BLOGS
29/08/2019 07:24 CEST | Actualizado 29/08/2019 07:24 CEST

Los 'influencers' al desnudo

Hemos vuelto a una sociedad de clases establecida por los “me gusta” y una ristra multitudinaria de emoticonos,

DisobeyArt via Getty Images
Group of millennial friends watching smart mobile phones - Teenagers addiction to new technology trends - Concept of youth, tech, social and friendship - Focus on smartphones

Tenía 400.000 seguidores en su cuenta de Instagram, más que ciudadanos hay en Vigo o Alicante: la holandesa Rianne Mejer, con veintiséis primaveras, publicaba sin recato para consumo colectivo y condenación eterna de “followers” la exposición gloriosa de su anatomía. La beldad digital de los canales de Ámsterdam ha decidido ahora cantar la Traviata y revelar el revés de la trama publicando las fotos menos agraciadas de las sesiones, cual terrible bromazo: “Quiero mostrar que las imágenes que la gente ve en Instagram, especialmente la de los influencers, nunca son reales”, ha confesado este verano. Ha causado un gran terremoto emocional entre sus seducibles, seguido de sus correspondientes “unfollows”, aunque no hemos asistido a una ola romántica de inmolaciones como en tiempos de Goethe.

Toda maja de Instagram tiene su luminosa y ardiente haz y su siniestro envés, la cara oculta de la depresión, el suicidio… o el asesinato, como el reciente de la veinteañera rusa Ekaterina Karaglanova, la Audrey rusa, que lucía palmito en las redes ante 100.000 curiosos anónimos y cuyo cadáver fue hallado por sus padres, en el pasillo de su casa en Moscú, dentro de una maleta por la que asomaban sus deseados y tantas veces fotografiados pies. El sospechoso, el exnovio de la malograda dermatóloga, dice que no podía soportar su éxito; “Instagram ha ayudado a matar a mi hija”, ha dicho el progenitor. 

Proliferan también los extorsionadores de las redes sociales, como el caso que padeció James Charles, que hace unos días fue chantajeado por un hacker y el mozo se lanzó a la piscina publicando una foto como su madre lo trajo al mundo. A las bravas, pues, en un impúdico “y yo más”. El look digital de viajes infinitos y amantes anónimos que sujetan el móvil, las mil capturas de nalgas, bocas, senos, escorzos e inclinaciones de escote, se han convertido no solo en el milagro de la horterada universalizada, sino en el oscuro objeto del deseo que hubiera hecho las delicias de Buñuel y Carrière: de la disminución del pensamiento al aumento de la masa corporal. 

Entonces, en 1977, eran Carole Bouquet y Ángela Molina: hoy, Selena Gómez, Kylie y Kendall Jenner, las Kardashian y Ariana Grande se disputan el podio de la socialité. Ellas arrasan en el ranking mostrativo, en el que solo rivaliza con las féminas en el número de seguidores Cristiano Ronaldo, coleccionista de pasiones encendidas. Adiós al papel cuché. Ahora hay hasta princesas “influencers”, que no influyentes –aunque se nos planteen como sinónimos–, como la segunda hija de los reyes de Holanda, Guillermo y Máxima, que con catorce años ha hecho del postureo y los “outfits” un “lifestyle”. Que esa es otra: el castellano en esta moda online no viste mucho.

Hemos vuelto a una suerte de Antiguo Régimen, a una sociedad de clases establecida por los “me gusta” y la ristra multitudinaria de emoticonos.

Son las glorias de la raza viral, los trapíos de lujuria al vuelo en la playa, el puro consumo de la abundancia visual que nunca engorda. El sucedáneo de la vida o la existencia vicaria. El altar laico está en las redes sociales y el secreto está desprestigiado porque tiene el olor de lo antiguo: guardar una existencia secreta a buen recaudo de las miradas indiscretas parece hasta de mala educación. Porque hemos vuelto a una suerte de Antiguo Régimen, a una sociedad de clases establecida por los “me gusta” y la ristra multitudinaria de emoticonos, besos y palmas. Del mismo modo que en otras épocas se instaba a los más jovenzanos a estudiar, ahora los asesores le piden a uno que construya su marca, y persuaden a la efebocracia política de que pose y lo muestre todo en Instagram, que le dé al postureo permanente. Así, Díaz Ayuso nos regala una pose en las cortes madrileñas a lo Jessica Rabbit, Pablo Casado se amartela públicamente con su mujer en Instagram y Pedro Sánchez le da a la testosterona del running siempre que tiene ocasión. Porque no hace falta hablar, ni tan siquiera escribir. Con la Unión Europea todo se hace viral y las fotos van de ojo en ojo acompañadas de sus lacónicos subtítulos: entre los más divertidos, #suertudo y #disfruton. 

El usuario tarda en darse cuenta de estos detalles bifrontes del personal influyente y jovencísimo, en saber la verdad –si es que alguna vez la alcanza– de la desnudez detrás del desnudo, con su misticismo de “likes”: cuerpos embutidos en bikinis mínimos, glúteos a punto de estallar, miradas de quita y pon, anoréxicos que hacen el amago de morder una hamburguesa o comerse un pastel que nunca conocerán sus estómagos. El texto es escaso y se limita a una serie de hashtags y la pose y la imagen es mucha: los post del “instagramer” fetén son como las antiguas diapositivas, pero de post-adolescencia, según haya que ponerse o quitarse la ropa. Conocemos, gracias a Instagram, la anatomía de vestuario de amigas y conocidas que solo se quitarían la ropa delante de su madre. Paradojas de este siglo de pareo narcisista, de reinos de humo y venus y adonis exhibicionistas; sin pudor ni secretos.

Este clima hipervisual a lo naranja mecánica de Kubrick también tiene su moraleja. El problema aquí es que no sabemos bien qué desconocidas especies nos contemplan al otro lado de la pantalla: igual, más allá de las restricciones visuales de la aplicación a unos pocos, va siendo hora de irle dando finiquito a esta festiva exhibición de amores, alcobas, intimidades y vidas. Por un lado, para no hacer tanto el ridículo; y por otro, por aquello de no acabar descuartizado en una maleta moscovita. Más que nada.

 

Síguenos también en el Facebook de El HuffPost Blogs