'Macbeth', 'Ricadro III' y Shakespeare, preguntas sin respuestas

¿Llegará este mensaje al público europeo con los dos montajes comentados? ¿Y a los poderosos que los gobiernan?
'Ricadro III'.
'Ricadro III'.

Coinciden en Madrid y en Lisboa dos obras de Shakespeare montadas por centros estatales o paraestatales de ambos países respectivamente. El primero es un Macbeth en el Teatro María Guerrero del Centro Dramático Nacional y el segundo un Ricardo III en el Teatro de la Trindade da Inatel. Los dos, hermosos teatros tradicionales, a la italiana, muy cuidados, agradables de visitar y de estar, aunque, sobre todo el segundo, tenga problemas de visibilidad.

Ambos montajes son atractivos en cuanto a la producción. Con buenas, bonitas y grandes escenografías. Con muchos actores y entre ellos actores populares y de prestigio para encarnar los papeles principales. A los que se añaden directores y equipos artísticos también prestigio. Por ello suelen ser producciones capaces de hacer mucho ruido mediático para atraer la atención de la prensa, de las redes sociales, ¿quién es el guapo o la guapa que no sube a su Instagram una foto de su asistencia a estos montajes?, y del público.

Viendo el resultado de ambas producciones la primera pregunta es: ¿para qué? Es decir, para qué este gran despliegue. Esta inversión en recursos económicos y humanos. De acuerdo que esa obsesión de Shakespeare por el poder, sus mecanismos y cómo los accionan los seres humanos es, hoy en día, un debate que está en la calle. Un debate democrático, aunque lo que cuenta Shakespeare son historias de monarquías absolutas en las que los reyes son señores que disponen de las vidas y las haciendas de sus súbditos, que incluyen disponer de las familias de estos como les venga en gana.

En Macbeth, es la historia de la usurpación del poder mediante el asesinato y como esa fundación condiciona la historia de ese reinado. En Ricardo III es más de lo mismo, la eliminación sistemática del adversario, entendido como obstáculo, en la carrera al trono. En el primer caso, asumiendo la piel de cordero, la de un gran guerrero que siempre estuvo al servicio de la corona y el país, nadie mejor para ocuparla cuando el rey muere. En el segundo, un ser socarrón, fanfarrón, gracioso (siempre y cuando no se sea el centro de sus burlas o sus venganzas), atractivo a pesar de su fealdad que sabe tirar la piedra y esconder la mano, como cualquier buen acosador contemporáneo.

Historias en las que quien la hace la paga. Y, aunque son de sobra conocidas, no hay porque destripar el final (por cierto, eso es lo que significa spoiler), pero sí adelantar que el autor, después de revisar los hechos, las evidencias, hace una condena explícita, dicta sentencia y hace que se ejecute en escena. Siempre es lo mismo.

Lo hace con frases rotundas que, en sus traslaciones a los otros idiomas europeos, ya sea el español o el portugués, suele perder el ritmo de los versos en inglés. Un inglés que parece ser que resulta difícil para el oído inglés actual, pero que sus traducciones hacen muy atractivo a los oídos del resto de europeos.

Textos shakesperianos que en cualquier caso siempre necesitan relectura, traslación y, lo más importante, restructuración. Estas obras suelen ser larguísimas e irrepresentables en términos de producción, pero, también en términos de coherencia dramática y escénica. Por eso estos centros suelen contratar a profesionales, a veces grandes dramaturgos (en masculino, no suelen llamarse a mujeres para hacer este trabajo como sí ocurre en este Ricardo III), para releerlos y darles un orden, coherencia escénica. Sí, los shakespeares que se ven en escena son las lecturas que hacen dramaturgos, directores de escena, productores, etc.

Relectura y reelaboración que sucede en estos dos centros, pero a lo largo del año sucederá, y mucho, por toda Europa. Ya sea, haciendo producciones propias o recurriendo a montajes que llegan directamente de Reino Unido. Ya sea de la Royal Shakespeare Company o de Cheek by Jowl o los cientos de buenas compañías inglesas que se dedican en cuerpo y alma al teatro isabelino y que viven aceptablemente de esto.

La pregunta es: ¿qué tienen estos textos para interesar tanto a la Europa actual? ¿Para qué su relectura continua por grandes o pequeñas compañías? Una Europa de la que Reino Unido se acaba de divorciar, no olvidar el Brexit, y que se divide entre una Unión Europea democrática, mal que les pese a algunos partidos democráticos, y otra autocrática in pectore en muchos países que no pertenecen a la unión.

'Macbeth'. 
'Macbeth'. 

Como ya se ha dicho, Shakespeare habla de un poder fuertemente jerarquizado y sagrado. No hay que olvidar que ha sido Dios el que hace reyes y los sustenta. No existe algo parecido a la elección de un rey, sino que es la sangre, la pertenencia a una familia la que otorga un reinado, un señorío, un condado. Desde luego no plantea la idea de un gobierno republicano. Entonces, ¿qué es lo que plantea que tanto interesa y gusta a la Europa actual? ¿Tanto que este continente produce sus obras sin cesar? ¿Qué cuenta a los europeos que acuden en masa a ver shakespeares y, por ejemplo, no acuden a ver lopes ni calderones (en el caso de España solo acuden en masa si los produce la Compañía Nacional de Teatro Clásico)?

Preguntas y más preguntas que se suceden viendo ambos montajes. Montajes que no dejan de ser atractivos. En el caso del Macbeth madrileño por esa grandiosa escenografía de Alejandro Andújar que recuerda a las rojas esculturas del inglés Anish Kapoor y que no se puede dejar de mirar. En el caso de Ricardo III por esa recreación del personaje principal, al estilo del Joker o de Marylin Manson, que hace Diogo Infante.

Montajes que fracasan estrepitosamente una vez que se quitan de la ecuación los dos aspectos anteriores. Porque parecen centrados en resolver escenas, en resolver parlamentos, monólogos y textos. Y resuelven bien, porque, como ya se ha dicho, los equipos artísticos que hay detrás son solventes, son profesionales. Sin embargo, son eso, soluciones a un problema planteado por el autor de la versión.

Pero duele ver a Carlos Hipólito desorientado, sin dirección, como Macbeth. No parece entender ni al personaje ni a la visión del personaje que tenía Gerardo Vera y que Sanzol dice haber tratado de mantener. Como sucede con Diogo Infante, capaz de mantener a su Ricardo III-Joker sin fisuras, pero que se libera, y libera al espectador, en ese breve instante en que dice un texto, tumbado y sin peluca. Es cuando se le nota cómodo y su rostro y sus palabras resultan humanas y conmueven por el sentido y la sensibilidad, incluso a una persona que no habla portugués, no por el espectáculo.

Por la tanto, ahí sigue la pregunta que estos dos montajes no responden. ¿Qué tiene Shakespeare para tener atrapada la imaginación de los profesionales y los públicos europeos? ¿Qué les cuenta sobre lo que les pasa? ¿O es que les habla de lo que pasa?

“¿Llegará este mensaje al público europeo con los dos montajes comentados? ¿Y a los poderosos que los gobiernan?”

Viendo estos montajes se intuye una posible respuesta acorde con los tiempos que corren. Una que diría que aquellos que se lanzan a la carrera profesional por conseguir el poder, el absoluto de los reyes sin otro objetivo que ser rey o reina, se embarcan en una profesión cruel. Una carrera cuyo objetivo exige ante todo sacrificios, abandonarse, e ir dejando muertos, cadáveres y, en definitiva, soledad.

La carrera profesional del que quiere ser poderoso por serlo sería, por tanto, una carrera sangrienta y para asesinos. Una carrera que como estos dos protagonistas tiene poco recorrido pues el poder por el poder es algo simplemente estéril, no deja descendencia. Ni Macbeth ni Ricardo III tienen hijos. Aunque eso no es lo peor, es que extienden el erial y la infertilidad en todo su entorno, como lo haría una bomba atómica, al tener que cercenar todo lo que les pueda hacer sombra, ponga en riesgo su ser el poder.

¿Llegará este mensaje al público europeo con los dos montajes comentados? ¿Y a los poderosos que los gobiernan? ¿Y a esos que parecen querer el poder sin saber muy bien para qué nada más que para sí mismos? ¿A esos adictos al poder político, económico, empresarial, social o cultural en lo que lo importante es el cargo que ocupan y no el beneficio social, el impacto de su actividad para el bienestar de la comunidad y que obligan a los que sí lo hacen a defenderse, a meterse en esa competición o retirarse? ¿Sirven los absolutos reyes de Shakespeare y sus hermosos versos para hacérselo ver a sociedades democráticas o más bien las educan para que se acostumbren a que así es el poder y lo acepten y toleren como es, incluso, hasta que lo voten, mientras se beben y se divierten en esa rave continua a la que ponen música las radiofórmulas?

Dicen que el arte, incluido el teatral, está para hacerse preguntas. ¿Ha llegado el momento de que deje de hacerse preguntas retóricas, de salón, como parecen ser estos dos montajes, y plantee respuestas?