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18/04/2019 10:19 CEST | Actualizado 18/04/2019 10:19 CEST

#MeToo es una bofetada de realidad que tenemos que ver y escuchar aunque duela

Antonio_Diaz via Getty Images

Yo las he leído toda la semana, y al final del día, cuando me fui a mi cama estaba fastidiada de tanta denuncia, harta, asqueada, adolorida, casi como cuando me iba a la cama con la boca rota y con el cuerpo amoratado.

Las he leído enojadas, acompañando sus testimonios con un hashtag que se hizo necesario: #MeToo, porque a diferencia de quienes creen que nos encanta jugar a las víctimas, yo las he sentido desde el fondo de sus corazones enojadas por serlo. Enojadas porque alguien las puso en ese lugar. Alguien más y otras veces, nosotras mismas.

Sí, yo también fui la víctima alguna vez y también luché con todas mis fuerzas para dejar ese lugar que no me gusta, que a ninguna de nosotras nos gusta.

Pero no solo las he leído, yo las he visto llegar a un Ministerio Público (MP) en el papel de la víctima. Las he visto tratar de denunciar a un abusador. Las he visto ser tratadas como poca cosa, las he visto ser humilladas, las he visto ser revictimizadas, cuestionadas, ridiculizadas. Yo las he visto a los ojos, he visto esa mirada desencajada, he sido testigo del miedo, de la vergüenza de ser una víctima y he visto el desconcierto que sienten cuando van a pedir ayuda y a seguir el famoso debido proceso y nadie escucha y nadie hace absolutamente nada; nadie acude en su auxilio.

Las he visto recorrer una y otra instancia de seguridad pública, una y otra Casa Rosa de la Mujer, una y otra clínica del IMSS con la cara golpeada, con las costillas amoratadas, con la boca ensangrentada y las he visto intentarlo no una ni dos sino hasta cinco o 10 veces. Señores, señoras, usuarios de Internet, yo las he visto, yo me he visto a mí misma regresando a la casa de mi agresor, luego de todo un día de andar adolorida en el transporte público sin haber obtenido apoyo ni respuesta de ninguna autoridad.

La violencia machista en México tiene verdaderos tintes de pandemia.

Yo las he visto y me he visto una y otra vez regresar a la boca del lobo, a donde es posible que volvamos a ser violentadas, a donde siempre fue posible que fuéramos asesinadas, para cumplir esa terrible cuota de 9 feminicidios al día en México, según datos de la ONU.

Este es el debido proceso que yo conozco, el que yo he padecido. Y por eso, yo les creo. Yo las leo.

Mi voz, mi historia es mi fuerza

—No estás lo suficientemente golpeada como para que le hagamos algo a tu marido ni para que lo saquemos de tu casa. Si al menos tuvieras el ojo morado...

—Si al menos tuviera el ojo morado—, pensaba mientras miraba en el espejo mi boca hinchada y mis encías laceradas, porque me las había arrancado con sus uñas. Esto sí lo vio el médico legista, pero el golpe en las costillas no había dejado moretón. Para demostrar que me había golpeado había que pagar unas radiografías, porque luego de tres horas de espera en la sala de urgencias de la clínica 98 del IMSS, me dijeron que los rayos X ya no estaban funcionando.

Con todo y las radiografías que mostraban una contusión en las costillas, me regresaron a mi casa, a casa del abusador, porque el médico legista anotó golpes leves y así no procede una denuncia. “Golpes leves”.

—Ándale ya vete, de cualquier forma lo vas a perdonar y nada más nos vas a hacer perder el tiempo—, me dijo la agente del Ministerio Público, y sí, era una mujer.

Mi voz la que cuenta esta historia, afortunadamente no se apagó con ninguno de esos golpes. Estoy viva, pero hasta el día de hoy no vivo libre de la violencia machista que permea en cada uno de los espacios en los que las mujeres transitamos: el trabajo, las calles, el transporte público. Sigo siendo violentada, sigo corriendo el riesgo de morir por el simple hecho de haber nacido mujer. Sigo sufriendo acoso, sigo teniendo miedo. Y aunque no lo quiera y aunque luche con todas mis fuerzas para evitarlo, sigo siendo sistemáticamente la víctima, porque la violencia machista en México tiene verdaderos tintes de pandemia.

Yo también: #MeToo

Yo también he pasado por muchos de los actos violentos que he leído durante toda esta semana. Ha sido duro, muy duro darme cuenta de que no he sido violada una ni dos ni tres veces sino hasta cinco o seis, por los hombres que yo he permitido que estén en mi vida.

Ha sido muy duro escucharlas hablar del acoso que viven en sus trabajos, de cómo algunos hombres en posición de poder se han aprovechado de eso para violentar, para acosar, para agredir, para violar a sus subalternas. Lo sé, las entiendo, porque me ha pasado. Sé lo incómodas que deben de sentirse, sé que en la mayoría de los espacios de trabajo no existen protocolos eficaces ni pertinentes para hacer frente a este tipo de violencia. Sé que se están enfrentando cada día con ese hartazgo de ser una vez más la víctima.

Yo también he tratado de sobrellevarlo. Evado a esas personas, me escondo en el baño como cuando no querías que te casaran en la kermes de la escuela. No acepto regalos. Esquivo con una sonrisa y hasta con un gracias el asqueroso masaje de espalda no pedido.

Ha sido duro, muy duro darme cuenta de que no he sido violada una ni dos ni tres veces sino hasta cinco o seis, por los hombres que yo he permitido que estén en mi vida.

Me voy más tarde de la oficina, para evitar el incómodo rato en que me pongan el carro enfrente y casi me obliguen a subir para que me den un raite, otra vez, no pedido. He dicho NO mil veces y, aún así, no me he podido salvar de los tocamientos de piernas o de cintura de un jefe encimoso que finge no estar haciendo nada con mala intención.

Yo también he tenido ganas de no volver al trabajo, pero he tenido que hacerlo por la necesidad, porque no es tan fácil encontrar otro empleo y sí hay miles de gastos que pagar. Yo también me he quedado. Yo también he estado muy enojada en el baño de la oficina, aguantándome las lágrimas, porque mi acosador era uno de los directores de la empresa.

Las he visto salir de la oficina de mi agresor, hartas como yo y teniendo que callarse y aguantarse como yo.

Por todo esto, sí, yo les creo.

#MeToo significó para muchas de nosotras un abrazo de todas para todas. A mí también me ha pasado y yo también estoy harta de soportar y aguantar y callar y también he querido gritar mi historia, mi denuncia en una herramienta que lo hizo posible: Twitter, las redes sociales.

Y de pronto #MeToo se convirtió en una tremenda explosión de gritos de hartazgo que finalmente hicieron que todas y también todos volteáramos la mirada hacia la podredumbre de la cultura machista en la que vivimos, en la que sobrevivimos y en la que hombres y mujeres con una mente totalmente enferma y distorsionada tratamos de convivir. ¡Cuánta pobreza de espíritu destaparon las redes sociales!

¡Cuántos gritos de hartazgo! ¡Cuántas llamadas de auxilio! ¡Cuánto dolor!

#MeToo es una bofetada de realidad que nos tenemos que obligar a leer, que nos tenemos que obligar a ver todos y todas, porque esto que hemos leído, en algunos casos por mera curiosidad, está pasando y ya no hay manera de taparlo.

El anonimato, opción desesperada en un país donde no hay garantías para la víctima

Me tienen verdaderamente cansada los comentarios de hombres y mujeres que hablan acerca de no hacerse la víctima. Mi pregunta para esas personas sería ¿Creen que si pudiera elegir qué papel representar en la película de mi vida me gustaría el de la mujer golpeada, el de la mujer acosada, el de la mujer violada? ¿En verdad creen que alguna chica en su sano juicio elegiría esa historia para contar en sus memorias?

No. No nos gusta ser violentadas, pero sí, efectivamente una mujer que es violentada ES UNA VÍCTIMA y no, no está en ese lugar por placer.

Luego del lamentable suicidio del bajista de la banda Botellita de Jerez, Armando Vega Gil, después de una denuncia anónima en la cuenta ya desaparecida #MeTooMúsicosMexicanos, el tema de la conversación se volvió la pertinencia de la denuncia anónima en un movimiento que parecía ser una cacería de brujas sin control para muchos, que culpan al movimiento #MeToo por la decisión del músico de quitarse la vida. ¡Decisión que solo fue responsabilidad de él!

Algunos comentarios hablan de que la fuerza del movimiento #MeToo fue exactamente el hecho de que las primeras denunciantes dieron la cara a la hora de señalar a sus agresores, que eran tipos poderosos como el productor de cine, Harvey Weinstein. Pero estamos hablando de denuncias hechas por estrellas de Hollywood en Estados Unidos.

Por eso los invito a todos a que antes de iniciar un debate al respecto nos ubiquemos primero en nuestro contexto: estamos hablando de México, un país donde según datos del Índice Global de Impunidad México 2018, solo el 10% de los delitos se denuncian; esto porque el índice de impunidad promedio nacional es de 69.84 puntos, colocando a México como el cuarto país a nivel mundial con mayor impunidad y el peor del continente americano.

En una realidad como esta, por supuesto que la denuncia anónima se convierte en la única alternativa que le permite a muchas y a muchos decir lo que está sucediendo.

Me queda solamente recordar que el anonimato de las víctimas es su derecho, tal y como lo menciona el Relator Especial sobre Libertad de Expresión de la ONU; sin embargo, ese derecho, creo yo, conlleva la responsabilidad de la verificación de las denuncias que se están publicando en las redes sociales. Porque en un espacio donde todos podemos decir algo, se vuelve imprescindible dividir las denuncias anónimas, de quienes de verdad utilizan el anonimato como protección, de las denuncias anónimas de quienes solo quieren causar algún daño.

Las mujeres no estamos cazando hombres, estamos visibilizando actitudes machistas que nos han hecho un daño espantoso como sociedad.

Creo fervientemente en la perfectibilidad de este movimiento, tanto como creo que obligar a una víctima a romper el anonimato en un contexto donde el sistema judicial no le garantiza el acceso a la justicia, es una violencia adicional.

Visibilizar el acoso y la falta de estado de derecho

Lo que debemos rescatar de todo este doloroso proceso que estamos atravesando los mexicanos y las mexicanas son: los por qués del #MeToo en nuestro país.

Esta explosión en redes sociales significó el canal que permitió a las mujeres gritar la violencia machista sistemática que hemos normalizado, por la inexistencia de un estado de derecho capaz de dar protección y acceso a la justicia a las víctimas.

Seamos conscientes y no generalicemos a la hora de decir que se hagan las denuncias en el MP o en la oficina de Recursos Humanos de la empresa en que laboran las mujeres agredidas. No es lo mismo acudir a un MP en el Estado de México o en Chiapas o en Oaxaca o en Sinaloa o en la CDMX. Tampoco tendremos la misma respuesta para una profesionista chilanga, que para una obrera del Estado de México o para una mujer indígena de Oaxaca. Y por supuesto, las cosas cambian si mi agresor en el trabajo es el compañero que se sienta a mi lado o si se trata del director de Recursos Humanos.

El tiempo nos dirá si el movimiento #MeToo tuvo la fuerza necesaria para permear en la sociedad mexicana. Yo creo que sí.

Hace unos días, varios hombres (mi pareja, amigos, compañeros de trabajo) me comentaron acerca de su miedo a esa incertidumbre de no saber cómo relacionarse con las mujeres a partir de ahora.

—Ahora no sé si en algún momento yo he cometido algún tipo de acoso o si he ofendido a alguna mujer—, me decía un amigo.

El miedo a ser denunciado en redes sociales los hizo a unos y a otros cuestionar sus actitudes hacia las mujeres; los hizo cuestionar toda la cultura en la que se han venido desarrollando sus vidas.

#MeToo nos abrió los ojos a una dolorosa realidad en la que todos fuimos insertados y a la que nunca pusimos resistencia. #MeToo nos empujó por la fuerza a la crítica, al cuestionamiento. Y así, por la fuerza, abrimos los ojos y nos empezamos a descubrir los unos a los otros empapados de toda esa inmundicia y, finalmente, hemos empezado a reconocernos como parte del problema.

Sin más excusas, sin más justificaciones, sin más personas a quién culpar de todo lo que hemos sido o de lo que hemos hecho, tuvimos que entender así, dolorosamente, que reconocernos como actores principales de esta historia de horror que hemos venido construyendo, es el único camino para encontrar la solución.

Claro que ya no pueden gritarnos ¡guapaaaa! (Nos urge un cambio en la forma de relacionarnos)

Para todos aquellos que siguen pensando que las mujeres estamos en plena cacería de hombres, no pueden estar más equivocados. Las mujeres no estamos cazando hombres, estamos visibilizando actitudes machistas que nos han hecho un daño espantoso como sociedad y que tristemente seguimos reproduciendo generación tras generación.

Las mujeres no buscamos venganza, buscamos que finalmente se transite del acoso a la justicia. Buscamos que se transite a nuevas y sanas formas de relacionarnos entre géneros. Buscamos respeto a nuestras vidas, a nuestros trabajos, a nuestros cuerpos, a nuestras voces.

No se trata de un mundo sin ellos o sin ellas, no se trata de vagones para mujeres y vagones para hombres, se trata de reconocernos a todos metidos en la misma inmundicia, pero tratando de construir juntos un mundo en el que los géneros convivamos sanamente. Un mundo en el que una posición de poder no nos sirva más para agredir a nadie.

Un mundo en el que les aseguro encontraremos mejores formas de cortejar a una mujer que gritar en plena calle un ¡guapaaaa! acompañado de un relamido de labios.

Cambiemos las formas. Cambiemos paradigmas. Es posible.

Somos seres racionales, entonces tenemos que encontrar la manera.

Los sigo leyendo...

 

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