajes literarios que barrenan la realidad haciéndose un hueco del que nadie les podrá desalojar: el boxeador acabado que ejerce de matón mientras lo devora la sordera sin dejarle más patrimonio que el recuerdo de una melodía de Schubert. La ciudad que recorre es la mía, pero en las páginas de David se muestra más profunda, más siniestra y tierna, más vacía cuanto más poblada.

Niños de tiza devolvió a Roberto Esteban a su barrio, un San Blas sin nombre, desleído entre infancias rotas y especulación urbanística. Una novela acerca de la facilidad con que se ama y se muere y de la imposibilidad de aceptar el tiempo.

Entre ambas, David nos entregó El mar en ruinas. Digo de ella que es una obra mayor de la literatura actual y tengo la sensación de pecar de prudente. Uno de los poquísimos libros que me han obligado a volver a la primera página en cuanto despaché la última. No sé cuántos sofritos se me han arruinado por estar pendiente de aquel Odiseo sin nombre, ni cuántas amantes se han aburrido mientras me enfrascaba en aquel tirano que no era más que un niño con ganas de jugar.

Ante cada proyecto nuevo que me anticipa entre dudas y temores, sonrío e inicio la espera. Lo tengo hablado con amigos comunes: él es el único que no confía en su capacidad para encontrar voces y ritmos, detalles y sintagmas. Como los más grandes toreros, él decide en cada momento dónde y de qué manera se desarrolla el ritual.

Incluso en un libro tan difícil y doloroso como Palos de ciego, crónica de una novela que agonizó durante veinte años hasta desaparecer sin haber llegado a existir, de las identidades robadas en este país, de la infamia en que tan cómodos llegamos a sentirnos. Crónica, en fin, de ese desencuentro que llamamos “intimidad”, que llamamos “presente”.

Han sido muchos libros junto a David. Él me ha entregado novelas, cuentos, poemas, reseñas… pero me entregó, sobre todo, un gesto que aún no se ha borrado. 

A media novela, cae el telón traslúcido en que tiene lugar el teatrillo de sombras chinescas y quedan a la vista las varillas que mueven las marionetas.

Aquella primera noche nos dispusimos a borrar los estragos de la “cena” con una copa abundante y fuerte. David sacó del bolsillo un puro no muy grande y lo encendió (todavía no se dedicaban las autoridades a prohibir unas formas de muerte y fomentar otras). Se quedó mirando el pie incandescente del cigarro y murmuró:

-Creo que escribir es como fumar: tiene una parte de placer, una parte de soledad y una de suicidio. Y para ninguno de ambos vicios tengo una razón clara. 

Ahora, el Ayuntamiento de Valladolid ha tenido el buen gusto de premiar la última novela de David Torres, Cartas a las novias perdidas, con el premio Ateneo de dicha ciudad. No quiero desmerecer novelas que no conozco, pero, tras leer esta, barrunto que no había otro escalafón posible. 

En ella están todos los escenarios que ha alzado la imaginación de David durante un cuarto de siglo: las montañas irreductibles, los rincones olvidados del planeta, los mitos clásicos y los modernos mitos de eso que llamamos cultura; está también el silencio culpable de varias generaciones, como están los barrios a los que la historia borró de su nómina y los niños que no pudieron serlo ni siquiera en la vejez.

Pero, sobre todo, están el amor y la memoria irreductible.

Y está el fracaso.

A media novela, cae el telón traslúcido en que tiene lugar el teatrillo de sombras chinescas y quedan a la vista las varillas que mueven las marionetas. Esa visión de lo desnudo sin excusas es lo que vuelca sobre este libro la carga de humanidad que consigue helar, al mismo tiempo, risas y sollozos.

Mientras, David Torres se sirve una copa y enciende un puro al mismo tiempo que enciende el ordenador. 

Nadie como él sabe que el futuro está por escribir.

Yo sigo entrando en las librerías con la absurda esperanza de volver a encontrarlo por primera vez.

Las letras

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