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Me encanta 'el vestido de Zara', pero desde que se burlaron de mí me niego a ponérmelo

Zara diseñó un vestido que le iba bien prácticamente a todo el mundo y eso es algo que habría que celebrar, no un motivo de burla.

El vestido de Zara no necesita ninguna presentación.

Todo el mundo lo conoce. Probablemente lo tenga tu abuela, lo han llevado la mayoría de tus amigas una vez como mínimo, la señora que pasea a los perros se lo puso el otro día y la camarera del restaurante al que fuiste anoche también lo llevaba.

Todo el mundo lleva ese dichoso vestido y todas acabamos llegando a ese momento de “no me jodas”. El mío llegó un fin de semana soleado cuando daba un paseo por Margate, mi ciudad. Me había puesto El Vestido y visité a una amiga en su tienda. Total, que ella también llevaba El Vestido.

Después, fui a pasear por el Casco Viejo y vi a otras dos personas con El Vestido. Me pasé por la galería de arte Turner Contemporary y conforme subía las escaleras de la entrada, vi El Vestido acercándose hacia mí. La otra mujer y yo nos saludamos con una mirada de “sé cómo te sientes”, y seguimos a lo nuestro, probablemente pensando que esta sería la última vez que saldríamos de casa con El Vestido.

No me considero especialmente influenciable, pero cuando vi a Zoe Sugg (Zoella) en Instagram paseando por un jardín con lo que solo se puede describir como el vestido más perfecto jamás creado, caí presa del marketing.

“Lo que más me llamó la atención de El Vestido es que me quedaba perfecto. Mido 1'73 y uso una 46. Nunca había cabido en una talla de Zara.”

En esa misma sesión de cotillear historias de Instagram, me topé (el juego de palabras es intencionado) con una amiga que llevaba El Vestido. Le pregunté dónde se lo había comprado y dos días después ya estaba yo revoloteando por mi salón con el vestido. Me enamoré nada más probármelo.

A primera vista, lo que más me llamó la atención de El Vestido no es que fuera bonito, ligero y favorecedor, sino que me quedaba perfecto. Mido 1′73 y uso una 46. Nunca había cabido en una talla de Zara. Quien la sigue la consigue, y yo me había probado ropa de Zara una y otra vez. Mis anteriores tropiezos habían terminado conmigo luchando por quitarme un vestido XXL de leopardo por encima de mi cuerpo pegajoso con los brazos por encima de la cabeza y la parte baja del vestido atascada en cada centímetro cuadrado de mi torso estirado mientras yo gruñía: ”¡Sal de mi cuerpo!”.

Otras visitas a los probadores de Zara habían terminado con mi brazo desgarrando las costuras de las mangas y conmigo llorando frente a un espejo con una iluminación de hospital que resaltaba todas las cicatrices y estrías de mi cuerpo blanco como la leche.

Así pues, cuando El Vestido llegó a mi buzón, ya me había leído la política de devoluciones por Internet. No las tenía todas conmigo.

Oh, qué equivocada estaba.

De algún modo, el tejido se presta a servir para las noches frescas y para las tardes más calurosas de verano, me cubre todas las partes de mí que no me gustan sin que parezca un saco y el moteado de negro sobre blanco es bonito sin llegar a ser cursi.

Aunque me gusta considerarme una de las primeras en llevarlo antes de que se pusiera de moda, solo había salido un par de veces de casa con El Vestido antes de empezar a darme cuenta de que lo llevaba mucha gente y, lo que era mucho más irritante, cuando me di cuenta de que había gente que me fotografiaba a mí con él puesto.

Era perfecto para cualquier ocasión, de modo que siempre lo llevaba puesto hasta que pillé a alguien haciéndome una foto de espaldas en un bar. Estaba en la barra pidiendo unas copas y cuando volví a la mesa con las bebidas, mi amiga me dijo que los de la mesa de al lado habían empezado a hacerme fotos mientras se reían. Aturdida, me quedé sin habla. La noche se había estropeado. Me sentí como si estuviera desnuda, expuesta y abandonada a mi suerte, como un animal tratando de vivir en una ruta safari.

Me provoca una extraña sensación saber que unos desconocidos tienen fotos mías en las que no he tenido ningún poder de decisión. Te arrebata todo el derecho a controlar cómo te perciben en las redes sociales, un derecho importante por varias razones. El hecho de que me fotografiaran pidiendo una botella de vino y dos jägerbombs un martes por la noche, por ejemplo, podría haberme metido en problemas en el trabajo.

Lo más cerca que he estado de que un desconocido me tome fotos sin mi permiso es cuando adopté un cachorro de caniche, Pablo, en 2016. De repente, estaba en medio de una lluvia de flashes accidentales y de cámaras apuntando “discretamente” hacia mí en el metro siempre que iba con Pablo. Vivía con miedo a que una de esas fotos acabara en alguna parte de internet, como pasó con el grupo de Facebook Women Who Eat on Tubes (Mujeres que comen en el metro) que se hizo popular en 2014.

Ponerme El Vestido se convirtió en una experiencia que me producía ansiedad. Me hizo sentirme como si fuera cuestión de tiempo que acabara en Hot 4 The Spot, una cuenta de Instagram que afirma ser “un lugar seguro para El Vestido”. Esta cuenta es cualquier cosa menos un lugar seguro; es un lugar atestado de fotos de gente llevando El Vestido de espaldas o con la cara tapada, lo que no sirve de mucho para proteger su identidad.

Hacer una foto de alguien sin su consentimiento es una forma de robarle su poder de decisión, queda en tus manos el modo en que verán a esa persona, no solo tú, sino miles de personas por internet. Llevar El Vestido se convirtió en una alarma.

“No quiero que me hagan fotos por la calle, que se me rían a escondidas o que piensen que no tengo estilo. No debería preocuparme, pero lo hago.”

Creo firmemente que en Gran Bretaña no somos capaces de tener nada bonito. Cualquier cosa pura y simple la retorcemos y deformamos en Twitter e Instagram, provocando una tormenta viral. Recordad lo que pasó con los Fiat 500, por ejemplo (por cierto, mi coche es un Fiat 500). El vestido era mono al principio y un minuto después ya era un meme. Un símbolo de la moda rápida y de los seguidores de masas. Llevar El Vestido ya no era solo llevar El Vestido, era un motivo de burla. Significaba que eras igual que las demás personas que lo llevaban.

Ahora, cada vez que pienso en ponérmelo por su ligereza, por lo bien que me cabe y por lo fácil que es combinarlo, vuelvo a colgar la percha. No quiero que me hagan fotos por la calle, que se me rían a escondidas o que piensen que no tengo estilo. No debería preocuparme, pero lo hago.

Para mí, El Vestido no era un símbolo de consumismo y de histeria viral, sino un faro de esperanza para mujeres de tallas grandes, mujeres pequeñas, mujeres altas y cualquier otra persona que alguna vez haya sentido que la ropa corriente no era para ellas. El Vestido era un uniforme para quienes no encontraban nada de su talla y para quienes tenían que comprarse ropa que no les gustaba porque era la única que había de su talla.

Es una obviedad que las tiendas de ropa tienen que mejorar en ese aspecto. Zara diseñó un vestido que le iba bien prácticamente a todo el mundo y eso es algo que habría que celebrar, no un motivo de burla.

Así que antes de sacar el teléfono y hacer una foto genial del estilo Hot 4 the Spot para tus historias de Instagram, recuerda que a) hacer fotos de otra persona sin su consentimiento es acoso y b) la popularidad de El Vestido no se debe a que todo el mundo lo tuviera, sino a que consigue que todas las personas que lo llevan se sientan a gusto, y eso no es algo de lo que haya que reírse.

Sophie Brown es escritora independiente.

Este post fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Reino Unido y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.