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22/03/2019 07:00 CET

Luchas partidistas, mercadotecnia y ciudadanía

Sergio Perez / Reuters
Votación en el Parlamento de los Presupues

El surgimiento y la irrupción de UPYD en el panorama político nacional, allá por 2007, se convirtió en un acicate para los grandes partidos políticos y el bipartidismo, incapaz en ese momento de dar respuesta a las necesidades y reivindicaciones de los ciudadanos. El surgimiento e irrupción de UPYD fundamentalmente en el Congreso de los Diputados, a pesar de contar durante la primera legislatura con una sola diputada (Rosa Díez) y con solo cinco parlamentarios en la segunda, puso las pilas a los grandes partidos políticos, que no tuvieron otra opción que al menos tratar de las grandes cuestiones que la formación magenta puso encima de la mesa: reforma del Estado autonómico, derrota de ETA, reforma de la Constitución Española, cambio de la ley electoral, independencia de la Justicia, defensa del interés general y del bien común frente a los egoísmos nacionalistas o lucha contra la corrupción, entre otras. Así, la aparición de UPYD fue enormemente beneficiosa para los ciudadanos españoles, más allá de que los logros obtenidos fueran finalmente limitados. Después, la acción de nuestros poderosos enemigos y nuestros errores estratégicos y mediáticos, nos llevó a la irrelevancia. Esto último lo cuento en No apto para fanáticos, cuya publicación será realidad durante este mes de abril.

Hoy ya no vivimos en un sistema bipartidista imperfecto sino que existen cinco grandes partidos políticos: PSOE, PP, Ciudadanos, Podemos y Vox, aparte de los partidos nacionalistas, siempre dispuestos a condicionar la política española y obtener, de ese modo, privilegios económicos y políticos para los suyos a coste de la mayoría. Curiosamente, esta multiplicidad de opciones electorales no está suponiendo un acicate para hacer mejor el comportamiento político de los distintos partidos y sus líderes sino que, en general, la está empeorando. Los partidos políticos, ávidos de votos y presionados por sus contrincantes, han optado por el marketing antes que por el perfeccionamiento de los argumentos. Además, y contrariamente a lo que podría pensarse, semejante variedad de opciones electorales no está colmando a millones de españoles, los cuales siguen esperando otra cosa o, al menos, otro comportamiento por parte de quienes se dirigen a ellos diariamente.

A pesar de tanto partido político, no se están tratando a día de hoy los grandes problemas y retos de nuestro tiempo.

No es ya que no exista entre los principales partidos un partido político de izquierdas inequívocamente nacional y con sentido de Estado, sino que los ciudadanos esperamos otra cosa de quienes nos piden su voto, de todos ellos, incluso de esos a los que nunca votaríamos. Estos, obsesionados por la búsqueda del voto (necesitan los votos para su propia supervivencia y para calmar a los militantes que legítimamente quieren ser cargos públicos), optan por tratar de alcanzarlos a través de la propaganda y la mercadotecnia, exagerando y extremando sus posiciones (más en la forma que en el fondo, ciertamente), atacando abruptamente a los adversarios políticos, diciendo una cosa y luego la contraria, sobreactuando, ridiculizando al oponente o introduciendo en sus listas a personajes mediáticos sin otro objetivo, en bastantes casos, que lograr un titular en los medios. Curiosamente, y a pesar de tanto partido político, no se están tratando a día de hoy los grandes problemas y retos de nuestro tiempo. Incluso la supuesta nueva crisis económica que se avecina ni siquiera se trata. Y faltan debates serios y propuestas concretas para mejorar España.

Entiendo que, ante el aluvión mediático y la importancia creciente de la publicidad y la propaganda, la inmediatez de las noticias, las fake news, las redes sociales y el peso de los grandes medios, a los políticos les cueste zafarse de los lugares comunes, los clichés partidistas, las frases hechas, las sonrisas forzadas y la cruenta lucha partidista que convierte la política en un simple intercambio de reproches. Pero deberían hacer un esfuerzo no tanto por moderar sus posiciones políticas como por tratarnos como a ciudadanos adultos. Al fin y al cabo, uno puede ser radical en sus propuestas pero respetuoso con sus adversarios políticos y con la ciudadanía. No sé, igual resulta que es lo que nos merecemos, pero tengo para mí que un líder y un partido político de esas características no solamente se ganarían el respeto de los ciudadanos sino incluso su voto.

Los animo (quizás ingenuamente) a intentarlo.

 

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