Las mujeres en la Iglesia callen. La suegra del Papa

Francisco tiene una auténtica obsesión por estos seres, a su entender, tan especiales, feos, casi diabólicos, que son las suegras.
El papa Francisco.
El papa Francisco.
Grzegorz Galazka/Archivio Grzegorz Galazka/Mondadori Portfolio via Getty Images

Las mujeres cállense en las asambleas [y en casa y en todas partes, añado yo]; que no les está permitido tomar la palabra antes bien, estén sumisas como también la Ley lo dice.

Primera carta a los Corintios 14,34

El papa Francisco en una catequesis dedicada a ancianas, y supongo que a ancianos, durante la audiencia general celebrada en la plaza de San Pedro el pasado 27 de abril, conminó a las suegras a vigilar la lengua, a estar atentas a ese su pecado capital y mortal; es decir, las coaccionó a callar.

Paladín de todas las causas del mundo que no dependen de él pero remiso a actuar respecto a las injusticias de las que él es el máximo responsable en función de su cargo, no sé si el Papa en ese momento hablaba ex cáthedra (si era impifiable, vaya), o si era un comentario tabernario, una sexistada cavernaria. En todo caso, seguía enconadamente la doctrina de la Iglesia de perorar y de pontificar sobre aquello de lo que no saben ni un ápice; por ejemplo, sobre el aborto o sobre el matrimonio, o de lo que no deberían tener ni idea: de las relaciones sexuales. Lo hizo bajo la mirada embobada y satisfecha de otros dos célibes que le acompañaban en el estrado que, claro, tampoco tienen suegra.

Francisco tiene una auténtica obsesión por estos seres, a su entender, tan especiales, feos, casi diabólicos, que son las suegras. Fijación que si no fuera porque sabemos que ya lo es, debería hacernos exclamar «misógino subito»; a imagen y semejanza del grito «santo subito» con el que, durante su entierro, se pedía la rápida canonización del papa Juan Pablo II, encubridor de pederastas y violadores de alto nivel y a gran escala.

Así, el 6 de julio de 2015 en Guayaquil (Ecuador), en un momento de la homilía de la misa que celebró dedicada a la familia, el papa Francisco afirmó que María no es una suegra. Cerrando el puño con convicción, la definió como una madre no «reclamadora». De hecho, Francisco «salvó» a las suegras el pasado 27 de abril durante la catequesis de Roma porque son madres de los respectivos maridos y esposas; una doctrina clásica de la Iglesia (y gran parte de la filosofía occidental masculina), que tiene tendencia a opinar que si no eres madre (preferentemente madre no reclamadora) no eres nada, eres una inútil. Francisco definió a María así: «Ella simplemente es madre, ahí está, atenta y solícita. Es lindo escuchar esto: María es madre»; los adjetivos, «atenta», «solícita», no son triviales ni inocentes. Tan satisfecho estaba de ese papel de María que animó a la concurrencia a corear al unísono: «María es madre, María es madre, María es madre», al más puro estilo —asusta y estremece— telepredicador.

En medio de esa exaltación de María como madre, definió a la suegra (la suya, no, desde luego) como alguien que «vigila para solazarse de nuestras impericias, de nuestros errores o desatenciones»; los verbos «vigila» y «solazarse» en este caso tampoco son inocuos ni inocentes, ni los posesivos «nuestras» y «nuestros».

A su entender no hay nada más peligroso ni temible bajo la capa del cielo que una mujer que ya no «sirve» para engendrar y gestar, por demás deslenguada (lenguaraz, descarada, malhablada, desvergonzada, atrevida..., que el castellano es generoso con las que hablan) y, para colmo, vieja.

Tendré que preguntárselo a mi yerno.

Dos notas.

Informar al gusto. El rey Felipe VI, que tiene una envidiable capacidad de ahorro, dice que a partir de ahora rendirá cuentas. Si quiere, cuando quiera y cómo quiera; cómo le dé la gana. No tendrá que informar al Parlamento. Sigue siendo, claro, inviolable, como su padre. Quizás es aún más grave saber a qué partidos comunicó «por deferencia» las medidas de esta opaca transparencia. No se lo comunicó a ERC, Junts, Bildu, la Cup y BNG (si fuera del PNV empezaría a preocuparme) y, de hecho, tampoco a Podemos, que se enteró porque forma parte del gobierno central. Es decir, dejó a un lado a las izquierdas y a las periferias; varios millones de votos nada desdeñables. Eso sí, informó a un partido notoriamente ultranacionalista y anticonstitucionalista como Vox en perfecta consonancia tanto con su nefasto y partidista discurso del 3 de octubre de 2017 como con la complacencia que mostró con las decenas de personas de extrema derecha que le vitorearon durante la visita relámpago totalmente encapsulada que hizo al monasterio de Poblet el 20 de julio de 2020. Que ya lo describió perfectamente el poeta Carles Riba en 1925, dos años después del golpe de estado de Primo de Rivera: «Un viaje real a nuestra casa conlleva una preparación y unas precauciones como si se tratara de una expedición a territorio enemigo».

Desaprender. Durante la Semana Santa se constató que estamos en la «normalidad». Más turistas que nunca. No me extraña que vengan a una espléndida Barcelona ahora que se puede caminar dentro de los túneles de verdor ubérrima y tiernísima que procuran plátanos y almeces en calles como València o Aribau (la de Carmen Laforet); ahora que está a punto de estallar el perfume de los tilos en la rambla Catalunya. Antes de la pandemia pensábamos que el turismo masificado era una plaga y una peste y que algo debería hacerse para racionalizarlo. Que se emborrachen, que chillen y que ensucien, que reviente el mercado de la Boqueria, que meen donde quieran, que ahora nos arrodillaremos cuando vengan.

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