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31/01/2020 06:31 CET | Actualizado 31/01/2020 06:31 CET

'Loca academia de policía'

Nadie queda sobre la faz de la tierra que no haya visto, en alguna ocasión, esta cinta disparatada con cierto regusto a Benny Hill.

Foto del elecno de 'Loca academia de policía'. 

Demencial. Mejor dicho, escandaloso. Que una película como Loca academia de policía cumpla treinta y seis años en 2020 se me antoja un dislate; cómo es posible que no nos hayamos percatado de que el tiempo pasaba (pasa) tan rápidamente.

Nadie queda sobre la faz de la tierra que no haya visto, en alguna ocasión, esta cinta disparatada con cierto regusto a Benny Hill. Nacida en un contexto audiovisual en el que el drama profesional seriado estaba en auge, especialmente el policíaco, Loca academia de policía parecía querer beber del éxito de títulos notorios como Canción triste de HillStreet, aunque su enfoque fuera completamente diferente. Al contrario que otras películas de la década, en las que se exaltaba sin ambages la profesión policíaca (pensemos si no en Arma letal o La jungla de cristal), esta parodia del género resultaba todo un soplo de aire fresco, precisamente porque honraba lo que, de manera descarada, parecía poner en entredicho.

Me permitirán que me refiera exclusivamente su primera entrega y que obvie las demás, imaginarán que, si segundas partes nunca fueron buenas, las séptimas pueden rozar la hiperventilación.

La historia de la primera película, retomo, es la de un grupo de outsiders con vocación policial. Una a una nos introducimos en las vidas de los componentes de una nueva promoción de policías, los cuales se unen al cuerpo tras las medidas de puertas abiertas de la nueva regidora. A partir de aquel momento, rezaría un bando rubricado por la alcaldesa, cualquier persona con independencia de su condición física o personal podía acceder a los cuerpos policiales municipales. La noticia no podía ser peor para la academia de policía.

Y así conocemos a Mahoney (Steve Guttenberg), de nombre Carey, pero al que no oiremos ser llamado así en ninguna circunstancia; Mahoney es un espíritu libre, que prefiere ser detenido a doblegarse ante un cliente en el párking en el que trabaja. Debido a su reincidencia, se le ofrece una alternativa extrema: O se alista en la policía o irá a la cárcel. En su bagaje por la comisaría conocerá a Larvell Jones (Michael Winslow), a quien embarca en su nueva aventura policial. Ambos se alistarán en la academia con otros personajes de muy variada naturaleza, desde violentos anhelantes de Vietnam como Tackleberry (David Graf), a agentes pusilánimes como Leslie Barbara (Donovan Scott), sin contar con la siempre medrosa Hooks (Marion Ramsey), el torpe Douglas Fackler (Bruce Mahler), la responsable Karen Thompson (Kim Cattrall) o el extremadamente enérgico Moses Hightower (Bubba Smith).

En muchos sentidos, hay algo de anhelante en el espectador actual con respecto a este cine.

Será labor del sargento Harris (G.W. Bailey) la de convertir a este equipo heterogéneo de capacidades variadas, en un pelotón cohesionado, profesional y comprometido con el cuerpo. Pero en lugar de hacerlo en un proceso catártico como Oficial y caballero (1982, Taylor Hackford), y subrayado por las voces de Joe Cocker y Jennifer Warnes, en esta ocasión el sargento Harris utilizará medidas más harteras, deseando que el mayor número de “intrusos” abandone la academia antes de ingresar en el cuerpo. Y así lo hace. Poco a poco aumenta el número de bajas, aunque finalmente quienes consideraba menos capaces acaben salvándole, literalmente, la vida.

Si menciono que tiene cierto regusto al show de Benny Hill es porque, sin duda, su propia concepción ya incluye momentos que, desde la perspectiva actual, pueden resultar procaces, sobre todo en lo referente a la homosexualidad (el miedo que muestran a La ostra azul es incomprensible) o al tratamiento de las mujeres (mucho muslo y demasiada prostitución normalizada). No obstante, también es cierto que el tono general de la cinta destila ingenuidad, cierto halo de candidez propia de una época en la que se prometía el éxito tras la sangre, el sudor y las lágrimas. 

En muchos sentidos, hay algo de anhelante en el espectador actual con respecto a este cine. Aquel triunfo contra viento y marea resultaba alentador, un espíritu que comparte toda la filmografía de la década. El esfuerzo recompensado, el valor de la tenacidad y del tesón, el premio al sacrificio personal son aspectos que los ciudadanos actuales hemos perdido por completo. Quizá porque ahora sabemos que la vocación, la lucha o la voluntad no aseguran el éxito, pero sí la fatiga; tal vez porque estamos cansados de una sociedad que nos recuerda que somos muchos y que podemos ser reemplazados como piezas de un engranaje en serie. Muchos desean estar en el puesto que ostentamos, nos recuerdan, dando más valor al puesto que a nosotros mismos.

Por eso resulta reconfortante visualizar el cine de los ochenta, porque no había gremlin que no fuera reconducido, por mucha comida y agua que se le aplicase después de medianoche; porque si luchábamos, podíamos convertirnos en Tess McGill, y si nos esforzábamos, no había viaje en el tiempo que no nos trajese de regreso al futuro. 

No está de más recordar lo que ya ha pasado, para darnos cuenta de lo que hemos perdido. Aunque tengan que pasar treinta y seis años para percatarnos.

 

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