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11/05/2020 11:13 CEST | Actualizado 11/05/2020 11:13 CEST

Manual de uso para vestir santos

No hay nada equivocado por el hecho de tomar una decisión en contra de lo que la mayoría asume que es lo normal.

d3sign via Getty Images

El día en que cumplí veinte años, una de mis tías mayores me obsequió una pequeña cesta de mimbre con botitas de bebé tejidas, una manta y un oso que habían pertenecido a mi prima mayor. Miré el inesperado obsequio sin saber qué decir o qué hacer.

 — ¿Y qué hago con esto? — le pregunté. Ella me acarició la mejilla por ternura.

 — En unos años los vas a necesitar.

Cerré la pequeña cestita, le coloqué el lazo de papel donde lo había encontrado y le extendí a mi tía el obsequio. Me miró entre desconcertada e irritada.

 — No creo que los utilice nunca — dije.
 — Eso lo dices ahora.
 — Y es tan válido como si lo dijera después. No quiero hijos.

Mi tía tomó la cesta de mimbre, muy ofendida. La vi cuchichear con una de mis primas — casada y madre de dos — y con otra de mis tías ,  divorciada y madre de cinco, dos de ellos adolescentes insoportables. Todas me dedicaron una mirada entre sorprendida y luego compasiva. Me refugié en mi copa de vino, que bebí a sorbitos, intentando pasar el mal trago de la conversación.

Mi mamá se sentó a mi lado un rato después. Suspiró y miro al grupito de parientes que parecían divertirse mucho más que yo en la pequeña fiesta de mi cumpleaños. Me pasó un brazo por los hombros.

 — ¿Fue muy difícil? — me preguntó. No disimulé mi malestar y malhumor.
 — Me sentí como una idiota, como una malcriada. Como si tener una opinión sobre la maternidad fuera impensable. No entienden que no la considero en mis opciones y que de hecho, la idea me parece francamente desagradable.

Lamenté de inmediato haber dicho aquello: me pregunté si mi mamá se sentiría ofendida por mis palabras o lo que era peor, creería se trataba de algún tipo de crítica o ataque contra ella. Ni uno ni otro. Mi mamá me dedicó una de sus sonrisas un poco maliciosas.

 — Recuerda que hace veinte o treinta años, la maternidad no era una opción. Era un deber inexcusable. Desde que eras una niña, te recordaban que tarde o temprano, serías madre. Te gustara o no la idea, te pareciera apetecible o no, tendrías hijos, porque eso era lo que se esperaba de ti, a pesar de cualquier idea que tuvieras al contrario. No era tan sencillo elegir.

Mi vida avanzó en varias direcciones distintas, pero la supuesta necesidad espontánea, irresistible e imparable de tener hijos, nunca llegó.

La idea me produjo escalofríos. Me pregunté como podría haber afrontado una imposición semejante. Me imaginé como sería no tener la opción de decidir si deseaba o no ser madre. De hecho, aún la presión existía: persistente, ambigua y rutinaria, pero lo que describía mi mamá era un tipo de visión sobre lo femenino que me produjo escalofríos. La miré entre preocupada e inquieta.

 — ¿Tu querías tener hijos? — en realidad la pregunta que deseaba hacerle era ”¿querías tenerme?”, pero no me atrevía a decirlo en voz alta. Me inquietó — y me angustió — el pensamiento que mi mamá no tuviera otra posibilidad que concebir y convertirse en madre, a pesar de cualquier postura en contra, incluso de su misma opinión sobre el asunto. Mi mamá se echó a reír y tuve la impresión que había comprendido bastante bien lo que había querido decir en primer lugar.

 — Por supuesto que sí. Me hizo feliz embarazarme — me respondió — fue mi decisión y convertirme en madre me hizo feliz. Pero de haber querido escoger, probablemente no habría podido hacerlo. Se trata que la maternidad, para la sociedad latinoamericana es un requisito, una necesidad y una obligación. Y aún lo es, en cierta medida. En una forma mucho más sutil, la presión continúa existiendo. Es parte de nuestra cultura. De una manera casi imperceptible, pero lo es.

No supe qué responder. Que yo recordara, jamás había deseado ser madre. Desde niña, había soñado con ser escritora, fotógrafa, bombero. Había imaginado de cien manera distintas mi vida a futuro y ninguna de esas imágenes incluía un bebé. Mis amigas del colegio solían insistir que eso era “rarísimo” y en una oportunidad una de las monjas bigotonas del colegio donde me eduqué me explicó pacientemente que “ya se me pasaría la indiferencia ante la obra del Altísimo”. Yo acepté los comentarios con cierto tono festivo y continué imáginandome cámara o pluma en mano, subiéndome en aviones que me llevarían a recorrer el mundo. Nunca junto a una cuna mirando a un bebé rollizo dormir.

En la adolescencia, decidí callarme mis opiniones sobre el tema. Escuchaba a mis amigas imaginar sus futuros niños y yo trataba de hacer lo mismo, pero no lo lograba. Tenía una idea nebulosa y bastante imprecisa que quizás, en alguna oportunidad, sentiría el mismo impulso. Que probablemente varios años más adelantes, también sentiría esa ternura inmediata ante un bebé y comenzaría a pensar en los propios. Esa idea me reconfortaba. Ya por entonces, la idea de no querer hijos me hacía sentir extrañamente radical aunque no supiera por qué. Era una línea que parecía separarme de una idea común y sin duda elemental que todas las mujeres tenían en común. En más de una ocasión, me angustié preguntándome si había algo mal en mi, si realmente algo no funcionaba de la manera correcta en mi cuerpo o en mi mente. Porque la realidad era, que no sentía el mínimo impulso maternal. Ni el más pequeño atisbo de deseo de engendrar un bebé o criar uno. Supuse que todos tenían razón: se trataba de una etapa pasajera. Aún era muy joven para tomarme en serio cualquier cosa.

Pero de adulta, no cambié de opinión ni tampoco, me sentí mejor. Y llegué a entender que no necesitaba consolar ningún sentimiento de culpa relacionado con el hecho de no ser maternal, ni desear serlo. Eso, a pesar de conocer el temor general de lo que podía ocurrir de no “sentar cabeza”. De la “quedada” a la “que vestía Santos” el futuro para la mujer que no quería ser madre parecía lo bastante deprimente como para reconsiderar la idea. La maternidad — el esfuerzo, la abnegación — parecían incluir además el beneficio de asegurarte una vida de amor y cuidados de hijos amorosos. No todo era tan bienintencionado, pensé con cierto sobresalto. Una de mis amigas se extrañó de mis escrúpulos “moralistas”.

 — Es parte del ciclo de la vida: las madres cuidan a los hijos y los hijos a las madres. En todo caso, tener hijos asegura que tu vejez no será una pesadilla.

Pensé en todos los casos que conocía de padres y madres que terminaban en una institución geriátrica a pesar de haber criado, educado y cuidado a una numerosa parentela. Me pregunté si ella era consciente de lo medieval y, en cierto modo, egoísta de su planteamiento.

 — Hablas como si fuera terrible aspirar a que tus hijos se ocupen de ti cuando seas una anciana — me recriminó — escucha, la vida no es tan complicada. Goza tu juventud y disfruta después de ser mujer. El gusto por la maternidad nace solo. Así debe ser.

Y ese deber ser, incluía desde luego, a la mujer en la que se esperaba, te convertirías. Ya lo había visto en mi familia, en la vida de mis amigas más cercanas: el matrimonio era una necesidad que se manifestaba bien pronto y la maternidad, una celebración a un tipo de felicidad muy definida que yo no comprendía muy bien. Pero en mi caso, nunca calcé en el mecanismo que me impulsaba hacia esa necesidad no resuelta de una familia futura. Las relaciones en mi vida comenzaron y terminaron, mi vida avanzó en varias direcciones distintas, pero la supuesta necesidad espontánea, irresistible e imparable de tener hijos, nunca llegó. 

No hay nada equivocado por el hecho de tomar una decisión en contra de lo que la mayoría asume que es lo normal.

Cuando cumplí treinta años, no hubo fiesta doméstica ni celebración familiar. Sólo una sobria cena con mis amigas más cercanas y mi madre. Nadie comentó el espinoso tema del matrimonio o de los hijos: todos parecían muy conscientes que lo que habían considerado uno de mis “caprichos bohemios” era algo más concluyente y definitivo. De manera que la velada transcurrió entre preguntas sobre mi vida profesional, mis planes futuros, la inevitable discusión política, hasta que mi tía — sí, la misma de la cesta de mimbre — decidió que era suficiente de fingir indiferencia y apuntó directo al tema que nadie quería tocar.

 — Entonces de verdad no piensas casarte.

Silencio. Ninguno de los invitados la miró, ni tampoco a mí, por lo que supuse que alguno se había preguntado lo mismo. El momento se hizo tenso, interminable. Mi mamá parecía ligeramente abatida y preocupada, como si quisiera protegerme de la incomodidad pero no supiera cómo hacerlo. Me encogí de hombros, tomé un sorbo de vino y sonreí.

 — No, no lo haré. Me quedaré para vestir santos.
 — Allá tú que quieres sufrir la soledad — insistió mi tía — en unos años te vas a arrepentir.

No respondí de inmediato. Pensé en mis planes futuros de una tercera licenciatura, de dedicarme a escribir de manera profesional, de viajar por el mundo en plan bohemio y nómada. Incluso el plan a largo plazo de establecerme en mi ciudad favorita y comenzar allí la vida como la había planeado: una madurez tranquila, rodeada de cultura y arte. ¿Me arrepentiría acaso? ¿Realmente habría un momento en que miraría atrás y lamentaría haber renunciado a tantas cosas? No lo sabía. O quizás sí, pero me parecía que una respuesta tan terminante era innecesaria, incluso, directamente sin sentido.

Supongo que siempre será así. Siempre habrá quien me critique, quien me juzgue, incluso quien me compadezca. Y eso está bien, eso es inevitable. No obstante, en medio de esa lucha discreta, aprendí que esta bien mi forma de mirar el mundo, que no hay nada equivocado por el hecho de tomar una decisión en contra de lo que la mayoría asume que es lo normal. Quizás dentro de algunas décadas me arrepienta o quién sabe, termine por convencerme que fue la mejor decisión que pude tomar. Cual sea el caso, será mi forma de ver el mundo, mi deseo expreso de libertad.