POLÍTICA
25/05/2019 09:18 CEST

Lo que nos enseñaron las elecciones municipales de 1979, 40 años después

MDO

“En los pueblos teníamos ilusión, esperanzas. Solo faltaban los recursos... y votar”. El grito de la España rural de 1979 era una llamada al cambio que pasaba, inexorablemente, por dejarles elegir su propio futuro. En clave local. Pasaron años hasta que se les dio esa voz. Cuando ocurrió, la misión era clara: derrocar uno de los últimos grandes sustentos del franquismo, el caciquismo que había imperado durante 40 años en la red municipal de pequeños pueblos y grandes ciudades.

Hoy, a las puertas de una nueva cita para elegir a 8.131 alcaldes y alcaldesas, España es otra. Una sociedad más madura, plural, con nuevos modelos de familia, de pareja, de trabajo, pero con preocupaciones políticas no tan diferentes. La historia suele ser buena consejera e invita a ponernos frente al espejo de 1979 para comprobar qué nos enseñó aquella primera cita electoral municipal tras casi medio siglo.

Más de 8.000 municipios llamaban a elegir a sus nuevos regidores y sus más de 70.000 concejales. Eran, como los actuales, tiempos de frenesí electoral. No en vano, camino del tercer aniversario de la llegada al Gobierno de Adolfo Suárez, ya había dado tiempo a celebrar dos elecciones generales y dos referéndums -aprobación de la Ley Para la Reforma Política en 1976 y de la Constitución en 1978-.

Votar ya no era una novedad. En realidad, no lo había sido tampoco en los tiempos más oscuros: Lo verdaderamente revolucionario era hacerlo en libertad. En contra del pensamiento mayoritario, no dejó de haber elecciones en los casi 40 años de gobierno del dictador Francisco Franco: hasta ocho convocatorias municipales -entre otras citas-. Pero votar no es sinónimo de democracia: el limitado grado de población autorizada a participar y la escasa capacidad de elección en aquellas convocatorias lo demuestra.


En el camino a la democracia casi los últimos en llegar fueron los alcaldes. Había miedo a las municipales. Mucho antes de su oficialización planeaba la fecha de noviembre del 77. De hecho, como señala el profesor e historiador Juan Francisco Fuentes en su obra Adolfo Suárez: biografía política, un informe interno del Partido Comunista hablaba de “las municipales de noviembre de 1977 como las verdaderas elecciones”. Incluso por encima de las primeras generales que iban a afrontar los de Carrillo en junio de ese curso tras cuatro décadas de exilio.

Finales del 77 era “muy pronto” para el influyente sector conservador que vivía atormentado ante la posibilidad de otro “14 de abril”. Ni pensar en aquellas elecciones municipales que cambiaron el rumbo de todo un Estado en 1931. En la España de finales de los 70, con el riesgo real de una victoria de izquierdas en los comicios locales, pesaba demasiado el pasado como para aceptar semejante riesgo.

El sector más conservador temía la posibilidad de otro "14 de abril" tras unas elecciones municipales a finales de 1977 con riesgo de victoria de izquierdas

 

Tocaba esperar. 17 meses, concretamente. La fecha elegida, el 3 de abril, un mes y dos días después de las elecciones generales. Martes, día laborable. Antes no era raro: el trabajador disfrutaba de unas horas libres para ir al colegio electoral y vuelta a sus labores. A mediados de los 80 La Ley Orgánica 5/1985, de 19 de junio, del Régimen Electoral General cambió este hábito: las municipales habrían de ser, desde ese momento, “el cuarto domingo de mayo”. 

De vuelta a los 70, y con la Constitución ya aprobada, “el consenso había acabado”, sentenció con acierto el presidente Suárez. Sin embargo, la tensión política no tuvo reflejo claro en la campaña municipal (sí en las generales). La ambigüedad de una “batalla” electoral de 8.000 sedes y sin experiencia reciente pudo limitar el tono en la cita de abril. O quizás lo hizo el cansancio de enlazar dos campañas, que de eso sabemos bastante en 2019 y ¿verdad que pesan? 

Lo cierto es que la sociedad española tampoco necesitaba más tensión. Por un lado, ETA, que trataba de boicotear los pasos hacia una democracia plena a golpe de atentado y muerte. Por otro lado, la crisis económica y social asolaba áreas deprimidas. La necesidad ya no era solo de alcaldes, sino de alcantarillado, agua potable...

La “sopa de letras”, también en los ayuntamientos

¿Cuál era la oferta política para esta cita? Tres ejes: formaciones nacionales, fuerzas nacionalistas-regionalistas y un último grupo de partidos y candidatos independientes dentro de la conocida “sopa de letras” que protagonizaba la Transición -y que amenaza con volver-. En el eje nacional, cuatro grandes bloques nacionales: Unión de Centro Democrático (UCD), el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), el Partido Comunista de España (PCE) y Coalición Democrática (CD, el nuevo nombre de Alianza Popular). La suma de los cuatro grandes referentes nacionales daría un 75% del total de los sufragios, una cifra inferior aunque cercana al peso de los bloques estatales en el S.XXI.

La convocatoria abarcó a 26.591.013 millones de españoles. De ellos, un 62′51% ejerció su derecho al voto, en concreto 16.621.868 ciudadanos. La abstención fue importante: 37′49% (9.969.145 personas). Sin apenas votos en blanco (5.388, para un 0′03%), sí hubo cierta presencia de votos nulos, más anecdótica que relevante (234.400, un 1′41%) por provenir muchos de ellos de confesos nostálgicos del franquismo que no tomaron a bien elegir una de las papeletas en juego.

Evolución sin revolución

De los problemas de ayer, muchos siguen vigentes; de las corrientes ideológicas que capitalizaron la Transición, persisten un buen número. Como los pactos, tan protagonistas en la historia de nuestro parlamentarismo. No hay tantas novedades en la supuesta revolución política del tiempo presente.

Ganar no significó gobernar el 3-A y el 26-M puede ocurrir lo mismo, pero en los cuarteles generales de las formaciones se dio y se dará batalla por el relato de la victoria. Eso no cambia nunca: en la noche electoral todos ganan... bueno, hay excepciones recientes. Aquello era mero maquillaje; lo importante ocurría de puertas para dentro: ¿Quién había ganado de verdad?, se preguntaban unos y otros: ¿UCD, primera en votos y número de alcaldes y concejales? ¿PSOE, con la segura alianza con Carrillo para llegar a alcaldías trascendentales? ¿PCE, que volvería a tocar poder como “fuerza del cambio en España”?...

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La alianza poselectoral PSOE-PCE, sellada con rapidez en los llamados “Pactos de Progreso”, y otros acuerdos con nacionalistas y regionalistas dio una rápida respuesta. El socialismo tocó poder, mucho poder. Bien en forma de “sorpasso” a la pírrica victoria de la UCD, bien consolidando una mayoría insuficiente por sí sola. Ambas fórmulas valieron para que nombres como Enrique Tierno Galván (Madrid), Narcís Serra (Barcelona), Ricard Pérez Casado (Valencia), Ramón Aguiló (Palma de Mallorca), Ramón Sainz de Varanda (Zaragoza), Joaquim Nadal (Gerona) o Pedro Aparicio (Málaga) se convirtiesen en los primeros alcaldes post-franquismo. De nada habían servido los 16.000 concejales y 400.000 votos más de la UCD (que perdió apoyos con respecto a citas previas) sobre el PSOE.

¿Y qué pasaba con las mujeres? La política era “cosa de hombres”, nos había enseñado el régimen. Por fortuna, no de todos; un grupo de mujeres se rebelaron y consiguieron ser alcaldesas. Entre sus feudos, los barceloneses de Mollet del Valles, por aquel entonces el más grande gobernado por una mujer, y Molins de Rei (Anna Bosch y Antonia Castellana, respectivamente, ambas del PSUC); Torrevieja -Alicante- (Rosa Mazón, del PSOE); La Roda -Albacete- (Amparo Roldán, de UCD); Blanes -Gerona- (Maria Dolors Oms, por el PSC); Palos de la Frontera -Huelva- (con la independiente Pilar Pulgar); Verín -Orense- (Carmen Lovelle, de CD...) o la pequeña villa balear de Costit, regida por la futura presidenta del Parlamento insular María Antònia Munar (UCD).

“Elevar a la categoría política de normal lo que a nivel de calle es simplemente normal”, pedía Adolfo Suárez en una de sus citas estrella de la Transición. Con el paso de los años, se ha logrado. A nadie sorprende -o no debería, a estas alturas- contemplar a Carmena, Colau y tantas otras alcaldesas.


Las municipales sí importan

Lo que sobrevino al 3-A significó un verdadero estímulo en las filas socialistas y comunistas. Para los de Felipe González las municipales se habían planteado en clave de “segunda vuelta electoral” de las generales de marzo y, sin ganar, resultaron los grandes triunfadores. Era el principio de los años más dulces para González, Guerra y compañía. Para el PCE iban a ser el medio con que volver al poder tantos años después, alcaldía de Córdoba (con Julio Anguita), incluida.

Para Adolfo Suárez, en cambio, se convirtieron un problema. El partido del presidente afrontó la campaña con un objetivo incierto, “salvar los muebles” en las grandes ciudades y poco más. Triste triunfo el que les alejó del poder en esos ejes de relevancia. El centro-derecha comenzaba a resquebrajarse como lo hacía una Unión de Centro Democrático cada vez menos unida. Los temores iniciales, aunque un tanto exagerados, en el fondo no iban tan desencaminados: no hubo un nuevo 14 de abril, pero los efectos del 3 de abril tampoco fueron menores.

Las elecciones municipales importan, lo demuestra la hemeroteca. El 26-M también suena a “segunda vuelta”, a “resistencia”, a “futuro incierto” en alguna formación. Y como ayer, lo que ocurra a partir de las urnas marcará el futuro inmediato de la sociedad. 40 años después, la historia se repite.