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13/06/2019 07:11 CEST | Actualizado 13/06/2019 07:11 CEST

Las tonterías también infestan los libros

Los libros, por desgracia, carecen de un certificado de calidad...

Darhyna Loodus / EyeEm via Getty Images

Si no has leído el artículo original del filósofo italiano Nuccio Ordine, has de saber que critica, de forma inmisericorde y con bastante razón, la fiabilidad de Internet, aunque cabe añadir que los libros también están plagados de imposturas, de especulaciones salvajes y de argumentos inconsistentes; la epidemia que aqueja a Internet afecta al papel por igual y esta devaluación de la cultura puede dañar el futuro de la democracia. He aquí mi respuesta a Ordine:

Desacralizar el libro

Durante las numerosas lecturas que he llevado a cabo en los últimos años, muchos autores arremeten contra Internet con el mismo lamento: ¿Por qué la cultura impresa agoniza y la digital triunfa? No es fácil responder de manera persuasiva, máxime cuando un filósofo como Nuccio Ordine, a quien he leído con admiración y he oído en conferencias, ha llevado a cabo una encendida defensa de las humanidades en libros como La utilidad de lo inútil.

Aun con todo, suelo dialogar sobre la crisis del humanismo con personas de diversas generaciones a partir de un caso concreto. Les sugiero que se imaginen a un compañero que quiera estudiar filosofía mediante la lectura de algunos libros (por hablar de una materia que imparto y que por tanto me es muy querida, aunque podrían valer muchos otros ejemplos): ¿cómo conseguirá distinguir los centenares de libros de filosofía donde escasean el rigor, la claridad o la modestia (en ocasiones de forma indecorosa) de los que, por el contrario, contienen argumentos razonables y explicaciones comprensibles? ¿Cómo elaborará rutas de lectura sensatas que le ayuden a avanzar en círculos virtuosos en lugar de quedar anegado por libros y libros de vacuidad intelectual?

La navegación segura por las procelosas aguas de la cultura impresa requeriría una suerte de certificado de fiabilidad que hoy, en Europa, solo proporcionan algunas editoriales. Lo mejor, para aquellos que quieran aprender, es abandonar el mito del buen autodidacta y recurrir a la formación reglada (la hay muy mala, pero el filtro de los estudios superiores sigue siendo la experiencia más cercana a una garantía).

Los libros, por desgracia, carecen de un certificado de calidad.

Basta con reflexionar, por un momento, sobre la idolatría y el acriticismo que circulan con impunidad por los libros y por sus lectores. Los textos pseudocientíficos, la especulación salvaje y la egolatría infestan innumerables libros y ensayos. Se trata de una peligrosa epidemia no solo para los académicos, sino también para quienes reciben la influencia de esas élites culturales. Pienso, en particular, en el uso pérfido que algunos políticos dan a los libros, como en el caso de Imperiofobia y leyenda negra de María Elvira Roca Barea, bestseller elevado a categoría de obra maestra por obra y gracia de personalidades como Felipe González, José María Aznar o Fernando Savater. Estos lectores partidistas han promovido la candidatura de su autora para recibir el premio Princesa de Asturias en Ciencias Sociales. El fetichismo del libro parece haberle otorgado a este controvertido panegírico imperial cierta inmunidad intelectual y desde luego pocos se animan a leer, discutir y divulgar la prolija respuesta de José Luis Villacañas en Imperiofilia y el populismo nacional-católico, un libro (ya puestos) quizás merecedor de otro premio Princesa de Asturias.

Confiar en los libros es un riesgo en el que incluso un filósofo de primer orden puede incurrir, como le ocurrió al pensador francés Jean Baudrillard, que en una de sus obras tomó por verdadera aquella leyenda urbana sobre la criogenización de Walt Disney. Eso por no hablar de que la literatura española goza de gran difusión en la escuela, un canon literario miope que los millenials no comprenden por culpa del castellano antiguo, no de los abominables emoticonos.

En otros casos, los problemas de comprensión vienen de una obsesión malsana por lo abstruso. Hay que admitir, aunque nos pese, la existencia de auténticas imposturas intelectuales en el mundo del libro, como ya advirtieron Sokal y Bricmont. Otro caso de literatura críptica (o criptográfica, dependiendo de lo que digan las decenas de manuales sobre lingüística) consiste en publicar libros que manifiestan su andamiaje intelectual a base de citar con profusión y de un aparato bibliográfico descomunal (notas al pie con más palabras que la información que pretende ampliar o clarificar). Los libros, por desgracia, carecen de un certificado de calidad y en las librerías encuentras un libro de recetas de cocina, de dietas milagro o de autoayuda junto a una novela del último premio Nobel de Literatura.

Nos falta espíritu crítico, ya sea en papel o en formato digital.

Como es natural, los errores y las supercherías se multiplican en otros medios como Internet. Por ejemplo, “el fin justifica los medios” es una expresión que Maquiavelo nunca utilizó y que es empleada previsiblemente en la red, más que nada porque sintetiza, mal que bien, parte de su pensamiento; además, no siempre se tiene la suerte de poder acceder a una obra cuyos derechos de autor han prescrito. La edición digital y la sobreabundancia de libros han favorecido su trivialización como herramienta cognitiva; asimismo, los editores, viejos y obstinados mercaderes de la cultura, han relajado sus criterios de publicación (o se han desorientado) en medio de un mercado de ideas completamente saturado.

En definitiva, desde la literatura hasta la ciencia (como demuestra la proliferación de obras a favor del movimiento antivacunas, ridículos textos esotéricos como El secreto, estudios de reputados neurobiólogos sobre experiencias cercanas a la muerte o pobres meditaciones religiosas que chocan contra toda evidencia científica), los libros están casi tan infestados de tonterías como Internet y esa dolorosa herida narcisista podría ser letal para el viejo culto al humanismo liberal. Como sostiene el sociólogo alemán Wolf Lepenies (¡en un libro!): la consideración de la cultura como un noble sustituto de la política es una tentación peligrosa. Nos falta espíritu crítico, ya sea en papel o en formato digital. Con una lectura atenta de la sociedad actual no tendríamos que parafrasear el (bienintencionado, pero a mi juicio errado) clasismo cultural de Nuccio Ordine: ¡Los libros son una mina de oro para aquel que sabe, no para aquel que no sabe!

 

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