ECONOMÍA
10/04/2019 18:08 CEST | Actualizado 10/04/2019 18:16 CEST

Lee en exclusiva el prólogo de 'Necroeconomía', el libro de Marta Flich

GTRES

Marta Flich publica libro (¡¡¡¡uuuueeee!!!!). Necroeconomía. El manual para entender la economía perversa (Grijalbo) llega este jueves a las librerías para ayudar a entender, con el humor que la acompaña siempre y con los datos, los elementos de la macroeconomía que nos han metido en un sistema de mierda. Literalmente.

Este es el prólogo del libro, para que lo leas en exclusiva. Así te enteras bien de qué va y luego no vas por ahí con el rollo de que no es lo que esperabas.

Disfruta:

Me llamo Marta. Me gano la vida como comunicadora económica y humorista. Aunque mi curriculum vitae advierte que supuestamente sé de otras cosas, es en la comunicación donde he encontrado la felicidad por partida doble: me gusta y me pagan por ello. De aquí extraemos la primera conclusión: me gusta ganar dinero. Esto lo digo porque me acompaña una extraña sensación, debida a una falsa creencia que la derecha de este país ha convertido en mantra, que sostiene que si tienes una ideología en la que se antepone el bienestar del ser humano a la economía, eres un mal gestor económico, y por tanto desprecias el dinero. Nada más lejos de la realidad. Los mayores porcentajes de endeudamiento y la mayor ineficiencia económica se han dado en gobiernos de derechas o neoliberales o liberales (a veces no sé cómo denominarlos puesto que ellos mismos hacen lo posible para confundirnos).

Este libro es un manual con el que me propongo aterrizar la economía, con especial énfasis en la macroeconomía, para que entendamos cómo afecta a nuestras vidas. Además hablaré de temas que pienso que inciden o están vinculados con lo que yo considero un todo. Para mí, la realidad económica, la política, la comunicación, el medioambiente... están interrelacionados. Es así como creo que han de concebirse y explicarse.

GRIJALBO ILUSTRADOS

En resumen: me decido a escribir un libro de economía sin números porque creo que ha llegado el momento de lanzar un manual desde un lugar humilde pero solvente. Que pueda valerte de autoayuda para que no te arrugues cuando, por ejemplo, entres en un banco. O en casos claramente más comprometidos, que te sirva cuando te enfrentes a una conversación de economía de bar y tengas que hablar sin necesidad de repetir argumentarios del partido político con el que simpatizas y cuyo discurso se han encargado de que lleves implantado en la cabeza.

Bajo mi punto de vista es importante que la realidad se traduzca a un lenguaje inteligible. Creo en el beneficio social de la asequibilidad de conceptos para ayudar a metabolizar la economía y la actualidad, entender el pasado y el presente y, sobre todo, para ver cómo impacta y qué encaje tiene esa cosa llamada economía en nuestro futuro inmediato.

Creo que el mundo es un lugar cuya comprensión debería estar en el «haber» de todo el mundo. Salvo si eres banco, que está en el «debe». Es un chiste de economista sin gracia. Con todo esto supongo que se entenderá que este es un libro donde no voy a hablar con números. Solo con palabras. Si por un momento piensas que estás leyendo poesía, es posible que sea porque has sublimado tanto aprendizaje. No será mérito mío, sino de tu mente, que abarca mucho.

Sacar rédito y aprovecharse de lo bonito de la transversalidad del movimiento feminista entra dentro de la necroeconomía

Un aviso: tal vez quedes en un vacío intelectual al cerrar la contraportada, pero lo que te garantizo es que te habrás reído y llorado por la rabia-dolor-impotencia-frustración-desazón y el resto de malas sensaciones que se tienen al en- tender un poquito mejor el mundo.

Quiero que saques tus conclusiones con información contada de otra forma. Con esas cositas en las que no es habitual que se ponga la tilde. Ya sabes, es mejor que no pensemos demasiado, no vaya a ser que vayamos a votar con una ligera idea de política, economía y demás detalles que definen nuestra vida. De transparencia, de momento, ni hablamos. He olvidado las veces que los españoles hemos votado en los últimos años: ¿se nos va a gastar la democracia de tanto usarla? ¿Es normal que siga habiendo tanta participación? ¿La hay porque una gran parte vamos a votar después de tomarnos una caña de más? Todas las respuestas tienen un único camino: el de hacernos sentir afortunados porque en España no hay alcoholímetro a pie de urna. No es broma; hay países en los que si llegas a un nivel de embriaguez, te prohíben votar. Sal a celebrarlo.

Otra cosa que me sorprende es ese momento en el que yo, mujer, economista (el genérico de economista acaba en «a» no en «o» porque viene del griego oikonomia, «administración de la casa») comento que voy a escribir un libro. Nótese que me parece bonito remarcar su etimología para que no se nos vaya la flapa con las raíces neutras. Me he parado a valorar esto con toda la intención. Retomo. En cuanto digo que voy a escribir un libro me preguntan si va a ser «de feminismo»: «Está muy de moda», me dicen, como diciendo «vendes como churros y a facturar». Esta afirmación, junto con la forma en la que algunas facciones políticas machistas han buscado la mercantilización del movimiento feminista para su propio interés, me repugna y siento algo similar a una patada en el bazo. Sacar rédito y aprovecharse de lo bonito de la transversalidad del movimiento feminista entra dentro de la necroeconomía.

Pero ¿qué es la necroeoconomía? Necro es un elemento prefijal de origen griego que significa «muerte» y el significado de economía lo conocéis todos. Entiendo la necroeconomía como una forma de ganar pasta a costa de la vulnerabilidad social de las personas o de los grupos. De modo que es toda utilización mercantilista, oportunista y transversal que afecta a un grupo vulnerable por falta de igualdad de oportunidades a cambio de una contraprestación económica o una posición de poder. La necroeconomía no hubiera crecido tan salvajemente sin la existencia de la comunicación, principalmente a través de las redes sociales que «contaminan» a los medios de comunicación convencionales. Podríamos hacer un resumen muy simplista y decir que la economía basada en la desgracia ajena no es fácil que se la apropien determinados grupos sin que exista cierta desinformación. Sin que se desvirtúe en muchas ocasiones el mensaje.

¿Sigues sin entenderlo? Bien, hagamos un ejercicio pedagógico acelerado. Para mí —no digo que necesariamente tenga que ser lo mismo para el resto de mis colegas—, la necroeconomía es una de esas formas que adopta la economía y que en la actualidad está avanzando geométricamente, haciéndose un hueco en nuestros podridos corazones. La necroeconomía es todo aquello que se rentabiliza a partir del dolor, la muerte, la injusticia, la desgracia o todo a la vez. ¿Vendes camisetas con un lema feminista para sacar pasta cuando en realidad te es indiferente la igualdad? Necroeconomía. ¿Exprimes a personas con un trauma reciente rentabilizando su causa hasta agotar el interés (y la recaudación)? Necroeconomía. ¿Has hecho de una causa legítima una profesión y te estás hinchando a ganar pasta abanderando algo que en realidad te ha sobrevenido y en lo que no tienes un especial interés? Necroeconomía. ¿Tergiversas la verdad para ganar dinero? Necroeconomía. ¿Montas actos donde la gente aporta pasta para luchar contra el terrorismo o el cáncer, pero nadie recibe esa ayuda salvo tu bolsillo? Necroeconomía. ¿Participas en actos solidarios pero tú vas a que te inviten a cenar y hacer contactos con el marqués de bliblibli? Eres mala gente.

En cualquier caso, enhorabuena, formas parte del circo.

La necroeconomía es, por tanto, la economía muerta que da vida al capitalismo más grosero y sanguinario.

Y es que se han creado una serie de negocios fruto de las sinergias que genera el mal. Si hay alguien que gana cuando el resto de la sociedad pierde, ¿cuánto estarán interesados esos poderes económicos en generar sistemáticamente una desgracia (guerra, atentado, crispación, desamparo, tijeretazo social...) para que sigas necesitando su pseudosolidaridad, pseudoayuda, pseudoasesoramiento legal, pseudorrescate, pseudoblablabla? No tengo dudas al respecto. ¿Cuándo algo deja de ser una crisis para ser una estafa? No lo sé exactamente, pero es curioso apreciar que esos poderes fácticos com- partan tiempo y espacio con alguna que otra persona necrorrelevante con necropoder, que se la pone muy necrodura a algún que otro necropolítico. ¿Moraleja? Las historias que todavía no tienen visos de acabar no tienen moraleja, por el momento.

La necroeconomía es, por tanto, la economía muerta que da vida al capitalismo más grosero y sanguinario. La comunicación y el circo mediático es absolutamente imprescindible para retroalimentar este tipo de economía sin alma. De nuevo estamos ante la tesitura moral de poder diferenciar la superficie del contenido. Los medios y los fines. Lo empático, de lo psicopático. Este concepto nos acompañará durante todo el libro. Solo así, entenderás lo inquietantemente presente que está el fenómeno de la necroeocnomía.

Tal y como habrás observado, no son pocos los buitres de votos que han querido sacar provecho del feminismo. Eso sí, cuando se les pregunta sobre su significado y reivindicaciones, titubeos y diarrea mental. No tienen ni idea.

En general, una economía basada en la rentabilización de la desgracia o la vulnerabilidad de un grupo es, ¿cómo decirlo?... una economía de mierda. Así que cuando me preguntan si mi libro va a ser explícitamente feminista digo que por supuesto, y que también lo va a ser implícitamente. Y que yo, Marta, seré muy clara al respecto. Traduzco: no va a haber un capítulo dedicado al feminismo porque considero que el feminismo ha de bañar profundamente, y no a modo de barniz sensacionalista, toda la realidad del mundo en el que vivimos. Me horripilaría ser una persona que no aporte más que esterilidad a la causa. Me impone mucho respeto que, en caso de aportar algo, haga, sin quererlo, un flaco favor al feminismo por la posible tergiversación o lío involuntario. No quiero escribir un capítulo dando lecciones para aportar un falso valor añadido que me haga imprescindible en una tertulia. Me niego. La televisión, al igual que el pseudofeminismo, no crea gilipollas, como mucho, los descubre. También hablaremos de ello con mayor profundidad en uno de los capítulos. Cuando digo que no es un libro explícitamente feminista me refiero a que la igualdad, que es lo que es el feminismo, igualdad, está ya integrada en él. Lo tiñe completamente porque no entiendo un mundo en el que haya ciudadanos de primera y ciudadanas de segunda. Igual que no entiendo que el dinero haga creer a quien lo tiene que es mejor que otro. Esa mentalidad me parece «basura blanca». Dicho lo cual, os remito a todos los artículos sobre feminismo que he escrito cuando lo he considerado oportuno. Pero en este libro respirarás feminismo en cada poro del papel. Entiéndase la metáfora.

¿Sabéis qué creo? Que cuando se busque la palabra «igualdad» en el diccionario debería remitir automáticamente a la entrada «feminismo», y que sea ahí donde se desarrolle el concepto de igualdad. A ver si de esa forma, dejamos de liarnos.

Tengo esta cosa idiota del ser humano: creo que puedo aportar algo diferente al mundo. Soy una idealista.

Me planteo escribir este libro el dos de junio de 2018, aunque solo es un amago de planteamiento. Me han tentado tres o cuatro veces, desde distintas editoriales, para que escriba. Siempre había dicho que no. Esta vez accedo porque la actualidad se precipita, veo sobreinformación en bucle que causa más desinformación. Ráfagas de titulares confrontados con virulencia. Es además la era y le época de las fake news, del sesgo, de la inmediatez, del consumo rápido, de la irreflexión y de la conformación de una opinión argumentada con pinzas que te exigen para ayer. Veo algunas tertulias plagadas de falta de calado, de profundidad. Intento discernir entre el griterío, quería decir. En alguna de ellas lo intento para, al menos, dar una réplica documentada puesto que yo misma he participado con cierta asiduidad. Tengo esta cosa idiota del ser humano: creo que puedo aportar algo diferente al mundo. Soy una idealista, una de esas personas realistas mal informada: una persona muy positiva.

Veo a políticos desfilar casi desfibrilando con brotes de oratoria, que ni siquiera se molestan en disimular que no entienden, porque saben que no va a haber repregunta. Los tertulianos se miran en los plasmas y acumulan horas de tele- visión que llenan y llenan de contenidos. Contenidos y egos.

Me he dedicado durante más de dos años, como una de las disciplinas de mi trabajo periodístico, a hacer una crítica en forma de videoblog (siempre documentada con gran rigor, que por algo una tiene sus fuentes) y adaptada por tanto a un formato que me permitía llegar a un público muy amplio y dispar. En realidad he intentado hacer de detonante de la sed de información. He querido con mi trabajo que las personas sintieran la boca seca y poderles decir: pues al final de esta calle, al fondo, creo que hay una fuente. Para que luego busquen la información y puedan profundizar según les interese. Y por eso escribo un libro: para explayarme y sentir que tengo más de cuatro minutos para reflexionar con el tono de humor que no me consigo quitar de encima, por la misma razón que no me arranco la piel. Forma parte de mí. Vive en mí. No sé hacerlo de otra forma. Además, me nace escribirlo. ¿Hay un motivo más legítimo para escribir un libro? Es retórica. Esto no es Twitter. Gracias de todas formas por contestar en voz alta a un libro.

Como decía, empiezo a escribir este libro el dos de junio de 2018. Cuatro años antes, otro dos de junio, se anuncia que el rey Juan Carlos abdicará el diecinueve del mismo mes para al fin poner en jaque aquello de «más vale malo conocido». No es una fecha cualquiera, ese día también se nombra a Pedro Sánchez presidente del Gobierno. En la ceremonia están el rey Felipe VI, Mariano Rajoy, el ministro de Justicia, la presidenta del Congreso de los diputados. Cuento varias veces los cargos que veo. Ando en lo cierto: solo una mujer. La cosa va por cargos, no por cuotas. Ni rastro de la reina Letizia, que tiene cargo pero no entra en la cuota.

Sin símbolos religiosos: ni Biblia ni crucifijos, con la Constitución abierta por su artículo 62. Todo tiene aspecto de estar cerrado, de oler a naftalina, pero de pronto, viendo las imágenes en casa, a mí me huele a limpio. Como cuando vuelves a casa a las seis de la mañana y pasa el camión que desinfecta y te entran ganas de decir: «¿Te importa darme un barrido?». Esto del camión me lo han contado. La sensación es que algo ha hecho crack catacrack ese día.

Es la primera moción de censura que prospera. Estamos atónitos. Nadie la vio venir. Muchos la deseábamos, francamente. El tufo a corrupción que dañaba la credibilidad de las instituciones, la justicia y la solvencia de España como país, era asfixiante. Me hubiera alegrado hasta con la moción de censura de Bob Esponja. Mucho mejor que sea de un partido que, hasta donde ha demostrado, está a favor del Estado de bienestar para la sociedad.

Era escasa la esperanza que teníamos en una izquierda que ya demostró pocos meses antes una frustrante inmadurez. Parecía que no se iban a poner nunca de acuerdo sobre un «acuerdo de mínimos» (permíteme la redundancia). Y de repente simplemente sucedió. Creo que pasó porque no pensaron que podía pasar. Poco iba a durar la esperanza del trabajo en equipo. Las elecciones eran una amenaza desde el principio. Hablo de amenaza en el sentido de que, antes de que lleguen las susodichas, los partidos han de diferenciarse. En esa diferenciación hay que mostrar bien la marca y entra la segunda parte: dejar de trabajar para nosotros para empezar a desplegar esa cola de Pavo cristatus que nos obnubile y nos haga pensar que solo ellos, en singular, sin nadie más, sin acuerdos, pueden atender a nuestros intereses.

Sigo con el sentir de aquellos momentos previos a la moción de censura, que creo que quedará en la memoria emotiva de todos. Cada uno que elija si para bien, o para mal. Cuando todos esperábamos la única convivencia a la que nos tenía acostumbrada la política, la del transigir con la corrupción, irrumpe el Real Decreto 354/2018 de uno de junio por el que se nombra Presidente del Gobierno de España a «Don Pedro Sánchez Pérez-Castejón».

Todo acababa y algo empezaba. ¿El qué?... eso todavía estaba por mostrarse.

Quietud y sobriedad en Ferraz ese uno de junio. Allí nadie celebra nada en público, porque no era día de celebraciones. En público. Era día de tragar saliva. Acababan de hacer Historia. Para la derecha eran poco menos que un gobierno ilegítimo. Es curioso, viniendo de los que «creen» en la Constitución. La Constitución que les constituya su deseo, supongo.

Ese mismo día, de forma independiente a estos hechos, los consejeros de Quim Torra toman posesión y se retira el 155.

El principal índice bursátil de la bolsa española (IBEX) sube y la prima de riesgo baja, contrariamente a lo que los agoreros habían visto en su bola de cristal. El Gobierno, con protagonista y antagonista teniéndose que poner de acuerdo y consiguiéndolo de cara a la galería, ha bajado el suflé de la preocupación del mercado financiero. Pero cuidado, esto puede estallar en cualquier momento. Como país periférico, cualquier esguince en Italia contagia a Grecia, Portugal y España. Tal vez la exposición de nuestros bancos en Turquía pueda influir tras la caída sin freno de la cotización de la lira turca en el segundo semestre de 2018. Aunque no tengamos que ver en cuanto a morfología económica. A los mercados, plin. Ellos buscan excusas para tener grandes márgenes con el humo de quemar puentes (ellos lo llaman confianza de los mercados) y el rédito económico rápido.

Frente a los problemas, las ganas de construir, la inteligencia, el humor, la pasión, la bondad, la empatía, la disciplina, el valor, la solidaridad y la capacidad del ser humano.

 

El problema de Italia es evidente: la falta de un acervo comunitario que selle el compromiso con la Unión Europea (UE). He dicho el «problema de Italia», pero ha sido un eufemismo consciente. Realmente el problema lo tienen las personas que han salido de su país huyendo de un conflicto armado para que no les vuelen la cabeza de un disparo y cuando llegan a las costas de Italia se les niega la asistencia. Estamos ante uno de los grandes retos de la UE: la mayor crisis humanitaria que se recuerda desde la Segunda Guerra Mundial. La nueva guerra, la que se antoja perenne: la crisis de los refugiados.

La UE tiene un problema. Turquía, Alemania y los países receptores netos de refugiados exigen más recursos. España pertenece a la periferia y no es ajena a ello. De hecho somos el segundo país receptor de fondos por parte de la UE para políticas migratorias. Esa partida que el Gobierno del PP dejó seca. Parear el terrorismo yihadista con los refugiados sirios no ha ayudado. Al revés, enerva a la sociedad, la separa, la atemoriza. Brilla el discurso del miedo de la derecha gracias a ello. El terrorismo utilizado como arma para disuadir la solidaridad humana. ¿Se puede ser más mezquino? Pregunta retórica de nuevo. Dejad de hablarle a un libro.

Todo revuelto por el lío de Italia. La razón: la desafección europea y el fracaso de un referéndum en 2016 en el que se descalabra la propuesta de Matteo Renzi (su primer ministro entonces) de modificar la Constitución, que se entendió como una treta para perpetuarse en el poder y no como una mejora en derechos sociales. Emergen los movimientos de una nueva política efectista y contraria a la UE por lo abandonados que se han sentido en la crisis humanitaria de los refugiados. Este es nuestro primer problema: los movimientos migratorios. Pero no solo tenemos este reto. La desaceleración, la dependencia del petróleo y las sacudidas de nuestras economías a causa de sus precios, la polarización de las rentas, la guerra comercial y la quiebra de la paz social. La incertidumbre del futuro que nos espera ha llegado. Todo esto, sumado a los mimbres raquíticos de la economía y la desafección en la que el capitalismo feroz nos ha «educado», augura unos tiempos feos. Frente a ello, las ganas de construir, la inteligencia, el humor, la pasión, la bondad, la empatía, la disciplina, el valor, la solidaridad y la capacidad del ser humano. De ellas y ellos, de los que estuvimos, los que estamos y los que estarán. Bienvenidas y bienvenidos. Comenzamos.