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30/10/2019 07:21 CET | Actualizado 30/10/2019 07:21 CET

Lita Cabellut, la gran mentira

Cabellut desaparece artísticamente durante unos 40 años y reaparece, en 2015, como la artista española más cotizada del mundo... ¿Cómo es posible?

Anthony Harvey via Getty Images
Imagen de archivo de Lita Cabellut, en 2015 en Londres. 

¿Se puede crear un producto artístico desde el marketing sin que la calidad artística intervenga en el proceso? Sí: Lita Cabellut, artista nacida en Sariñena (Huesca) en 1961 es el ejemplo más claro. Cabellut es una pintora hiperrealista, autora de pinturas efectistas y de escueto interés artístico. Pinta uniendo todo lo que resulta espectacular para un público fácil y entusiasta del arte, aplicando craquelados, trucos y recursos ornamentales que hacen la obra aún más hueca, aunque vistosa. Es una de las miles de personas que practican el realismo pictórico en España, y desde luego no de las más interesantes. No será difícil lograr el consenso entre los críticos y teóricos del arte y la estética de los principales semanarios de arte en nuestro país. Declarada admiradora de Bacon, Tápies y Jackson Pollock, dice encontrar en su pintura elementos de los tres que nadie más ha sabido encontrar.

Si esto es así, ¿cómo puede haber sido considerada la artista española más cotizada de la historia? Analicemos este interesante fenómeno.

Lita aparece de la nada en una entrevista de El Confidencial en 2015, con un titular que detallaba claramente cual iba a ser la estrategia de este producto: “Cabellut, la indigente que se convirtió en la artista nacional más cotizada del mundo”. Para resumir, la muchacha, disléxica, era hija de una prostituta y no conoció a su padre aunque más tarde, en la nueva versión de Wikipedia, se dice que la abandonó a los 6 años, si bien hay una tercera versión que dice que murió siendo ella un bebé. Abandonada por su madre, quedó en manos de su abuela, mendigando por las calles de Barcelona. Al morir la abuela fue a un orfanato. Si uso un tono desapasionado para contar cosas tan tristes es porque esta historia es el argumento que se ha utilizado para “vender” a la artista, como veremos. La suya es una pesadilla tan atroz que acaba, sorprendentemente, como acaban los cuentos de hadas: una familia rica la adopta a los 13 años (o a los 12) la lleva al Prado, le da un profesor de dibujó en Holanda y la matrícula en la academia Gerrit Rietveld de Amsterdam, donde es becada (según Wikipedia) hasta 1984. Parece un milagro pero aún se han de producir más.

Productos de mercado televisivo como es Cabellut, lo único que pueden hacer es entorpecer el trabajo de las artistas verdaderamente grandes.

Unos meses después de la aparición mediática, su familia natural desmintió la historia lacrimógena. Rosita, hermana de Manolita (su nombre completo) declaraba a Play Ground en 2015: “Nuestra madre no era prostituta, ni gitana, ni ella creció en la calle”. Y afirma: “Aunque, obviamente, no es nada malo, mi madre tampoco era gitana. Es mentira. Y nunca nos faltó nada. Mi madre llevaba un bar y mi abuela una pensión. Íbamos vestidas, nunca fuimos descalzas y jamás pasamos hambre”, dice Rosita. Aquí la historia se vuelve truculenta. Según las dos hermanas, Rosita y Ana María (la mayor, entonces ya casada a los 19 años), Lita habría cogido a sus dos hermanos menores, de dos años y seis meses, y los habría llevado a mendigar. Según las hermanas, la niña habría denunciado a su madre por vivir con un hombre casado (el adulterio era aún delito) por lo cual Francisca habría perdido la tutela de sus hijos, llevados al orfanato de Sabadell. Para ser sincero, ni la historia de Lita ni la de sus hermanas parecen del todo sólidas. Tampoco es un relato que nos pueda interesar demasiado... hablemos de arte, la infancia de la gente debería quedar en la intimidad, no ser aireada como un colchón usado.

picture alliance via Getty Images
Lita Cabellut muestra una de sus obras, titulada 'Saru', en un catálogo, en 2018. 

Con 17 años expone por primera vez en el Ayuntamiento de Masnou, en 1978. Si vamos a su página personal, su currículum demostrable existe desde 2008, si bien entre esa fecha y 2015 hay algunos puntos de currículum que habría que estudiar detenidamente, focalizados en una galería comercial de Mayfair, Londres. El caso es que Cabellut desaparece artísticamente durante unos 40 años y reaparece, en 2015, como la artista española más cotizada del mundo. Entre Masnou y el Museo del Prado, donde dio una conferencia hace poco, no ha mediado ni un solo museo de prestigio, ni una sola galería internacional reconocida, ni un solo ensayo acreditado sobre su obra, ni un ingreso en una de las grandes colecciones. Ninguno de los elementos que configuran la cotización de una artista está en su currículum, pero la comparan en precios con Barceló, Juan Muñoz y Jaume Plensa. Sus cotizaciones-récord se anuncian en ArtPrice. Los expertos en arte y en mercado del arte saben que no es una fuente fiable para considerar algo así, ya que la lista es manipulable por adición de datos no contrastados desde una casa de subastas o una galería de Londres o París. Por otra parte, las listas de cotizaciones son bastante opacas y arbitrarias. 

Pero esto tampoco es lo importante. La cotización de una artista no puede ser lo que defina su grandeza. Su triste infancia tampoco. Su oficio para trabajar efectos anticuados mucho menos. Una artista verdaderamente grande viene definida por la calidad de su trabajo. Fenómenos, productos de mercado televisivo como es Cabellut, lo único que pueden hacer es entorpecer el trabajo de las artistas verdaderamente grandes, esas que no nos vienen vendidas como cajas bombones en Navidad, aunque esta comparación no es afortunada porque las cajas de bombones tienen algo verdadero dentro.

 

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