POLÍTICA
01/10/2021 20:58 CEST

Los botellones ya existían antes; el problema va más allá

El riesgo epidemiológico no es lo que más debería preocupar de estos encuentros, sostienen los expertos.

Thiago Prudencio/SOPA Images/LightRocket via Getty Images
Botellón en la playa del Bogatell (Barcelona) por las fiestas de La Mercè, el 25 de septiembre de 2021.

¿Cualquier tiempo pasado fue mejor? No necesariamente. En el último mes, prácticamente cada fin de semana se suceden las noticias de botellones masivos de jóvenes bautizados como macrobotellones. Esto, en realidad, ya existía antes —y ya estaba prohibido—, pero ahora el ‘fenómeno’ se vigila más de cerca. Desde el principio del verano, los jóvenes han estado en el punto de mira por registrar las mayores tasas de contagios de covid. Ahora, su tasa de incidencia se sitúa incluso por debajo de la media, pero siguen en el centro de la noticia por protagonizar estos macrobotellones con decenas de miles de participantes que, en ocasiones, acaban en disturbios, pillaje, agresiones y detenciones

Sólo la noche del pasado lunes en Barcelona acabó con 30 detenidos y 39 heridos —y con un rifirrafe entre la Alcaldía y la Generalitat por el dispositivo de la Guardia Urbana y los Mossos—; en Madrid, la Policía trabaja con un refuerzo de 200 agentes ‘antibotellón’, que están poniendo entre 500 y 700 multas cada fin de semana; en Santiago han tomado la misma decisión después de que el pasado fin de semana los antidisturbios tuvieran que desalojar un botellón de 2.000 personas con cargas policiales; en Bilbao, el alcalde también ha anunciado un refuerzo policial “importante” para atajar unos botellones que no son nuevos, pero que ahora se producen “a lo bestia”, según sus palabras. 

Desde el Ministerio del Interior, explican a El HuffPost que no hay datos que puedan demostrar que los botellones se han vuelto más violentos, simplemente porque “las estadísticas que elabora el Ministerio no recogen el ámbito donde se produce la comisión del delito (botellón, fiesta, rave, etcétera)”, apuntan.

Desde fenómeno “minoritario” a “novedoso”

Por su parte, las autoridades de los municipios afectados se han movido estos días entre las llamadas a la calma —“es un fenómeno minoritario que no tiene que preocupar”, dijo el consejero de Justicia de Madrid, Enrique López—, la preocupación —el alcalde de Bilbao, Juan Mari Aburto, habló de “un fenómeno novedoso”—, la búsqueda de una explicación coherente a estos encuentros tan masivos —fin de las restricciones, fiestas locales, vuelta a las clases, ocio nocturno todavía a medio gas— y, sobre todo, la petición de responsabilidad a la población. 

La ministra de Sanidad, Carolina Darias, criticó este miércoles que “en algunos colectivos no hay percepción de riesgo”, cuando le preguntaron por las imágenes de botellones del fin de semana, que Darias consideró inapropiadas “desde el punto de vista sanitario”. “Las vacunas hacen su trabajo, pero por sí solas no pueden”, señaló la ministra.

Hay quien apunta precisamente a la pandemia como detonante para que los jóvenes salgan con más fuerza, como respuesta a la ‘represión’ del confinamiento. Los expertos consultados por El HuffPost sólo respaldan a medias esta teoría.

Para los jóvenes, perderse un verano es perderse todo: puede ser el momento en el que conozcan a la novia o en el que prueben la droga

José Ramón Ubieto, psicoanalista y profesor colaborador de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la UOC, reconoce que los jóvenes sienten ahora la “necesidad de recuperar el tiempo perdido y todo lo que se ha ido dejando atrás” por el covid, una sensación que se produce en toda la población, pero de forma más acusada entre los jóvenes, para quienes “la pérdida [de ese tiempo] siempre es mayor”.

“Para ellos, un verano lo es todo: puede ser el momento en el que conozcan a la novia, en el que prueben la droga, en el que vayan por primera vez de vacaciones sin los padres”, comenta Ubieto. “Además, se les ha dicho que tienen que hacer las cosas al aire libre”, recuerda. Después de un año y medio sin verbenas, los botellones son vistos como la mejor opción de ocio, o incluso la única, teniendo en cuenta que muchos no pueden permitirse (o no quieren) pagar hasta 15 euros por copa en las discotecas.

“Yo también estuve allí”

Ubieto no considera, en cualquier caso, que haya aumentado la violencia de estos encuentros como efecto de la pandemia. El psicólogo entiende que en este fenómeno “se suele tomar la parte por el todo”, pero en su opinión es algo “más complejo”.

Con respecto a lo que está ocurriendo en Barcelona, donde se han registrado saqueos de negocios y quema de contenedores durante los botellones, Ubieto menciona varios factores entremezclados que podrían propiciar la participación de los jóvenes en ello, siempre teniendo en cuenta que los actos delictivos son minoritarios dentro del botellón en sí. Uno es la “necesidad de reconocimiento”, el poder decir “yo también estuve allí”, como una búsqueda “de salir del anonimato” y de poder “magnificarlo luego en redes sociales”.

Lorena Sopena/Europa Press via Getty Images
Botellón por las festividades de La Mercè en Barcelona. 

Otro factor es el “efecto multitud” que, por un lado, da “un plus de satisfacción” al ser parte de un grupo grande y, por otro, aporta una sensación de “cierta impunidad”. A mucha gente le ha llamado la atención cómo muchos de los jóvenes, que no participaban en estos disturbios, tampoco se apartaban o intervenían para tratar de frenarlos, sino que sacaban su móvil y se limitaban a grabar. Ubieto explica esta reacción como algo habitual que “nos ocurre al resto cuando observamos la violencia: miramos horrorizados, pero al mismo tiempo fascinados”, dice. 

Por último, el psicólogo apunta a un componente de “exclusión social” entre los participantes en estos altercados. Ubieto cita “casos de chicos muy jóvenes en riesgo de exclusión social”, que no tienen mucho que perder y, “una vez ahí en el mogollón, quieren sentirse los ‘reyes de la noche’”.  

La exclusión y el malestar social, fuentes de la violencia

La teoría de Ferran Giménez, sociólogo experto en movimientos sociales y profesor colaborador de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la UOC, va también en esa dirección. Giménez distingue, por un lado, entre el hecho de que haya botellones —un fenómeno que “tiene ya unas décadas” y “no parece tratarse de una catarsis colectiva tras las restricciones covid”— y, por otro, que se produzcan “episodios de violencia” como la vandalización de restaurantes o tiendas.

Esta última parte, Giménez la achaca a la exclusión social que viven muchos jóvenes, y la asemeja a lo vivido en los suburbios de París en los años 90, cuando la precariedad y la marginalización de un sector de la población acabó en disturbios y enfrentamientos con la Policía. “Los jóvenes encontraron ahí la manera de responder a un sentimiento y una realidad de exclusión social”, describe el sociólogo.

No parece tratarse de una catarsis colectiva tras las restricciones covid

Ferran Giménez sostiene que hay “un malestar juvenil muy, muy grande”, debido a una ruptura entre las expectativas de los jóvenes y la realidad con la que se encuentran: una elevada tasa de paro, ofertas laborales precarias, barreras de acceso a la Universidad por el alto coste de las tasas o a Formación Profesional por falta de plazas, y una situación de no emancipación por los alquileres disparados.

Volviendo al símil de Francia, el sociólogo explica estos disturbios “como una llamada de atención por parte de los jóvenes los excluidos hacia los exclusores”, en este caso las Administraciones. Esa es “una de las lecturas” que hace Giménez, pero hay más. 

Una manera de socializar de “machos alfa” regados en alcohol

Más allá de los actos vandálicos contra establecimientos o mobiliario urbano, el pasado fin de semana se registraron al menos dos apuñalamientos en botellones en Madrid, y la semana anterior los Mossos ya investigaban una agresión sexual y otra homófoba en un macrobotellón de la Universidad Autònoma de Barcelona que reunió a 8.000 personas.

En este sentido, Giménez habla de un contexto en el que “los machos alfas y las masculinidades tóxicas” emergen avivados por la “experiencia de socialización” en los botellones, que se caracteriza por un “alto consumo de alcohol y otras sustancias”. El sociólogo se refiere a peleas que surgen de una “mirada desafiante” o de un “reto simulado o explícito”, que acaban derivando en un “tipo de violencia desgraciadamente habitual en estos contextos de ocio nocturno, que va ligada al modelo de ocio en sí mismo”. Y que además requeriría un enfoque educativo (por aquello de las “masculinidades tóxicas”).

Hay un tipo de violencia desgraciadamente habitual en estos contextos, que va ligada al modelo de ocio nocturno en sí mismo

Centrándolo en el aspecto sanitario, Ferran Giménez lamenta que las autoridades no cuestionen tanto el hecho de que hay “un consumo de riesgo de alcohol y otras sustancias” que, por otro lado, no sólo se da en los botellones sino, en general, en la mayoría de contextos de ocio. “Muchas generaciones hemos aprendido a socializar en este modelo de ocio, y vemos que para la mayoría no acaba bien”, apunta el sociólogo.

Como especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública, Mario Fontán también reconoce que lo que más le inquieta de los botellones no es el riesgo por covid. “Evidentemente, en un macrobotellón pueden surgir casos, pero desde un punto de vista de la salud pública me preocupa más por el alcohol y cómo nos relacionamos con él”, apunta.

Sanidad calcula que los españoles empiezan a beber, de media, a los 14 años. Según datos de la Encuesta sobre uso de Drogas en Enseñanzas Secundarias en España, uno de cada cinco jóvenes de entre 14 y 18 años se emborracha cada mes, y uno de cada tres bebe cinco o más copas en 2 horas. En cuanto a los adultos, un 13% de los españoles toma alcohol cada día.

Una “doble moral”, como si los adultos no bebieran “en cantidades problemáticas”

“Se juzga mucho a los jóvenes, igual que se ha hecho durante toda la pandemia, como si la gente adulta no consumiera alcohol en cantidades problemáticas”, plantea Fontán. La única diferencia, según él, es que los adultos lo consumen “de otra manera, en contextos no sólo aceptados sino promocionados socialmente”. Este epidemiólogo considera que hay “una doble moral”. “Da la impresión de que irse de botellón es malo, pero quedar en una terraza a beber cervezas y gin-tonics durante cinco horas está bien”, critica Fontán. 

Da la impresión de que irse de botellón es malo, pero quedar en una terraza a beber cervezas y gin-tonics durante cinco horas está bien

La conclusión, tanto para el epidemiólogo como para el sociólogo, es que los botellones pueden generar problemas, pero quizás no se están abordando desde el enfoque que se debería.

“Hay una parte de la juventud para la cual las ciudades y la sociedad en sí misma no les ofrecen otra alternativa” más allá de una socialización ligada al consumo de alcohol, sea en discotecas o botellones, sostiene Mario Fontán. “El alcohol es un problema de salud pública a todos los niveles, y el botellón es sólo una muestra más de algo que en nuestro modelo de sociedad y de ocio no sólo afecta a los jóvenes”, resume. 

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