Llegó el verano y me pregunto: ¿Es consciente la población de lo que sigue sucediendo?

No deberíamos hablar de un pasado que todavía es presente, dado que las heridas no han cicatrizado.
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Es lo que tienen las estaciones, que a pesar del cambio climático cada año a finales de junio recibimos el verano, sinónimo de calor, finalización de los cursos escolares, las ansiadas vacaciones para algunos, el sol, la playa o la montaña y numerosos turistas deseosos del astro rey de nuestra península.

Sin embargo, a este año negro se le han incorporado varios atributos: el fin del estado de alarma, la entrada de la denominada “nueva normalidad” y que seguimos, aunque a algunos no les parezca, en medio de una pandemia. El camino hasta este punto se ha ido marcando por una serie de reglas que iniciaron este otro término “la desescalada”, un rompecabezas que pocos entendían y algunos peor acataban, a la par que las medidas se relajaban tras un largo confinamiento.

Este año desde la aprobación del estado de alarma se ha ido regularizado todo, hasta la propia entrada del verano. Y todo ello en el sentido literal del término, porque se han aprobado numerosos, improvisados y sucesivos decretos-leyes de un lado y órdenes ministeriales de otro, que iban y venían con la finalidad de arbitrar lo que nos va a tocar vivir antes y después de este atípico estío.

Según la RAE, normalidad es “la cualidad o condición de normal”, y por normal nos ofrece varias acepciones entre las que destacaría el adjetivo de “habitual o normal”. Si a ello le anteponemos “nueva” a muchos, entre ellos quien escribe estas líneas, nos suscita una pura contradicción por no decir un absurdo, cuando se pretende regular hasta la “normalidad”. ¿Después qué vendrá?

Todo este cuestionamiento aflora por mi condición de paciente de dolor crónico, ya que no conozco lo que se considera una vida normal y menos unas vacaciones, ya que la dolencia te deja en el desamparo y la dificultad que traza en algunos la condición humana.

Volvamos al comienzo, las estaciones no se detienen y cada año vuelve el ansiado estío, dejando atrás este año a una primavera que la mayoría oteamos y vivimos desde nuestros balcones.

“No es fácil pasar página porque aún no se ha terminado de leer un libro sobre el que no se ha escrito el final.”

Con unas medidas sin precedentes, se ha logrado surfear la primera ola que a modo de tsunami ha arrastrado la vida de miles de personas, rompiendo con su cresta familias, ilusiones, proyectos e innumerables puestos de trabajo, sometiendo a la sanidad española a un estrés y desgaste sin precedentes.

Aún es pronto para vaticinar todos los efectos que va a dejar tanto en nuestra sociedad, ya sea a nivel económico, social y sanitario. Sin embargo, percibo que parte de la misma continua temerosa y otra quizá con la indeseada sensación de que aquí no ha sucedido nada... o ¿sí?

Cuando saltaron las primeras alarmas de la llegada del tsunami, sin valorar ahora si fueron o no tardías, nuestros dirigentes y la oposición aparentemente remaron juntos, aunque esto fue solo un efecto o reflejo de la ola rompiendo en la playa, que se diluyó con la primera marea. Mientras las semanas iban transcurriendo y el virus se hacía más fuerte, igual lo hizo el tono de crispación de nuestras señorías que alcanzó en este caso una escalada de la que no se adivina el final, junto a los reproches que se asemejan a lo que hacen los niños en el conocido “y tú más”.

Así todo, los ciudadanos, en un ejercicio de responsabilidad individual que no se debe abandonar, ven cómo los problemas ahora salen a la luz la consabida brecha social y educativa, unida a la económica, que necesitarán de más que estímulos y ayudas. Sin olvidar la que afecta a los otros pacientes crónicos no covid, de nuevo en tierra de nadie. Entre ellos me hallo, y recordando lo indicado hace unas semanas en ese llamamiento frente a la invisibilidad, acude el desaliento, al no vislumbrar medidas de refuerzo en un verano en el que se volverán a cerrar camas y plantas de hospitales.

Los profesionales de la salud ya han advertido de los efectos psicológicos y psiquiátricos de unos y otros pacientes, tan olvidados y sin recursos que volverán a ponerse en evidencia, escuchando otra vez que ahora existen otras prioridades. Conocedora de esta realidad y pese a las cifras abrumadoras a nivel personal y económico del dolor crónico, la salud mental y la otra pandemia olvidada, el suicidio, estas seguirán siendo invisibles. Todo ello pese a los reiterados llamamientos; pero claro, no contagian ni paran la economía, solo a quien las sufre o ya no las soportaron más.

Es cierto que actualmente se ha de promocionar en los medios de comunicación y en las calles y ciudades la “nueva normalidad”, al igual que hacen nuestros vecinos europeos en la necesidad apremiante de atraer a los turistas con el fin de salvar a otro sector, sin duda un necesario e importante motor de la economía, sin olvidarnos de otros igual de importantes: una agricultura que no encuentra jornaleros, la automoción que se tambalea y muchos que no levantarán ya la persiana. Es el momento de pensar en nuevos sectores productivos.

Todos estos mensajes son precisos, aunque pecan de un defecto importante, ya que solo es preciso tener un poco de perspectiva, recordando la pasada crisis de 2008. En la actualidad, la mayoría de los bolsillos de los españoles están vacíos, ya que han tirado de los ahorros hasta cobrar los ERTES, que no han sido todos, y una parte serán despidos definitivos.

“España se enfrenta a un reto sin precedentes del que tardará años en recuperarse”

El año pasado más del 40% no se podía permitir salir de vacaciones, y por mucho que se quiera vender confianza y seguridad válida para el turista foráneo, ahí está lo indicado por el barómetro del CIS: dos de cada tres españoles no podrán ir de vacaciones.

Comprendo la anterior preocupación que da de comer a muchos, si bien no valdrá acudir en unos meses a la frase “no esperábamos una nueva ola tan fuerte” (y que no venga en forma de temporal), ya que todos los expertos nos recuerdan a diario que el virus continua entre nosotros, no se conoce todavía un tratamiento efectivo y la vacuna tardará. No deberíamos hablar de un pasado que todavía es presente, dado que las heridas no han cicatrizado. Tampoco es fácil pasar página porque aún no se ha terminado de leer un libro sobre el que no se ha escrito el final.

La vida ha vuelto a las calles y ciudades, pero no donde se quedó debido a que faltan demasiados. España se enfrenta a un reto sin precedentes del que tardará años en recuperarse, y ello a base de recobrar una “cierta normalidad” a la que a muchos nos gustaría volver a conocer.

Quizá por ello, quienes no están en los supuestos anteriores y ante el temor a un nuevo brote digan esa expresión tan española “que me quiten lo bailado”.

Es momento de ir concluyendo, sin dejar de recordar a los más de 28.000 fallecidos y a sus familias, tras un luto nacional descafeinado y en un escenario parlamentario que, de seguir así, igual la próxima ola debería solo barrer o limpiar mentalidades y prescindir de politizar la salud y la enfermedad. No se juega con ellas y es de necios pensar lo contrario, porque no sabrás en qué momento puedes estar al otro lado. No debemos relegar a nadie, tanto los conocidos como el resto. Todos han dejado un vacío insuperable y a sus familias les aguarda un largo y doloroso duelo por las circunstancias del vacío.

Tan solo espero que el lector si ha leído este artículo hasta el final, no olvide su responsabilidad individual, empatice algo más con quien le rodea y apele a la prudencia por él y por todos, dado que no siempre existen las segundas oportunidades.

«Nos hemos inmunizado contra el dolor ajeno, que sólo nos duele los primeros cinco minutos»

Un año sin verano, Carlos del Amor.