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20/09/2021 07:21 CEST | Actualizado 20/09/2021 12:58 CEST

Madrid estrena la fiesta de la nueva normalidad (sin discotecas ni clientes)

Radiografía de una noche en el centro de Madrid que parecía ser un éxito con la libertad horaria, pero que de momento no soluciona al sector.

Sergi González
La Puerta del Sol se muestra casi vacía en la noche que se han levantado las restricciones horarias.

El reloj de la Puerta del Sol marca las 0:01 horas. Enfrente del edificio de la presidencia de la Comunidad, una plaza casi vacía, en contraste con las oleadas de gente que durante el fin de semana se han concentrado en ese y otros puntos de Madrid, como el macrobotellón de Ciudad Universitaria del viernes. Una patrulla de la Policía Municipal vigila y controla que la gente cumpla con las medidas de seguridad. Comienza la noche madrileña de la nueva normalidad. 

Sin embargo, la felicidad con la que la presidenta de la comunidad, Isabel Díaz Ayuso, anunció la libertad de horario contrasta con la visión de los empresarios y de los clientes. Se mantienen las limitaciones de aforo y sin las pistas de bailes y eso no les resulta rentable. Parece que la fiesta madrileña va a tener que esperar.

“Hay poca gente, esperábamos un poquillo más”, comenta Luis, portero de La Vía Láctea, en Malasaña, mientras con un contador colgado de su cuello controla el aforo del local. Otros domingos y lunes, recuerda, el bar ha estado “hasta arriba”. Pero este no.

La calle Velarde está vacía y solo se ve a un pequeño grupo de fumadores debajo del neón del mítico local de la Movida madrileña. Otras salas importantes de la capital, como Teatro Barceló, sala Sol o la sala BarCo de Malasaña han decidido dejar sus verjas bajadas, de momento. La resaca del fin de semana, el hecho de ser domingo y las quejas del sector, son algunas de las razones por las que el regreso del ocio nocturno no fuera el esperado.

Confían en que el próximo fin de semana y con la llegada de los universitarios la situación mejore un poco. Aunque el cambio más radical será cuando permitan bailar y, eso Luis, no lo espera hasta finales de año y dependiendo de la evolución de la pandemia.

Mientras tanto, los jóvenes buscan alternativas. Unas calles más adelante se escucha música y varios cantan y beben la cerveza que le han comprado a un “latero” mientras vigilan que no venga la policía y les multe. Al lado, un grupo de amigas sale a fumar de otro bar y entienden que se beba en la calle porque “ir siempre a un bar no es asequible” para su poder adquisitivo.

Sergi González
Un grupo de jóvenes que estaba de fiesta reconoce que "se les ha abandonado y nos han culpado" en muchas ocasiones.

Una de ellas, Cristina, reconoce que no le gusta estar en un botellón ilegal y que se siente intranquila. Sin embargo, también recuerda que “han tenido que reprimirse muchísimo” durante un año y pico. Hablan entre ellas y todas coinciden en que se sienten señaladas por la sociedad. “Creo que todo el mundo puede entender cómo nos sentimos, pero la gente juzga; todo el mundo ha tenido esta edad”, comenta Lula.

Al otro lado de la calle Fuencarral, en Chueca, se percibe más movimiento. Un repartidor de flyers explica que es porque hay más discotecas que en la zona de Malasaña. En una de ellas, Jesús toma la temperatura a una pareja después de que desde dentro, a través de un walkie talkie, le dieron el permiso para dejarles entrar.

Otros tres jóvenes hacen cola para entrar, pero Jesús reconoce que “no se ha notado más gente con el cambio”. Aunque pueden abrir hasta las seis, ellos han decidido cerrar una hora antes y añade que “estar ahí es un marrón”.

“Es como si abres un restaurante y no dejas que sirva comida”, compara. Siente que el cambio de restricciones confunde a clientes y a empleados del sector y añade que hay que empezar a actuar “con sentido común”.

“No podemos decir sí pero no. O se puede o no se puede. Hay que empezar a asumir riesgos, todos tenemos que empezar a vivir ya”, reclama.

Policías de la noche

La pandemia no solo afecta a la economía del sector, también a la salud de sus empleados. Un camarero reconoce que ha tenido pesadillas por tener que ser como un policía dentro del bar. “Antes era un trabajo divertido, conocías a gente, bailabas y ahora lo único que haces es cortar el rollo, echar la bronca. Es muy estresante, la salud mental yo creo de casi todos los camareros de ocio nocturno se está yendo a la mierda”, confiesa.

En su caso, la ampliación de horario solo le afecta media hora más por la licencia de pub. No obstante, reconoce que “se hará algo más de dinero” pero que “no les soluciona la vida”.

No es la vuelta a la libertad y a la normalidad de antes por mucho que lo vendan como tal.Camarero de Malasaña

Al lado, dos clientas suyas, critican el abuso que se le ha hecho al sector de la noche durante la pandemia y bromean con que parece que el covid sale “a partir de las 12”.

“Hacer cerrar a comercios no está justificado”, dice M.L., una de ellas mientras se fuma un cigarro en la calle.

De vuelta a Sol, las calles continúan más vacías que hace unas horas. Por el camino, en la zona de Huertas, los repartidores de flyers continúan buscando unos clientes que cuesta que aparezcan. Ni el gancho de las seis de la mañana parece funcionar este domingo. El próximo fin de semana mostrará una radiografía más precisa de cómo está el ocio nocturno en Madrid.

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