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01/09/2019 10:39 CEST | Actualizado 01/09/2019 10:39 CEST

Las muñecas (2): Un escritor y un artista que incorporaron muñecas a su vida afectiva

Ramón Gómez de la Serna y Oskar Kokoschka.

Heritage Images via Getty Images
La muñeca de Oskar Kokoschka.

En el Museo de Arte Contemporáneo de Madrid de la calle Conde Duque existe uno de los espacios más interesantes que pueden encontrarse en una sala de exposiciones. Se trata del “Museo Portátil”. En él se reproduce el despacho que el escritor Ramón Gómez de la Serna, mantuvo en la buhardilla, “El torreón” del número 6 de la calle Velázquez de Madrid, el edificio que actualmente es el Hotel Wellington. 

Todo el espacio expositivo es un alarde del coleccionismo que Gómez de la Serna almacenaba en su refugio cultural: libros, cuadros, tarjetas, revistas, fotografías, recortes de prensa, pájaros, mariposas… y aunque no se prestan a la vista parece que también formaba parte de su peculiar “decorado” orinales, piernas de mercería, un ojo de cristal y otros elementos de ortopedia… y una muñeca.

Está documentado que el escritor tuvo al menos dos muñecas de cera de tamaño humano, con las que mantenía una relación de la que hacía gala. La primera murió de “rotura irreparable” y la segunda, que aparece inmortalizada junto a él en varias fotografías, fue abandonada por amor a un robot articulado con forma de mujer que, tras ser encargado a Alemania, nunca llegó a destino, parece ser que debido a un naufragio en el Cantábrico.

Callada, no discutía, siempre se mantenía bella y para colmo de dichas no enfermaba, Ramón vestía su muñeca para cada ocasión, la sentaba a su lado en el sofá, tal y como les fotografío Alfonso Sánchez Portela. 

UniversalImagesGroup via Getty Images
Ramón Gómez de la Serna.

Esta historia recuerda sobremanera a la muñeca de Kokoschka. 

La compositora Alma Mahler tuvo una relación amorosa con el pintor Oskar Kokoschka, fue una relación intensa y tóxica que Alma decidió romper en 1918. La separación no fue aceptada por Oskar y se obsesionó en poder retomar la relación. Comenzó un proyecto destructivo, pintaba las paredes de su casa de color negro y daba continuas muestras de irracionalidad, hasta el punto de querer crear una Alma Mahler artificial para que permaneciera su lado para siempre.

Encargó a la diseñadora y fabricante de muñecas alemana Hermine Moos una muñeca de tamaño natural que fuera idéntica a su amada con instrucciones muy concretas en diferentes cartas.

″¡Querida señorita Moos! ¿Está abierta la boca? ¿Y también hay dientes y lengua adentro? ¡Yo sería feliz! (...) ¡Los ojos no están suficientemente estilizados! Si es posible, cree un nuevo párpado, pupila, globo ocular, ángulo del ojo, grosor, etc. La córnea puede pintarse con esmalte de uñas. Sería bueno que pudiera cerrar los párpados sobre sus ojos también. ¡Y en ninguna parte deben permitirse costuras en lugares donde me recuerde que la muñeca es un desastre horrible!”.

“En el dibujo esquemático que le mando he realizado un boceto de las superficies importantes para mí, las arrugas que se forman en los pliegues. ¿Se hará todo más rico, más sensible, más humano con la piel ? Estoy verdaderamente ansioso de ver la realización, el efecto material distinto según las partes del cuerpo. Si usted logra hacer realidad para mí este encargo, de simular el encanto de hacerme creer, mirándola y tocándola de haber dado vida a la mujer de mis sueños, querida señorita Moss, sabré compensarle por su trabajo y su sensibilidad femenina, así como acordamos en nuestro encuentro”. 

“Debo también precisarle que, aunque me avergüenza, las partes íntimas deben estar realizadas íntegramente y deben ser voluptuosas, recubiertas de vello, sino no sería una mujer sino un monstruo”. 

La muñeca de Alma estuvo lista pero cuando Oskar vio el resultado quedó decepcionado, no era lo que él esperaba y así se lo hizo saber a la autora en una carta escrita el 6 de abril de 1919, en ella el pintor expresa su desencanto.

Hermine Moos, que también era artista, hizo sus propias aportaciones construyendo la muñeca con plumas de cisne, por lo que el resultado final recordaba más a una mujer pájaro, una obra de arte de vanguardia muy alejada de la idea del maniquí encargado. Pese a que no quedó contento con el resultado final, Kokoschka incorporó su muñeca a su vida afectiva, la sentaba en la mesa, dormía en su cama y comenzó a acompañarle en diferentes actos públicos, una de las veces fue en una representación de ópera, lo que causó el asombro del resto de espectadores, aunque las excentricidades del pintor ya eran conocidas por la culta sociedad vienesa. 

Ese mismo año Oskar Kokoschka dio una gran fiesta orgiástica, en la que naturalmente su muñeca estaba invitada. 

“Finalmente, después de dibujarla y pintarla una y otra vez, decidí deshacerme de ella. Me ayudó a curarme de mi pasión. Por eso le brindé un gran fiesta con champaña, con música de cámara, mientras mi ama de llaves, Hulda, exhibía a la muñeca con sus bellas ropas por última vez. Cuando amaneció –yo estaba bastante borracho, como todos en la fiesta- la decapité y rompí una botella de vino tinto, que le volqué en la cabeza”.

La representación inerte de Alma Mahler terminó en el basurero.

 

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