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14/04/2019 17:13 CEST | Actualizado 14/04/2019 17:13 CEST

Macarena Blues

Isabel Chiara

Los hombres la cargan, ella serena; dolorosa avanza sobre mil pies descalzos. Su baile atávico desliza la madrugada, pone a todos a rezar.

“Ay madrecita de la noche, consígueme un hombre alto, con pocas palabras. De esos que solo con mirarlos, se endurece la mayonesa. Silenciosos nos llenan de deseo el atardecer. Hacen que Dios exista más cerca, sin duda alguna”.

Cuánto rogué, con todas mis fuerzas y este año la iré a ver, hecha mujer.

No costó nada hacerme de estas tetas, ni convencer a mi madre que había sido enjaulada en un cuerpo de hombre. Gracias Servicio Social Andaluz, gracias psicóloga emporrada.

Soy mujer, mi cuerpo lo revela en cada paso. Soy alguien para explorar como el Amazonas, alguien para averiguarle sus quejidos, sus latidos. Esta Semana Santa iré nueva con mi corazón lleno de un antiguo sentimiento agradecido. Si hay tumulto, ellos llegarán a hacerme un círculo, no acercarse, como quien se da de bruces con un animal fantástico. Llevo años con gente sospechando de mí. Gente que les provoca la idea de los diferentes solo para hacerlos blanco de sus pedradas. Llevo mil años atosigada bajo otra piel, agobiada por voces diciendo: “Sigue. Llegarás al final si sabes ser fiel. Llegarás, el goce está en el camino, pero la meta será una vagina”.

Seguí. He limpiado suelos, recogido basura, hice un curso de monitora cultural, he pintado casas y he despintado santos.

He cantado en la Peña de la Liebre mucho, para dos borrachos heridos de compasión. He caminado como en una romería para llegar a la meta de poder operarme. Contando chistes de mariquitas absurdos, viendo señoritos cabalgando su sistemática expresión.

No quiero ser actriz, ni cantante, ni mucho menos puta. Quiero ser un ama de casa cualquiera, quejarme cuando no levantan la tapa del retrete dejando todo meado, quejarme de la vecina cuando asa sardinas los domingos. Solo quiero eso, Madre Santísima. Ser una paloma cagando todas las estatuas de quienes jamás se acuerdan de los débiles. Caprichosos ególatras son los héroes. Ellos lo hicieron porque lo tenían que hacer. Matar en las guerras, salvar a los reyes, servir al poder.

Perecidos a mí, pero jamás iguales. Tenía que ser Macarena, nunca Miguel. Conocer hombres bárbaros que se reían a patadas. Animales sanguinarios sobre el rebaño. Esos son los “normales” actuando normalmente contra el diferente.

Cuando le conté al padre Carlos Inmaculato, mi procesión interna, él iba a los toros. Se lo conté por eso. Padre: “quiero ser mujer”. Dio un golpe al confesionario diciendo que lo mío era de locos. Todas las avemarías no me salvarían, que aprenda a resignarme, no a re-asignarme

Pero ¿ven? la Semana Santa anterior su luz de Madre Santísima me dio permiso, habíamos conectado. Ella estaba conmigo:”Opérate”, así me dijo “opérate”, oí claramente esa orden, la hice mi pancarta oficial en la manifestación más multitudinaria de mi vida. Joder ya que todos pueden ondear banderas, ¿por qué yo no?

Cuando la barba comenzó a desaparecer sentí que un día más me iba acercando. Cuando los pechos se endurecieron algo de mi había perdido el terrible norte de hallarme siempre al centro del dolor.

Todo fue fácil desde entonces .Los socialistas me hicieron el favor, o los ruegos exagerados en Semana Santa. “Madrecita Virgen quítame esto que cuelga, quítamelo de una vez Virgencita”. En el quirófano cuando llegó el doctor bisturí. Alucinada y anestesiada, vi como avanzabas en medio del erotismo sevillano. Tu paso invadió toda la luz de la sala de operaciones. Esas niñas vestidas de mujeres viejas, esos viejos maquillados con juventud eterna, esas señoras bajo el barco de sus peinetas. Esos niños hombres con gomina, señalando una erección aplacada. Todos derechos, derechitos como si no tuvieran nada izquierdo en su cuerpo. Llenos de su riqueza por derecho, andando hipnotizados, erguidos y mucho más derechos que los cipreses cautelando un cementerio. Derechos como si el derecho de vivir lo tuvieran monopolizado y los demás fuéramos siniestros. Todo eso, virgencita, mientras una lágrima dolorosa corría por esas mejillas del hombre equivocado que fui, escuchando mi entrada en el paraíso terrenal, con una música de banda municipal y muchos jadeos de soportar peso humano celestial. Tus cargadores mi flor del cielo… llevando mi cuerpo nuevo, saliendo del infierno.

Soy mujer hecha e izquierda, una Macarena virgen, como tú.

Iridiscente, blanca de amor, casi eterna.

 

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