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27/08/2019 07:04 CEST | Actualizado 27/08/2019 07:04 CEST

Me gusta tanto vivir con mi mejor amiga que me compré una casa con ella y su marido

Aunque nuestra situación es única para la mayoría de la gente, no somos pioneros, ni mucho menos.

DEENA LILYGREN

Hace unos años, dos compañeros de trabajo y yo presentamos unos documentos para una conferencia a la que asistimos juntos. Nos reenviaron los documentos porque había un error: los tres tenían la misma dirección postal.

Lo que pasa es que no era ningún error. Los tres llevábamos un tiempo viviendo juntos, pero es comprensible que quisieran confirmar la dirección porque la forma en que vivimos no es muy habitual. No es lo más común que unos adultos que no son familia (entre ellos, una madre) y que tienen más de 30 años vivan juntos por decisión propia, aunque yo creo que debería serlo.

Maggie y yo nos conocimos en el trabajo hace 10 años, cuando ella tenía veintimuchos y yo treintaipocos, y congeniamos enseguida. Aunque tenemos pasados muy distintos (yo era una madre casada con dos hijas adolescentes y ella vivía sola en un piso), ambas éramos profesoras de inglés nuevas, ambas estábamos atravesando grandes cambios en nuestra vida, emocional y logísticamente. Yo estaba a punto de salir del armario. Ella estaba empezando una nueva carrera. Yo puse fin a mi matrimonio al mismo tiempo que ella empezaba una relación. Dos años de amistad después, estábamos viviendo juntas.

Había cierta magia en la vida que habíamos construido juntas. A las dos nos encanta jugar, escribir y organizar fiestas temáticas muy elaboradas. Nuestra amistad nos parecía una especie de superpoder, un campo de fuerza impenetrable que nos protegía de las normas más arbitrarias de la adultez. Seguimos teniendo un karaoke en el salón. Me encanta ver cómo hace breakdance en pantalón de chándal a las 7 de la mañana y cómo preside un comité a las 9. Cuando cumplí 37, ya levábamos varios años viviendo juntas y sabíamos que lo que teníamos era infrecuente.

Nuestra amistad era y sigue siendo completamente platónica, aunque la gente se hace preguntas. A lo largo de los años, cada una hemos tenido citas por nuestra cuenta, ella con hombres y yo con mujeres. En algún momento, decidimos empezar a vivir así. Nuestra capacidad para cooperar y coordinar proyectos juntas es algo sin precedentes en mi vida. Sentí que tenía una compañera de vida que no había tenido nunca antes, ni siquiera en mi matrimonio. Tras un par de años, nos mudamos desde la pequeña ciudad en la que trabajábamos a una más grande, y cuando la vi anontando cosas en un portapapeles mientras mirábamos pisos, me hizo estar incluso más segura de que estábamos haciendo lo correcto.

Cuando alguien me preguntaba cómo hacía para vivir con Maggie y Matt, yo les corregía y les decía que era Matt el que estaba viviendo con nosotras.

Llevábamos tres años viviendo juntas cuando se enamoró de un compañero de trabajo nuevo, un tío prudente y adorable con barba y pinta de empollón. Le explicó que, a la hora de vivir juntos, ella y yo éramos un paquete indivisible, y que si quería vivir con ella o si se llegaban a casar, yo formaría parte de la familia. Yo también les he dado esa charla a unas pocas mujeres con las que he salido y, salvo una, las demás no se lo tomaron bien, pero Matt aceptó.

Debo admitir que al principio me pareció que aceptó con intención de que fuera algo temporal. Daba por hecho que solo decía que sí por el momento y que en su mente, en cuanto estuvieran prometidos o casados o en cuanto hubiera pasado el tiempo sificiente, nosotras renunciaríamos a vivir juntas o él tendría suficiente poder de decisión como para forzar mi marcha. Le guardé rencor por esas imaginaciones mías. Los dos primeros años que vivió con nosotras (2015 y 2016) fueron duros. Yo me ponía a la defensiva por lo que pudieran pensar de nosotros, así que cuando alguien me preguntaba cómo hacía para vivir con Maggie y Matt, yo les corregía y les decía que era Matt el que estaba viviendo con nosotras.

No sabría decir cuál fue el punto de inflexión, si fue cuando entró a formar parte del núcleo interno que toda mujer tiene en el que no le importa ir sin sujetador o aquella vez que entré al salón de medianoche y me lo encontré viendo una película de kung fu mientras se afilaba el sable, algo que me hizo mucha gracia. Empecé a considerarlo no solo soportable, sino entrañable. Quizás ayudó que adoptara a una perra cuando se vino a vivir con nosotras y, como han decidido no tener hijos y mis hijos ya son adultos, los tres la criamos juntos, como una familia.

DEENA LILYGREN

Por muy cómoda que estuviera yo, la gente empezó a incomodarse justo antes de la boda. Algunos me preguntaron dónde me iba a mudar cuando se casaran, como si fuera imposible que siguiéramos en la misma situación. Todavía hay amigos cercanos que empiezan sus frases con cuidado: “Entonces, ¿aún estáis...?” y completan con gestos una pregunta que piensan que quizás es demasiado personal. Estoy segura de que se arrepienten de haber preguntado, ya que casi siempre les respondo con un discurso apasionado, ensayado en la ducha y probablemente insufrible sobre la estrechez de miras de nuestra cultura, que prioriza el amor romántico por delante de todos los demás tipos de amor.

Al fin y al cabo, desde que las familias nucleares tradicionales no son tan abundantes, las bibliotecas están bien abastecidas de libros que normalizan las familias con padrastros, madrastras, padres y madres del mismo sexo y todas las combinaciones existentes para asegurarse de que los niños entiendan que todas esas configuraciones también son una forma de familia. 

Aun así, la sociedad en general sigue pensando que una familia solo puede estar basada en el amor romántico. Eso me parece un poco absurdo, teniendo en cuenta los pocos matrimonios que perduran. En mi opinión, lo que les gusta a esas personas es su atracción a la pasión propia del amor romántico. Sin embargo, las amistades también pueden ser apasionadas. Puedes encontrar en cualquier compilación de historia o de literatura lo efusivas y apasionadas que eran las cartas que se solían mandar los amigos, y no todos eran homosexuales en secreto.

La sociedad en general sigue pensando que una familia solo puede estar basada en el amor romántico.

Esta desconexión se acentuó este verano cuando, después de dos años rastreando en un mercado complicado, por fin encontramos una casa para los tres. Tres treintañeros que comparten piso suelen ser considerados compañeros de piso peculiares, pero compartir casa es un compromiso tangible que, según una regla no escrita, solo se les permite a las parejas.

Tuvimos que cambiar de agente inmobiliaria porque hacía comentarios trasnochados como: “Aquí puede guardar la señora su colección de zapatos y ahí hay un hueco perfecto para las cañas de pescar del caballero”. No sabía qué hacer conmigo, así que señalaba a la entrada secundaria de la casa y decía: “Y esa es perfecta para ti”, como si me interesara entrar y salir de casa a escondidas.

He visto cómo médicos, vecinos, constructores y desconocidos han tratado de averiguar quién de nosotros es el acoplado, el que tiene menos legitimidad que los otros dos. Lo hacen a través de preguntas discretas de tanteo, pero nuestra nueva casa ha envalentonado a muchos a realizar un riguroso examen verbal al entrar.

Como metomentodo que soy, lo entiendo. Sin embargo, hay cosas que sé que no hay que preguntarle a un desconocido. Durante la mudanza aprendí que no es un código universal. Ha habido un montón de obreros, repartidores y demás proveedores de servicios que nos han preguntado por nuestra situación como si les debiéramos una explicación. Pillé al instalador del cable preguntándole en voz baja a Matt si teníamos “algún tipo alternativo de vida en esta casa”. Mi madre se preguntaba lo mismo y nunca olvidaré el terrible temblor de su voz cuando se atrevió a preguntarme si estábamos en “una especie de triángulo amoroso”.

¿No sería estupendo si todo el mundo viviera con gente no por compartir lazos de sangre o por dependencia, sino porque los ha elegido porque encajan como familia?

No era el caso. Maggie y yo nos llamábamos “compañeras de vida platónicas”, pero solo porque entonces aún no sabíamos que en realidad éramos una familia. Quizás no nos dimos cuenta porque estábamos de luna de miel, nunca discutíamos y no hacíamos más que leer nuestras respectivas poesías y elaborar minuciosas invitaciones para nuestra siguiente fiesta temática, pero ahora lo tenemos claro. O puede que no la viera como mi familia porque en mi “familia” ha habido una relación muy tensa desde que era niña. Me he distanciado de mis padres y mi hermana, simpatizantes de Trump, y ni siquiera mis mejores experiencias con el matrimonio y criando a mis hijos han conseguido deshacer la incomodidad que me invade cuando surge el tema de las familias.

Por mucho que me guste vivir así, sigue siendo tabú, más incluso que mi sexualidad, sorprendentemente. La gente al menos sabe qué es lo que puede esperar de los homosexuales, pero como cultura, consideramos las amistades como un lujo del que podemos prescindir después de casarnos (muchos incluso consideran una obligación desprenderse de las amistades al casarse). Utilizamos frases como “solo somos amigos”, no celebramos los hitos de las amistades como los aniversarios y actuamos como si los hombres ni siquiera necesitaran tener amigos. Sin embargo, todos los días sale un nuevo artículo sobre la epidemia de soledad que afecta a gente de todos los grupos sociales: a los mayores, a los hombres, a las mujeres, a los millennials… Los millennials y la generación Z utilizan la cultura de los memes para quitarle hierro al dolor que les produce no tener amigos.

Nuestra salud mental colectiva es un caos. Trabajamos más horas y cobramos menos, no tenemos tiempo para socializar y cuando lo hacemos, es un milagro que una persona pueda superar su depresión y su ansiedad el tiempo suficiente para salir de casa. Las convenciones sociales establecen que solo pueden compartir piso los jóvenes o quienes no tienen suficiente dinero para vivir por su cuenta, pero ¿no sería estupendo si todo el mundo viviera con gente no por compartir lazos de sangre o por dependencia, sino porque los ha elegido porque encajan como familia?

Sería una tontería fingir que no hay ventajas económicas también. La mayoría de la gente sabe que el coste de la vivienda supone un porcentaje mayor que nunca del presupuesto de una familia. Sin embargo, menos gente conoce la crisis de viviendas que hay en Estados Unidos. Hay un motivo por el que tardamos dos años en encontrar casa: no podíamos competir con especuladores que tenían mucho más dinero para invertir en sus futuras propiedades de Airbnb o para alquilar. Es mucho más fácil pagar una hipoteca entre tres (o cuatro, o los que sean), por no hablar del mantenimiento de la casa en sí.

Es mucho más fácil pagar una hipoteca entre tres (o cuatro, o los que sean), por no hablar del mantenimiento de la casa en sí.

Mi sueño es aumentar esta comunidad. Cuantos más, mejor, siempre y cuando todo el mundo tenga una habitación que pueda considerar suya, pero aunque solo estemos nosotros tres, las ventajas son innegables. Entre los tres, siempre hay uno al que le importe menos ir a por patatas fritas al McDonald’s o deshacerse del ratón herido que encontramos bajo el frigorífico. Hemos aprendido a mediar cuando no estamos de acuerdo con los otros dos, de modo que las discusiones terminan enseguida. Como sus obligaciones familiares y sus vacaciones no son las mías (y viceversa), nunca hemos tenido que dejar a nuestro perro en la guardería.

Nuestro modo de vida merece la pena pese a los momentos incómodos que suscita. Hemos pasado mucho tiempo tranquilizando a personas que habían hecho suposiciones incorrectas y se habían avergonzado después. Estoy segura de que hay gente que piensa que Maggie y Matt son unos buenazos que han abierto su hogar a otra inquilina. Cuando tengo una cita con una persona nueva, lo de ser un paquete indivisible me ronda la cabeza, así como la duda de si este estilo de vida tan satisfactorio para mí es lo que me mantiene soltera tan a menudo.

Aunque nuestra situación es única para la mayoría de la gente, no somos pioneros, ni mucho menos. Las configuraciones familiares han ido evolucionando durante décadas y espero que, con el tiempo, cada vez tengamos que explicarnos menos. El año pasado, Maggie descubrió una forma muy efectiva de transmitir el mensaje: enviamos una postal de Navidad con una foto de nosotros tres vestidos a juego mientras “peleábamos” con nuestras mascotas para que estuvieran quietas. Unas pocas semanas después de enviarlas, recibimos un bordado precioso de nosotros tres junto a nuestras mascotas y con el subtítulo: “La familia de Story Avenue”. Quizás nos hagamos una camiseta, pero actualizada con nuestra nueva dirección.

 

Este post fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

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