Metidos en el torbellino

Metidos en el torbellino

No nos damos cabal cuenta de la enormidad de los sucesos encadenados que se han desplomado sobre nosotros.

Vsita de Pablo Casado e Isabel Díaz Ayuso al 112 de la Comunidad de MadridDAVID MUDARRA

Zarandeados por la cadena de acontecimientos que suceden sin interrupción en los últimos años, metidos en el vórtice del torbellino, testigos asombrados de los hechos extraordinarios, críticos o catastróficos que nos llueven como un peligroso pedrisco, desconcertados, ciertamente, por la irresponsabilidad de la gran mayoría de unos politicastros que se visten de estadistas, pero a los que se les nota el andar de la perrita… no nos damos cabal cuenta de la enormidad de los sucesos encadenados que se han desplomado sobre nosotros.

Desde el crack provocado por la avaricia financiera y bancaria de que se disparó por las hipotecas ‘subprime’ y la quiebra de Lehman Brothers en 2007, vivimos en un cambio de era que, como dice el refrán canario, “a peor la mejoría”.

La última etapa del gobierno de Rajoy estuvo marcada por el diluvio incesante de casos de corrupción que manaban a borbotones de los juzgados. Claro que no eran los únicos, estaba, y sigue estando, el embrollo ‘alayano’ de los eres. Pero las sentencias eran como martillazos en la puerta de Génova 13. Vino pues la moción de censura presentada al hilo de una de ellas por Pedro Sánchez, que cabalgaba en el ‘no es no’; luego se planteó el problema de formar gobierno y no salían las cuentas.

Albert  Rivera cayó como San Pablo del caballo camino de su Damasco particular y sufrió una repentina conversión desde el centro liberal hacia la derecha radical, que le llevó a la irrelevancia  y metió al país en un callejón sin salida.

El líder socialista, que a punto estuvo de romper al partido, tuvo que reutilizar los hierros, metales, quemadores y ropas viejas para conseguir formar gobierno. Los votos de los herederos de ETA, que ensayaban si bien con gran estrépito en la cacharrería su incorporación a la política de Estado, y los de los separatistas catalanes que se habían alzado contra el orden constitucional, aunque llamen aspirina al ácido acetil salicílico, junto con el activismo aventurero de un revolucionariado primitivista encarnado en el atravesado Podemos y sus corrientes y confluencias tácticas para encaramarse al poder… convirtieron a Sánchez en un rehén. Como previeron los críticos, se formaron dos gobiernos en uno. Cada uno con intereses opuestos aunque quisieran aparentar unidad y sentido del deber.

A esta situación, ya de por sí complicada y con serios componentes a los que pueden aplicarse los principios de Paracelso de que “el veneno es la dosis”, se sumó a principios del año pasado la gran pandemia del coronavirus, que vino a sumarse a su vez al escándalo del ‘corinavirus’, que abrió las esclusas del los chanchullos financieros del emérito, y una puerta entreabierta a la estrategia del activismo republicano de Pablo Iglesias bis.

Quedó claro desde el primer instante que la derecha iba a usar estos muertos con el mismo afán mercantilista con que usaba y sigue usando los muertos por el terrorismo

En la respuesta a la crisis de la covid19 quedó claro desde el primer instante que la derecha iba a usar estos muertos con el mismo afán mercantilista con que usaba y sigue usando los muertos por el terrorismo. Casado, con el libro de sinónimos de insultos en la mesilla de noche, no dio ni da tregua. Por una cosa o por su contraria. Si el Gobierno de la Nación saca unas primeras medidas restrictivas, malo; si ejerce la Autoridad Única bajo el ‘estado de Alarma’ peor, por autoritario y centralista; si pasado lo peor delega en las Comunidades Autónomas, malo, “hace dejación de su autoridad”; si no delega peor, ‘confisca competencias de las autonomías’. Como reconocía el conde de Romanones en sus memorias: “Los ataques violentos al adversario, cuanto más de brocha gorda, serán más útiles”. Lo que no advertía es que el abuso de esta técnica puede dejar al que la usa colgado de la brocha.

También hay que incluir en este catálogo de desgracias nacionales la aparición estelar de VOX, nacido desde las entrañas de la carcundia nostálgica del franquismo del PP. Abascal y su núcleo cerebral duro al acero tungsteno, ha introducido una modalidad local de populismo trumpista que, al igual que el embaucador millonario de Nueva York, trata de desencadenar una espiral de inestabilidad institucional, que se da la mano con la estrategia de alcanzar los cielos del catecismo de inspiración ‘salvadora’ – lagarto, lagarto- de Iglesias.

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Tras la pandemia que asola al mundo, alcanzando 2 millones de muertos a nivel planetario y casi medio millón de fallecidos en Europa, algunos paradigmas que se daban por ciertos han mutado en paralelo a las mutaciones del virus: la tercera ola ha igualado el impacto en las naciones. Las que en el primer embate salieron bien libradas, en el segundo y el tercero se han igualado con las que más sufrieron en aquella batalla. Alemania se ha encontrado ahora en circunstancias parecidas a las que se encontró España. Lo que no ha cambiado ha sido el discurso conservador que vale para un roto y un descosido.

Y, por si fueran pocos males…parió la Filomena. La borrasca, que había sido anunciada desde más de una semana antes por la estatal AEMET (Agencia Española de Meteorología), no encontró en las comunidades autónomas y ayuntamientos una mínima preparación. La Comunidad de Madrid y el Ayuntamiento, epítome de un fracaso sin paliativos -y ya van dos gravísimos en dos episodios críticos sucesivos-, han demostrado hasta el espanto su alto nivel de incompetencia y de retórica papamosca tratando de endosar las culpas de la ineficacia abusiva e imprevisión autonómica y municipal al gobierno. En efecto, hay que darles la razón en una cosa principal: Madrid es una zona catastrófica. El epicentro del fracaso aunque esté envuelto en papel celofán.

En efecto, hay que darles la razón en una cosa principal: Madrid es una zona catastrófica

Esta encrucijada poliédrica hay que tomarla como una ‘prueba de estrés’ de la España autonómica. Dice la Constitución en el artículo 138 de su título VIII, aquél que no quiso respaldar la AP de Fraga, que “La diferencia entre los Estatutos de las distintas Comunidades Autónomas no podrán implicar, en ningún caso, privilegios económicos o sociales”.

El 139 afirma que “todos los españoles tienen los mismos derechos y obligaciones en cualquier parte del territorio del Estado”. En cuanto a las competencias, en materia sanitaria se puntualiza que corresponde al Estado, como es lógico, a través del Gobierno de la Nación, la Sanidad Exterior y ’las bases y coordinación general de la sanidad”. Hay que reflexionar ya seriamente sobre lo que verdaderamente significan estos principios, y otros afines, conexos y complementarios.

En todos estos episodios que configuran el paso de una era de certezas a otra que nos llega cargada de incertidumbres y dudas hay un nexo que es la incapacidad o el fracaso del engranaje autonómico, que también puede denominarse federal por afinidad.

No todos los ciudadanos tienen en la práctica los mismos derechos ni rige un principio de igualdad, desde el mismo momento en que algunas comunidades, como la madrileña, practican el dumping fiscal. La obsesión neoliberal del ‘Estado mínimo’, que predica tanto el radicalizado Partido Republicano USA como el radicalizado Partido Popular español, tiene un efecto demoledor a medio y largo plazo. Incuba desigualdades, carencia de medios públicos e incapacidad de dar respuesta a imprevistos como la pandemia o las muchas filomenas que hay en estos enfados cada vez más frecuentes del clima. O el afrontamiento de un fenómeno con amplios efectos secundarios de todo género que irá ‘in crescendo’ como son las migraciones.

Tirar piedras al cielo es una puerilidad y una inconsciencia: siempre les caerán en la cabeza, no por culpa del Gobierno ‘social-comunista’ sino por la ley de la gravedad

Las autonomías y los ayuntamientos, salvo algunas excepciones, no han tenido ni preparación ni estrategia, ni logística ni iniciativas de respuesta rápida y eficiente. Que la capital de España no haya sido capaz de meter quitanieves, contratar brigadas especiales, distribuir sal, facilitar canales de circunvalación… es algo mucho más serio de lo que quieren hacer ver sus dirigentes, enfrascados en la Santa Cruzada.

Díaz Ayuso y Martínez Almeida presumen mucho de tener las ideas claras y de contar con minuciosos planes para engrandecer Madrid. Pero Madrid no se engrandece solo con rascacielos, como EEUU no se engrandece con el gran muro mexicano del tuitero en Jefe. Madrid solo puede engrandecerse cuando sus instituciones funcionen, unan y no dividan, colaboren y no se estorben, y se tomen en serio sus obligaciones. Tirar piedras al cielo es una puerilidad y una inconsciencia: siempre les caerán en la cabeza, no por culpa del Gobierno ‘social-comunista’ sino por la ley de la gravedad.

Todas las buenas ideas y las buenas estructuras necesitan de vez en cuando pruebas de estrés, como los bancos o los puentes, y dependiendo del resultado ajustes y medidas adecuadas, que no necesariamente tienen que consistir en cambiar las leyes sino modificar las aptitudes y las actitudes y mejorar la colaboración.

MOSTRAR BIOGRAFíA

Empezó dirigiendo una revista escolar en la década de los 60 y terminó su carrera profesional como director del periódico La Provincia. Pasó por todos los peldaños de la redacción: colaborador, redactor, jefe de sección, redactor jefe, subdirector, director adjunto, director... En su mochila cuenta con variadas experiencias; también ha colaborado en programas de radio y ha sido un habitual de tertulias radiofónicas y debates de televisión. Conferenciante habitual, especializado en temas de urbanismo y paisaje, defensa y seguridad y relaciones internacionales, ha publicado ocho libros. Tiene la Encomienda de la Orden del Mérito Civil.