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09/09/2020 20:14 CEST | Actualizado 09/09/2020 22:04 CEST

Mascarillas por prescripción facultativa en el Congreso

Durante estos meses, los diputados han sacrificado la ejemplaridad para que se les viera la gestualidad en el telediario.

CONGRESO
Mascarillas para todos a partir de ahora en el Congreso

Toda España obligada por decreto a llevar mascarilla y sus señorías pasándose por el forro la norma dentro del hemiciclo. Hasta ahora. Nada menos que casi cuatro meses han tardado los diputados en aceptar la orden de obligatoriedad del uso de mascarillas que publicó el BOE el 20 de mayo. Han sacrificado la ejemplaridad para que se les viera la gestualidad —indignación o ironía, entre un amplio catálogo— en el telediario. Sin embargo, el equipo médico del Congreso acaba de meterles en cintura. Ya era hora.

“Teniendo en cuenta la configuración del hemiciclo, el gabinete médico recomienda que los diputados hagan uso de la mascarilla cuando intervengan desde los escaños, especialmente cuando, por su ubicación, no puedan mantener la distancia mínima de 1,5 metros y dado que además tales intervenciones son habitualmente breves”. Solo se permite hablar sin mascarilla desde la tribuna, pero no desde el escaño.

Se acaban así las dramatizaciones a las que nos tienen acostumbrados y a esas caras de perro cuando se contestan con agresividad desde sus sillones rojos o azules de los escaños. Ya solo les queda bajar el micro ofendidos con el ímpetu del que pega un portazo. Y lanzar mensajes a través de las mascarillas, claro, que se van a convertir en las nuevas camisetas reivindicativas. Les ha costado renunciar al lenguaje no verbal, ese que se entiende a través de la pantalla aunque tengas quitado el sonido.

Desde que regresaron al hemiciclo, se han estado insultando —con sus correspondientes millones de gotitas de mala baba que se lanzan— sin tener en cuenta que la ciudadanía se mira en ellos y que no se debe transmitir la idea de que existe un doble rasero. De poco ha servido que aplaudieran como heroínas a Valentina Cepeda, Catalina Guille y Pilar Gil, del servicio de limpieza del Congreso que en los momentos punta de la pandemia, aquellos terribles días de marzo, dejaban inmaculado el micro y el atril de la tribuna tras las comparecencias de sus señorías, que por supuesto no llevaban mascarillas. A pesar de que entre el personal de algunos grupos parlamentarios el covid había hecho mella.

Y no será porque la presidenta de la Cámara, Meritxell Batet, no lo haya recomendado en cada pleno, pero ni los de su propio partido hacían caso. Los comentarios entre los funcionarios que tenían que compartir espacio en el hemiciclo han sido de preocupación. A nadie le pasaba por alto que mientras en la calle se imponían multas, en los escaños se estaba incumpliendo la orden.

En mayo, fue Ciudadanos quién exigió que los diputados llevaran las mascarillas no solo cuando entraban por los pasillos, el momento guay en que las cámaras les recogen, sino también en el escaño. En julio, se empezaba a atisbar con timidez el potencial de las mascarillas como elemento identificativo —“dime que mascarilla usas y te diré que político eres—, pero seguían sin usarla hasta que el servicio médico de la Cámara envió ayer la petición a la Mesa de Congreso y no tuvieron más remedio que aprobarla, “por pura vergüenza”.

A partir de ahora, los diputados tendrán que recurrir a elevar el tono de voz y a hacer aspavientos con los brazos y las manos para suplir los rictus y expresiones faciales. Será como cuando tratas de hacerte entender en un país donde desconoces el idioma. Algunos hasta nos recordarán a Charlie Chaplin.

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