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15/05/2019 07:27 CEST | Actualizado 15/05/2019 07:27 CEST

Por qué me alegra no haber encontrado el amor hasta los 40

Jenny Stallard

Decir que estuve soltera durante 17 años suena melodramático, pero es la verdad. Desde el final de mi relación con un novio de la universidad en 1999, aparte de tres meses de rollo y un par de años intentando ligar con un tío que pensaba que sería el Elegido, he estado soltera, sin ninguna relación formal hasta septiembre de 2016, cuando conocí a mi pareja actual.

Eso quiere decir que he estado soltera durante casi toda mi época de veinteañera y de treintañera. Como veinteañera, no me importaba demasiado estar soltera. Vivía con la constante confianza de que acabaría conociendo a alguien y me pasaba el tiempo trabajando en revistas para mujeres y pasándomelo bien. Trabajar en estos medios de comunicación tenía mucho que ver con ir a fiestas y recibir muestras gratuitas de nuevos productos. Mis amigos y yo íbamos de una fiesta de inauguración a otra, compartíamos piso e incluso incluimos la maratón de Londres en nuestras ajetreadas y felices vidas.

Sin embargo, mis amigos, uno tras otro, empezaron a emparejarse y algo echó raíces en mi interior. Era una sensación de que me estaba quedando atrás. Conforme se acercaban los 30 y me preparaba para otra boda a la que iría sin acompañante, empecé a pensar que quizás nunca conocería a alguien.

No iba mal de amigos que se preocupaban por mí, amigos con los que ir de vacaciones, a esquiar o a cenar, pero las noches de fiesta y las reuniones de los domingos para tomar vino empezaron a desaparecer a medida que llegaban los bebés y las hipotecas.

Una amiga me dijo: “Prefiero estar sola que mal acompañada”. En el fondo, yo ansiaba cualquier compañía.

Estando soltera, me sentía estigmatizada, una fracasada. Entretenía a mis amigos contándoles mis desventuras amorosas, pero cuando acababa la quedada, me echaba a llorar, desesperada por el futuro vacío y solitario que se abría ante mí. 

Las noches de fiesta empezaron a desaparecer a medida que llegaban los bebés y las hipotecas.

Echando la vista atrás, me alegro de haber estado soltera como treintañera. Aprendí mucho (sobre cómo superar las rupturas del corazón o sobre cómo viajar sola), pasé tres meses en Sudamérica y me compré mi propia casa de soltera.

Por mucho que me preocupara por entonces, no tenía ni idea de qué tenía que hacer en la vida. Sí, tenía un buen trabajo, unos amigos estupendos y mi propio piso, pero, ¿por qué no compartía la hipoteca?

Ansiaba pareja y compromiso. Vulnerable e ilusionada, pasaba tiempo con hombres que ahora sé (y antes, en el fondo, también) que no eran adecuados para mí. Uno con el que estuve saliendo durante casi dos años me llamaba o quedaba conmigo de forma esporádica, haciéndome sentir como una princesa antes de desaparecer.

Tenía citas continuamente (a veces dos o tres semanales). Utilizaba diferentes aplicaciones para ligar, iba a citas a ciegas, probaba las citas rápidas y todo eso. Cada cita era una prueba para el hombre: ¿sería él mi “salvador”?

Tenía citas con hombres con los que ya sabía de antemano que probablemente no encajaríamos (montañeros a los que no les gusta ver la tele, mientras que yo soy más bien corredora ocasional y aficionada a las telenovelas) porque pensaba que no podía parar por si acaso me encontraba el amor por sorpresa.

Todos los que empezaban o consolidaban una relación a mi alrededor me provocaban una extraña sensación de envidia y rabia.

Estar soltera me consumía por dentro como un enorme tumor, lleno de ira y rencor por haber “fracasado” en los objetivos más importantes de la vida.

Todos los que empezaban o consolidaban una relación a mi alrededor me provocaban una extraña sensación de envidia y rabia.

Cuando una amiga mía conoció a un hombre poco después de separarse, me cabreé y le solté una bronca por haberse colado en la “fila de los solteros”. Ahora me avergüenzo de haber actuado así, pero esa amargura me consumía entera. Me costaba ser comprensiva cuando mis amigas tenían problemas con su marido o su novio (me parecía que eran afortunados por poder tener esos problemas). Incluso dejé Facebook durante un año porque no era capaz de darle a “Me gusta” a ninguna publicación sobre bodas o bebés. No es que quisiera bebés, pero sí que quería a una persona con la que compartir mi vida.

En abril de 2015, cuando tenía 37 años, tomé la decisión de ir a terapia para aprender a gestionar estas emociones.

Asistí a un taller de un día para aprender a manejar mejor las citas y la terapeuta que impartía el taller me sorprendió porque realmente sabía de lo que hablaba. Me acerqué para hablar con ella y saber si estaría dispuesta a aceptarme como clienta y, tras una consulta inicial, aceptó trabajar conmigo.

Esperaba que la terapia fuera una solución rápida. Pensaba que serían de cuatro a seis sesiones hablando de mis sentimientos y que después empezaría a sentirme más optimista de repente para centrarme en otros aspectos de mi vida.

Evidentemente, quienes han ido a terapia saben que no es así. Lo único que lograba decir durante las primeras sesiones era: “Estoy enfadada”. A menudo lo decía entre lágrimas. Mi negatividad era tan intensa que no me extraña que los hombres se echaran para atrás cuando me conocían. 

Hubo una sesión en particular en la que la terapeuta me dijo algo que ninguno de mis amigos me habría dicho jamás: era posible que nunca conociera a nadie, que quizás sentar la cabeza nunca fuera mi “camino”. Fue un punto de inflexión clave.

Volví esa noche a casa y me puse a chillar por la ansiedad que me había producido esa idea. Y luego llegó la paz. En cuanto acepté que igual iba a estar siempre soltera, empecé a vivir más para mí misma. Parte de esos planes consistieron en reformar la cocina. La obra estaba ya medio terminada cuando conocí a mi actual novio.

Por fin había un hombre que quería estar conmigo y estaba preparado para decirlo. Uno que no tenía intención de marear la perdiz.

Recuerdo que fui a la primera cita sintiéndome ligera de espíritu. Tenía un proyecto en marcha y esa cita era una distracción divertida. Por fin no iba pensando que era el todo por el todo. Y claro, como suele pasar, encajamos.

En la tercera cita, me dijo: “Quiero que estemos juntos”. Fueron unas palabras poderosas. Después de tantas experiencias de tíos que desaparecían y de navegar a lo loco por distintas aplicaciones para ligar, por fin había un hombre que quería estar conmigo y estaba preparado para decirlo. Uno que no tenía intención de marear la perdiz ni de tomárselo como un juego y que quería conocer a mis amigos y hacer planes.

Yo también quería que estuviéramos juntos y sabía que estaba preparada porque había resuelto mis problemas en terapia. Nos dijimos “te quiero” por primera vez a los tres meses y aún recuerdo que se me puso la piel de gallina.  La espera había merecido la pena. Ahora, esa cocina reluciente recién reformada tiene otro dueño, ya que vendí el piso y nos mudamos juntos.

Ahora que me he establecido con mi pareja, puedo decir con honestidad que no me arrepiento de haber pasado unos años de soledad e incertidumbre. Me alegro de haber “sufrido” durante mis años de “desamor”. Fue una etapa dolorosa, pero me hizo trabajar más en mí misma para descubrir quién soy y qué tenía que hacer en la vida. Si nos hubiéramos conocido antes, habría recurrido a él para ayudarme a sentirme mejor conmigo misma y no estoy segura de que hubiéramos aguantado juntos con mi rabia y mis autocríticas como compañeras de viaje.

Me gusta ver programas de citas como First Dates y sonrío cuando los veinteañeros se quejan de llevar “tanto tiempo” solteros. Sé que no podemos cambiar los sentimientos de nadie, pero me encantaría convencerles para que tuvieran paciencia y supieran que el “vivieron felices y comieron perdices” puede llegar en cualquier momento, aunque tengan que esperar un tiempo.

 

Este post fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.