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13/04/2019 11:36 CEST | Actualizado 13/04/2019 11:36 CEST

Marbel Sandoval Ordóñez y ‘Las Brisas’ como metáfora de la violencia y los sueños de Colombia

La periodista y escritora colombiana Marbel Sandoval Ordóñez. / Fotografía de Lisbeth Salas.

Por Marbel Sandoval Ordóñez

La historia de violencia de Colombia a través de las voces de las mujeres en el ciclo literario Conjuro contra el olvido, de Marbel Sandoval Ordóñez, se cierra con Las Brisas (Punto de Vista Editores). Después de En el brazo del río y Joaquina Centeno, la tercera novela de la escritora colombiana centra su relato en la conversación de dos mujeres, pero sobre todo de una de ellas, de Rosa, que evoca su historia familiar vertebrada a partir de la vida de su madre. Se llama Elvira, una mujer del campo acompañada por la muerte a su alrededor que bien puede representar a la propia Colombia. Un país, o mejor, una mujer amada y deseada por los hombres, pero ella misma creída indefensa e incapaz para afrontar sola la vida y por eso los acepta y los busca. Vive con ellos y con ellos tiene hijos, hombres y mujeres, que con el tiempo toman diferentes derroteros mientras intenta no derrumbarse y reinventarse tras cada marido asesinado, muerto o fugado.

Marbel Sandoval Ordóñez y ‘Las Brisas’ como metáfora de la violencia y los sueños deWMagazín publica en exclusiva un pasaje de Las Brisas, nombre de la finca donde transcurre la historia. Una oportunidad de escuchar a Rosa, de ver y sentir a través de sus palabras el dolor, la esperanza y la resignación ante el pasado y ante un presente y futuro que le da la espalda. Pero aun así esas mismas palabras sombrías están engendradas de la belleza del paisaje, de la gente y de los sueños que crean un fresco del corazón de la Colombia real, porque la historia viene desde el campo, y metafórico, porque es lo que esos hechos representan. No en vano, Rosa cuenta desde Bogotá, la urbe y el espejismo soñado. Allí vive en la periferia donde la tiraron sus sueños junto a los de muchos otros expulsados como ella de otros paraísos saqueados por la locura violenta y el cainismo.

Las Brisas deja grabadas varias imágenes poderosas y simbólicas, oportunas en estos tiempos que atraviesa Colombia, aquí tres: el asesinato de la abuela inocente encontrada al borde de una quebrada como si fuera a beber agua; el asesinato de uno de los maridos de Elvira y padre de Rosa que tenía un caballo blanco con el mismo nombre que le había puesto al suyo el libertador Simón Bolívar; y el pensamiento fugaz del padre violento cuando quiere compensar el pavor que le tienen sus hijos pequeños.

Marbel Sandoval Ordóñez participará en la Feria Internacional del Libro de Bogotá (del 25 de abril al 6 de mayo) que este año tiene como país inivtado a Colombia con motivo del bicentenario de la independencia (presentará la novela el lunes 29 de abril).

Ahora, entren en Las Brisas:

 

 ‘Las Brisas’

Por Marbel Sandoval Ordóñez

Para mamá la muerte de la abuela Pastora y de Don Virgilio al mismo tiempo fue como si el mundo se le hubiera desplomado de un momento a otro. Ahí fue donde se curó de todos los espantos y cuando aprendió a fumar; por eso siempre llevaba el cigarrillo entre los labios y nada la hacía correr, ni siquiera papá cuando llegaba borracho y echando plomo.

Ese viernes fue para ella como uno de esos viernes de pasión en la semana santa cuando todo se oscurece y los altares los cubren con trapos morados.

Tan pronto vieron el cadáver del finado Virgilio, Araminto salió al galope. Pasó casi de largo por la casa de Carmelo donde alcanzó a gritarle que habían matado a Don Virgilio y siguió derecho para el pueblo a avisarle a las autoridades y a poner un marconi a la familia del patrón.

La llegada del inspector con la policía a la casa grande les produjo más miedo que tranquilidad porque cómo no pensar que ellos mismos podían estar al tanto del mandado que le habían hecho al patrón. ¡Si eso se sabía! Los unos mataban a los otros, y muchas veces ni siquiera era por el color del trapo que seguían sino por la tierra que querían.

En todo caso había que cumplir por la dignidad del finado, porque si hubiera sido solo la abuela Pastora la muerta, con enterrarla y llorarla hubiera bastado, para qué avisar, si tampoco iban a hacer nada.

Mamá recordaba que no pasó bocado en todo el día. Ni siquiera agua porque pensaba todo el tiempo en la sed que sintió la abuela Pastora y que no alcanzó a calmar aunque llegó a la quebrada, pero debió morirse antes de beber. La mujer de Araminto se hizo cargo de Celia, mientras mamá avisaba a sus hermanos.

Luego de que llegó el inspector y dio permiso, a la abuela la pusieron en un tablón, con cuatro velas en las esquinas, en la casa del mayordomo, mientras traían el cajón desde el pueblo. Por Don Virgilio llegó después del medio día un hermano. Con él venía el ataúd.

Esta vez las dos mulas de carga que le mandaban a la casa de Carmelo para traer las encomiendas lo tuvieron que llevar a él, porque pusieron una adelante y otra atrás y el cajón en la mitad, en andas que se dice. Un peón se fue a pie detrás, todo el tiempo, vigilando que las mulas llevaran un buen paso y no fueran a detenerse y a dejar caer la caja con el finado adentro. El jeep sirvió para que lo sacaran, pero esta vez con los pies para adelante.

El cajón de la abuela llegó al anochecer, después de que ya se habían llevado al finado. Es que tuvieron que esperar a que la flota de la tarde lo dejara en la casa de Carmelo y desde allí lo mandaron en una de las mulas que había servido para cargar el cuerpo de Don Virgilio.

La noche, decía mamá, fue bien distinta a la del día anterior cuando ella mecía a Celia mientras Don Virgilio atendía la visita. Llegaron los hermanos de mamá y los vecinos, y aunque hablaban, ella los sentía murmurar lejos, como en otro mundo. Es que se había quedado sin mamá y sin marido de una sola vez.

Al día siguiente, bien temprano, antes de que los cogiera el sol, y la abuela empezara a oler mal, se pusieron en camino para el cementerio. En el pueblo no había cura, así que abrieron un hueco en la tierra anaranjada, y metieron allí a la abuela Pastora. Mi mamá se santiguó cuando la dejaron.

  • Las Brisas. Marbel Sandoval Ordóñez (Punto de Vsita Editores).
  • Puedes leer en este enlace la entrevista de WMagazín a Marbel Sandoval Ordóñez por su novela Joaquina Centeno (Sílaba Editores).
  • Sandoval Ordóñez tiene el blog Pase la voz que puedes ver si pinchas AQUÍ.

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