Más vale reír que llorar

La sonrisa es uno de los canales más usados por los seres humanos para expresar los sentimientos, a pesar de que sea una excepcionalidad en la historia del arte.
Más vale reír que llorar.
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Más vale reír que llorar.

Por culpa de las mascarillas hemos tenido que agudizar el ingenio para interpretar lo que se esconde detrás de ellas, y es que nuestro rostro ha quedado desdibujado, limitado a la frente y a los ojos.

Más allá de la estética, lo que perdemos con el uso de las mascarillas es nuestra capacidad de comunicación y, sobre todo, un gesto universal y que nos identifica como humanos: la sonrisa. El año 2020 pasará a la historia de nuestra biografía personal como el año en el que la mascarilla nos borró la sonrisa.

La sonrisa es nuestra mejor tarjeta de visita, con ella expresamos franqueza, satisfacción, resignación, hipocresía o, simplemente, ternura.

La sonrisa del profeta Daniel

En contra de lo que pudiéramos pensar a priori la sonrisa no abunda en las obras de arte. Basta con realizar un pequeño estudio de campo en los museos de nuestras ciudades para chequear que las sonrisas brillan por su ausencia. Algunos estudiosos han explicado este hecho porque durante siglos la falta de higiene bucal hacía mella en las dentaduras y sería poco decoroso mostrar bocas desdentadas y piezas dentarias negras.

Quizás por ello los turistas que se acercan al Pórtico de la Gloria, en la catedral compostelana, se quedan embriagados ante la sonrisa del profeta Daniel —llamado Danieliño por los gallegos—, que aparece en las jambas del lado norte.

Es cierto que no es la única escultura que sonríe en el pórtico, pero lo hace de una forma diferente. En nada se parece a la sonrisa de San Juan o la de los demonios, de las jambas del lado sur.

La imaginación popular, tan dada a crear historias, dice que el profeta se ríe malicioso al contemplar a la mujer que tiene enfrente de él, a la reina Esther o la reina de Saba. El maestro Mateo la inmortalizó azorada y un tanto avergonzada, con un vestido ceñido y con una “delantera” portentosa. Era tan exuberante que el arzobispo mandó adelgazarla, en aras de los “buenos principios”. A los gallegos aquella orden les pareció desafortunada y en reprimenda los labriegos empezaron a fabricar quesos en forma de “tetilla” —los famosos Queixos de Tetilla—, en base a un queso que ya por entonces era muy famoso.

Otros, los más prudentes, prefieren pensar que la risa del profeta es beatífica, que contrapone su estado al del lastimero Jeremías, próximo a Daniel, porque sabe que el Salvador vendrá a liberarnos.

En cualquier caso, da igual, no es necesario justificar la sonrisa, ni tampoco hay que demorarla, a pesar de que nuestro refranero nos diga que el que ríe el último ríe mejor. Y es que al reír liberamos tres compuestos químicos —endorfina, serotonina y dopamina—, que influyen positivamente en nuestra salud emocional.

Un invento griego: la sonrisa arcaica

La historiografía ha denominado como “sonrisa arcaica” o eginética a un rasgo estilístico característico de la escultura arciaca. Aparece en los kouroi (figuras masculinas) y korai (figuras femeninas), dándonos a entender que aquello pertenece a alguien vivo y, además, cargado de felicidad. Algunos especialistas también defienden que, quizás, fuese un deseo del artista de complacer a los dioses, esos seres omnipresentes que formaban parte activa de la sociedad griega.

Su aparición no es un acontecimiento banal en la historia del arte, ya que supuso la primera aproximación a la representación de la musculatura facial en movimiento dentro de la escultura helénica. A pesar de todo, el gesto es incompleto, la cara sigue siendo inexpresiva y las comisuras bucales se nos antojan inmóviles configurando, todo ello, un rictus forzado y un tanto artificial.

Los primeros ejemplos de este tipo de sonrisa se han encontrado en la Grecia continental, en algunos puntos de Asia Menor y en las islas del mar Egeo, en una datación cronológica amplia, entre los años 600-480 a.C.

A pesar de que la sonrisa arcaica sea interpretada como un rasgo distintivo del arte griego, también dejó su impronta en el arte etrusco como, por ejemplo, en el conocido “Sarcófago de los esposos” y en el “Sarcófago de Cerveteri”. En ambos casos se tratan de representaciones artísticas ligadas al culto funerario. Otra vez nos encontramos con el maridaje sonrisa y más allá.

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