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21/03/2021 21:33 CET | Actualizado 25/03/2021 19:56 CET

Llegar a verano con una incidencia baja es más importante de lo que crees

Por motivos sanitarios, económicos y de salud mental.

Álex Cámara/NurPhoto via Getty Images
La playa de Salobreña, en Granada, el 13 de marzo de 2021.

Por primera vez desde hace casi dos meses, la tasa de incidencia de coronavirus en España subió este miércoles, 17 de marzo, tal y como venían alertando los epidemiólogos, y eso mismo se repitió en los dos días siguientes. El incremento general es todavía sutil —de apenas unas décimas, pero la amenaza es mucho mayor.

Aunque al Ministerio de Sanidad no le guste hablar de ‘salvar semanas’ o festividades, el objetivo de sacrificar la Semana Santa era poder tener una temporada veraniega casi normal, parecida a la del año pasado y, además, con vacunas. Ya lo resumió el presidente valenciano, Ximo Puig, a principios de mes: “Esperamos a los madrileños con los brazos abiertos en la Comunitat Valenciana cuando sea posible, pero en Semana Santa, no. Estoy seguro de que es posible que este verano podamos reencontrarnos con los ciudadanos madrileños que siempre nos visitan”, dijo.

Verano, verano, y más verano. Incluso la Unión Europea se ha comprometido a tener al 70% de la población adulta vacunada antes del 21 de septiembre, y en junio espera tener listo el sistema del Pase Verde Digital —o ‘pasaporte covid’—que exima de PCR o cuarentena a las personas vacunadas o con anticuerpos que vayan a viajar. 

Objetivo: sacrificar la Semana Santa para ‘salvar’ el verano

El propio Fernando Simón, director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias (CCAES), pidió a la población que aguantara “un mes o mes y medio” más de restricciones, alentando a resistir ese sprint final para, después, poder disfrutar de una ansiada y relativa ‘liberación’ (con todas las comillas posibles). 

La tesis que se maneja, algo perversa pero realista, sería la siguiente: cada vez que se levantan las restricciones, sube la incidencia de contagios, pero las restricciones no pueden mantenerse para siempre, así que hay que buscar un término medio en el que la incidencia baje al máximo para que el riesgo sea menor una vez vuelva a abrirse la mano, y mientras se gana tiempo para vacunar a más población.

El año pasado, después de tres meses de confinamiento, España entró en el verano con menos de 8 casos por 100.000 habitantes a 14 días. Ahora, la tasa de incidencia se sitúa en 129 por 100.000, y la curva, que en las últimas semanas era claramente descendente, se ha estancado. Con esa incidencia, el país se sitúa en un nivel de riesgo medio, según los indicadores de Sanidad, aunque varía dependiendo de las comunidades. Madrid, Asturias, País Vasco, Cataluña, Ceuta y Melilla están todavía en riesgo alto. 

“El verano pasado estuvimos a punto de conseguir estar a cero”, reconoce Ignacio Rosell, especialista en medicina preventiva y salud pública. “En Castilla y León, alguna semana de julio tuvimos menos de 3 casos por 100.000; ahora que la gente piensa que hemos superado la tercera ola, estamos en 50 casos por 100.000 en una semana”, ilustra.

Rosell pide “seguir trabajando para bajar estos datos”. “Entiendo la fatiga pandémica y el hartazgo de la gente, pero si nos metemos en verano con una cierta incidencia, va a ser muy complicado evitar una cuarta ola”, advierte el epidemiólogo. “Puede que en verano mantengamos las brasas y que en otoño prenda la llama”.

Entiendo el hartazgo de la gente, pero si nos metemos en verano con una cierta incidencia, en otoño prenderá la llama

La llama de la Navidad todavía está muy reciente. El 24 de diciembre, en España había 262 casos por 100.000 habitantes, con una tendencia ascendente. Un mes después, se alcanzaron cifras nunca antes vistas en el país, con más de 899 casos por 100.000 habitantes. “La ‘explosión’ llegó por la reunión de la gente en espacios cerrados”, sentencia Rosell, y eso es lo que se espera que no se repita en estas fechas.

“El verano tiene algo bueno: la gente está en el exterior, y ahí los contagios se reducen muchísimo, y además hay que contar con que cada vez más gente estará vacunada”, admite Rosell, que enseguida matiza: “Los tiempos juegan en nuestra contra, el ritmo de vacunación tiene todavía que coger velocidad, y la preocupación por la mayor transmisión de las nuevas variantes también está presente”.

“No me atrevo a decir que no volverá a haber repunte”, lamenta el epidemiólogo. Pesan demasiado la “amenaza” de las nuevas variantes y el hecho de que, por el momento, sólo el 4% de la población española ha recibido la pauta completa de vacunación. Y todo esto, cuando la presión asistencial en los hospitales sigue siendo muy alta, con un 20% de las camas de UCI ocupadas por pacientes covid en toda España, y comunidades como La Rioja, Madrid y Cataluña donde ese porcentaje supera el 30%, considerado de riesgo extremo.

El dilema de la economía y la salud (también mental)

“Con o sin verano por delante, es importante tratar de reducir la incidencia, porque es lo que nos va a dar la garantía sanitaria de que no hay transmisión comunitaria”, explica Daniel López Acuña, exdirector de la Acción Sanitaria en Crisis de la OMS. “Pero, por supuesto, se quiere tener una baja transmisión para poder reactivar la economía ligada al turismo”, reconoce el epidemiólogo.

En 2020, España recibió 18,9 millones de viajeros extranjeros, un 77% menos que el año anterior. Su gasto también se hundió un 78%, pasando de los 91.912 millones de euros en 2019 a los 19.739 millones a lo largo de 2020. El Gobierno confía en el uso del ‘pasaporte covid’ para agilizar el turismo y, aunque a los epidemiólogos no les acaba de convencer este sistema, podría aliviar en parte el drama de este sector.

Por supuesto, se quiere tener una baja transmisión para poder reactivar la economía ligada al turismo

Pero a esas dos patas hay que sumarle una tercera muy relacionada con ambas: la salud mental. José Ramón Ubieto, psicólogo, profesor de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la UOC y autor de El mundo pos-COVIDsostiene que, en esta pandemia, “la población está al borde del límite de lo tolerable”.

“Por criterios puramente epidemiológicos, habría que quedarse todos en casa hasta que la tasa de incidencia fuera de 25. Pero la gente también tiene que comer y, para eso, la economía tiene que tener un nivel de funcionamiento aunque sea mínimo. Y luego hay una tercera pata: la salud mental. Puedes tener una tasa de incidencia muy baja y una economía sostenible, pero si la gente no puede más, la estrategia tampoco va a funcionar”, señala Ubieto, que pide a los políticos y gestores de esta crisis “tener en cuenta esos tres elementos”.

Según los datos del CIS publicados a principios de marzo, uno de cada tres españoles ha llorado por la pandemia, uno de cada cinco se ha sentido “deprimido o sin esperanza” muchos días, un 15,7% ha tenido algún ataque de pánico o ansiedad desde el inicio de esta crisis, más del 40% ha tenido problemas de sueño, y más de la mitad se siente “cansado o con pocas energías”.

Salvar la Semana Santa habría sido un desastre, porque si en verano tenemos que confinarnos, a estas alturas no sería soportable

Con este panorama, la llegada de una cuarta ola antes de verano sería devastadora. De ahí también los cierres perimetrales y el toque de queda acordado para el puente de San José y la Pascua. “Salvar la Semana Santa habría sido un desastre, porque si en verano tenemos que quedarnos confinados, no podemos imaginar el grado de estallido social que se produciría”, opina José Ramón Ubieto. 

“Un año para nosotros, que vivimos aceleradamente, es mucho tiempo”, dice el experto, justo cuando se cumple el aniversario de la declaración del estado de alarma en España. “Si hubiera un confinamiento en verano, a estas alturas no sería soportable”.

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