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13/10/2019 09:13 CEST | Actualizado 13/10/2019 15:10 CEST

‘Madre coraje y sus hijos’ vs. ‘Ricardo III’, el paso a dos de Blanca Portillo e Israel Elejalde

Dos montajes que ponen a bailar en Madrid la furia del poder.

Israel Elejalde en Ricardo III y Blanca Portillo en 'Madre coraje y sus hijos'.

El estreno de la semana es sin duda alguna Ricardo III de Shakespeare en versión de Antonio Rojano dirigido por Miguel del Arco y protagonizado por Israel Elejalde en el Pavón Teatro Kamikaze. Coincide en cartelera con Madre Coraje y sus hijos de Bertolt Brecht versionado y dirigido por Ernesto Caballero y protagonizado por Blanca Portillo. Actor y actriz que forman una aparentemente extraña pareja de baile en la que no se hubiera pensado de no haberse juntado en Madrid por esos azares del destino que son las programaciones de un teatro. Dos fuerzas actorales interpretando dos personajes que, en estos montajes, están enfebrecidos y son huracanes humanos que arrasan y arrasarán allá por donde pasen.

Llama la atención que ambos directores hayan tomado la misma decisión de convertir a estos personajes en fuerzas vivas de la naturaleza humana. En el primer caso, Ricardo III, es un saco de podrida ambición desmedida. El juego es tenerlo todo de todos frente al no tener nada de nadie. El entremedias no es una opción. El individuo que reina o que gobierna, o que quiere reinar o gobernar, esquilma a sus semejantes a los que quita, no solo su dinero, sino sus vidas en sentido real o figurado. Ricardo, como ya se ha dicho, lo quiere todo: el trono, las mujeres del rey y sus cortesanos, sus hijos, su dinero, la gloria que en tiempos como estos es mediática o no es gloria.

Madre Coraje también lo quiere todo de los suyos. Los suyos son los parias de la tierra. Los reyes, las reinas y los cortesanos le quedan muy lejos, ni los huele, ni si quiera los imagina. Pero a los muertos de hambre como ella, sí. Los tiene muy presentes, porque se tiene muy presente a sí misma. Serán meros instrumentos para su desmedida ambición. Una ambición de pobres en la que tenerlo todo significa conservar los hijos, los cuatro cachivaches que se tienen y el ruinoso negocio, ese pesado carromato del que tiran de un sitio para otro, que más que darles de comer les quita el hambre sin saciarlos. Y, por supuesto, también significa conservar la vida, que es, en definitiva, lo único propio que realmente tiene. La vida que le dieron, pues la que ella ha dado, como va aprendiendo, pertenece a otros. Una vida, ya sea la física o el modus vivendi, que en un mundo en guerra, como en el que vive ella, es lo único que realmente está en juego. 

Ricardo III es una caricatura del poder. Con los dientes postizos, su mostacho, las posturas de tullido y el micrófono-bastón que le han puesto a Israel Elejalde. Un risible personaje que cae en gracia, a pesar de las burradas que dice y las atrocidades que se le ve ejecutar. Esta descripción ¿no les recuerda a alguien? La madre Coraje de Ernesto Caballero y Blanca Portillo es, sin embargo, una mujer de los tiempos de #MeToo. No es una mujer resignada a los avatares de la vida, la cuerda de su ira es larga, y lo seguirá siendo incluso acabada la función con esa imagen de fuerza y furia con la que ambos han creado la escena final de la obra, por cierto, tan poco habitual y tan sorprendente, se agradece mucho el que te hagan mirar de nuevo, volver a ver, revisar lo aprendido y aceptado.

Por tanto, estamos ante dos revisiones desde el hoy de estos famosos personajes. Dos epítomes culturales del repertorio teatral del siglo XX que también parece que lo van a ser del siglo XXI, al menos de principios de este siglo. El de Del Arco mucho más conservador de lo que aparenta en el sentido de apelar a una realidad aceptable por parte de todos. Ideas y opiniones que circulan y se comparten desde las tascas de izquierdas hasta los yates atracados en clubes privados de derechas. Todo es reconocible, incluso la ironía y el humor que ha introducido y que, de atender al ensayo general al que estaban convocados la prensa y los profesionales, será objeto de crítica porque en el conservadurismo en el que vivimos exige que Ricardo III sea una tragedia. ¿Pero hay algo más irónicamente gracioso que estando perdiendo la vida se pida un caballo para seguir cabalgándola? Que, tal vez, en el colmo de un humor negro, hubiera sido bueno que hubiera acabado con Ricardo III diciendo “Dos caballos, mi reino por un Dos caballos” en vez de ese final canónico y trágico que no ponga en duda que se ha visto un Ricardo III.

La revisión de Caballero y Portillo no es tan graciosa. Tampoco es melodiosa o armónica. La clave la dan esos fantásticos poemas cantados porque obligan al espectador a escucharlos. A preguntarse pero ¿qué dicen? ¿Qué cantan? ¿Para qué? Le piden un esfuerzo, como el resto del montaje. Con ese panel de luces que Paco Azorín ha puesto al fondo del escenario en el que salen datos, noticias, del momento en que sucede la acción, en 1600, que contrasta con las formas, maneras, vestuario y otros elementos escénicos que hay en escena. Esa equilibrada disociación entre imágenes, cosas dichas, música, elementos escénicos que hacen de este montaje una obra coherente y radicalmente contemporánea. Con esa radicalidad del arte actual y, por tanto, minoritario y elitista, que se puede ver en bienales y los museos más a la última. Forma de montarla que tal vez esté condicionado la frialdad o el rechazo que una parte del público muestra por este montaje, aunque casi nadie es inmune a la temperatura de la Portillo en escena, como no se puede ser inmune a la corriente de Israel Elejalde en el Kamikaze.

Si el teatro habla de lo que nos pasa, esto significa que la furia y la rabia andan bailando por las calles de la capital de España.

Por tanto, se pueden disfrutar ahora mismo en Madrid dos montajes de dos clásicos infectados hasta las trancas por la contemporaneidad y de la urgencia que hay en la sociedad. Uno, como Ricardo III, lleno de ideas y opiniones que circulan y se manejan en el mercado sobre el poder, los poderosos junto con noticias de rabiosa actualidad, como ese tóxico Franco en escena que hay que enterrar ya. Otro, como Madre Coraje y sus hijos, lleno de una teatralidad contemporánea, desnuda, que apela a la complejidad de lo mínimo con miles de recursos para contar la batalla diaria de muchas personas a los que los tiempos que corren les exige comprometer su ética, su moral, incluso su conciencia de clase si siguen su impulso, y no les queda otra, que seguir viviendo.

Dos montajes que ponen a bailar en Madrid la furia del poder, con la que está creado el Ricardo III de Israel Elejalde, con la rabia de sus administrados, con la que está creada la Madre Coraje de Blanca Portillo. Si el teatro habla de lo que nos pasa, esto significa que la furia y la rabia andan bailando por las calles de la capital de España. Libres, sin complejos, juntas. Dibujando un cuadro macabro frente al que dan ganas de susurrar gritando “Un Dos Caballos, nuestro reino por un Dos Caballos”, reírse alto y claro, una risa de Joker, y tomar carretera y manta.

 

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