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13/05/2019 07:31 CEST | Actualizado 13/05/2019 07:31 CEST

“Luke, yo soy tu padre” y otras frases 'fake': por qué tenemos recuerdos falsos

En la clase de idiomas:

- A ver Nicolás, ¿cómo se dice “mirar” en inglés?

- Look.

- Fenomenal, ¿puedes construir una frase con esa palabra?

- ¡Claro! “Look, yo soy tu padre.”

- ...

Posiblemente una de las frases falsas más famosas de la historia del cine es “Luke, yo soy tu padre”, erróneamente atribuida a Darth Vader en un diálogo con Luke Skywalker. Tanto que hasta hay un chiste que le sirve de homenaje. El texto real que aparece en Episodio V - El Imperio contraataca es: “No. Yo soy tu padre”. Sin embargo, en el imaginario popular la frase recordada y compartida es la primera.

Tampoco Sherlock Holmes dijo nunca “elemental, querido Watson”, ni Rick Blaine (Humphrey Bogart) dijo jamás “tócala otra vez, Sam” en Casablanca. Sin embargo son frases repetidas hasta la saciedad como si fueran ciertas, como muchas otras. La pregunta es: ¿por qué esto es así? ¿Por qué repetimos frases falsas y estamos convencidos de que son correctas? ¿De dónde viene nuestra tendencia a recordar cosas que nunca ocurrieron? La respuesta a estas preguntas no resulta sencilla porque tiene varios ángulos.

El primero de ellos está relacionado con la idea de que los seres humanos estamos hechos para imitar la conducta de otros, probablemente como una forma de pegamento social que nos ayuda a integrarnos en el grupo y en nuestra cultura. Este es un hecho que se puede constatar en fenómenos de cierta envergadura, como por ejemplo la moda, en otros quizá menos relevantes, como la propagación de memes y, también, en detalles aparentemente insignificantes, como cuando vemos a una persona bostezar y a continuación bostezamos nosotros también. De hecho, un estudio ha descubierto que las personas más proclives a imitar bostezos son también más empáticas, otra conducta que tiene que ver con la vida en sociedad.

Una vez que está claro que tendemos a imitar las conductas de otros, la siguiente pregunta es por qué preferimos quedarnos con una frase falsa que con una correcta. La respuesta es ligeramente más compleja, aunque se podría resumir en este pensamiento de Leslie Stephen: “ninguna buena historia es realmente verdadera”. A la hora de recordar y transmitir información, preferimos quedarnos con las historias -y frases- que mejor nos encajan, aquellas cuya narrativa es más sugerente y redonda. La frase “Luke, yo soy tu padre” funciona mejor que “no, yo soy tu padre” porque puede ser usada fuera de contexto, al incorporar el nombre del protagonista y, por tanto, no necesitar una frase previa que explique la negación con la que comienza la frase verdadera. En Pensar rápido, pensar despacio Daniel Kahneman nos enseñó que consideramos más verídicas las narraciones coherentes y sencillas, lo que explica perfectamente por qué tergiversamos la realidad cuando elaboramos el relato de un acontecimiento.

Somos una criatura que imita lo que hacen los demás para no sentirse sola y que en su afán por crear narrativas coherentes tergiversa los hechos.

De hecho, nuestra preferencia por lo falso llega a límites insospechados. Por ejemplo, ahora que el fenómeno fake news está desafortunadamente tan extendido, es conveniente mencionar una investigación que ha demostrado que los responsables de la difusión de noticias falsas somos, fundamentalmente, los seres humanos, y no los bots. El motivo es simple: un bot propaga las noticias verdaderas y las falsas con la misma intensidad, dado que no distingue unas de otras. Pero los seres humanos propagamos más las falsas porque percibimos en ellas mayor novedad.

El tercer motivo por el que recordamos frases falsas del cine en lugar de sus versiones correctas tiene que ver con la manera en que, en general, los recuerdos funcionan. Pese a la creencia popular, nuestra memoria no es como una grabadora que registra exactamente lo que ocurre. Tal y como explica uno de los protagonistas de la novela El teorema Katherine: “No recuerdas lo que pasó. Lo que recuerdas se convierte en lo que pasó”. Es decir, todos tenemos recuerdos falsos: conservamos en nuestra memoria acontecimientos que se alejan más o menos de lo que realmente ocurrió. A veces se apartan ligeramente, pero otras de manera muy significativa, porque lo que importa en un recuerdo no es la fidelidad a los hechos, sino la coherencia con el resto de nuestro archivo biográfico. Y una vez que un episodio de nuestra vida se almacena en nuestra memoria, a partir de ahí estaremos siempre absolutamente convencidos de que ocurrió de esa manera. De hecho, según un estudio, casi la mitad de las personas puede ser convencida de creer en un acontecimiento de su niñez que jamás tuvo lugar.

Cada vez que decimos “siempre nos quedará París”, otra frase fake, estamos evidenciando nuestra verdadera naturaleza: somos una criatura que imita lo que hacen los demás para no sentirse sola, que en su afán por crear narrativas coherentes tergiversa los hechos, y que muestra un absoluto convencimiento sobre la veracidad de sus recuerdos, a pesar de que muchos de ellos son falsos. De vez en cuando vienen bien estas lecciones de humildad, porque a la raza humana le queda aún mucho por aprender y mucho por crecer en su recorrido por el universo.

 

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