Cómo medio Madrid llegó a tener las llaves de casa de Joaquín Sabina

La culpa de todo la tuvo un vaso de whisky.

Jime cambió la cerradura y en la casa de Joaquín Sabina no volvió a entrar nadie sin cita previa. El ictus que sufrió el de de Úbeda (Jaén) en 2001 le obligó a cambiar de vida y su novia, la peruana Jimena Colorado, acabó de golpe con una de las leyendas más extendidas sobre la vida del cantautor: hubo un tiempo en que medio Madrid tenía las llaves de su puerta.

Ni leyenda ni medio Madrid. Eran unos 20 o 30 compañeros de juergas los que tenían acceso directo a su casa. El ir y venir de gente a su dúplex en Tirso de Molina llegó a tal punto que el documental 19 días y 500 noches (2008), del holandés Ramón Gieling, estuvo a punto de llamarse La llave. Hubo hasta una pareja de okupas viviendo en su sofá y se celebraban fiestas simultáneas en varias habitaciones, según recoge el periodista Julio Valdeón en su libro Sabina. Sol y sombra.

Cómo empezó esta historia lo cuenta la modelo mallorquina Cristina Zubillaga, una de las mujeres más importantes en la vida de Sabina, en el documental Pongamos que hablo de Sabina (Atresmedia). Fue por un arresto domiciliario de un mes al que fue condenado en los tiempos en los que Sabina se bebía (y lo que no es beber) las noches. “Como no podíamos salir, dijimos: ‘¿Qué hacemos?’ Pues nos lo montamos en casa”, explica en el primer capítulo del documental Zubillaga, con quien tuvo una relación entre 1992 y 1998. A ella le dedica la canción 19 días y 500 noches.

De la condena habló el propio Joaquín en 2017, en una entrevista con el diario argentino Clarín. “Un juez me condenó porque a una fan absolutamente insoportable que hasta la Madre Teresa de Calcula hubiera hartado, le tiré un vaso de whisky”, explicó el autor de Whisky sin soda sobre ese episodio.

Si Sabina no podía ir de fiesta, entonces la fiesta se montaba en casa de Sabina. Ahí fue cuando el de Úbeda empezó a repartir llaves a amigos, como los críticos de cine Carlos Boyero o Antonio Gasset, los músicos Caco Senante y Pablo Milanés, y el productor de cine Antonio Oliver. Lo intentó también con Alejo Stivel, aunque el argentino se negó. “Me ofreció las llaves de la casa, pero nunca las acepté. Me dijo varias veces: ‘Te doy las llaves, así tú vienes cuando quieras’. Y le respondí: ‘No, Joaquín, si vengo como mínimo te llamo por teléfono’, algo que era imposible porque no contestaba al teléfono”, aseguró en el documental de Gieling. “Nunca las acepté”.

El bar se cerró en 2001 cuando Jime, según el propio Sabina, decidió poner: “Ya solo vienen amigos escogidos”. Antes no había filtros y Zubillaga amanecía con desconocidos en el pasillo. “Me levantaba y de repente me encontraba a alguien que iba a enseñar ‘la casa de Joaquín’, que era también mi casa, a un amigo”, cuenta en el documental. “Y yo estaba en camisón, menos mal que siempre fui presumida”.

El Madrid de Joaquín Sabina