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06/10/2019 13:51 CEST | Actualizado 06/10/2019 13:51 CEST

Mi corazón no es de plástico. Parte I: Un mundo plastificado

El plástico es el ingrediente perfecto del modo de producción capitalista y permite poner al alcance de casi todo el mundo objetos antes inaccesibles.

boonchai wedmakawand via Getty Images

“Hemos creado un sistema que nos persuade a gastar el dinero que no tenemos, en cosas que no necesitamos, para crear impresiones que no durarán, en personas a las que no importamos, ni nos importan”.

(Emile Henri Gauvreay)

Vivimos en un mundo de plástico. Literalmente. Pensemos en los objetos que forman parte de nuestra rutina diaria. Nos vestimos con prendas que en muchos casos contienen poliéster, lycra o fibras de acrílico (es decir prendas hechas de plástico). Estas mismas fibras se utilizan a su vez para elaborar alfombras, mantas o sábanas. Los cepillos con los que nos cepillamos los dientes son otro buen ejemplo: los mangos normalmente están hechos de plásticos varios como el PVC, sus cerdas suelen ser de nylon (que también es un plástico), la pasta que usamos para nuestra higiene dental sale de un tubo de plástico laminado y, en muchos casos, los propios dentífricos contienen en su interior pequeñas partículas de plástico (también llamadas microplásticos). Lo mismo sucede con la mayoría de los champús, jabones y otros productos de higiene, toda una oda al reinado del plástico. Echemos ahora un vistazo a nuestras cocinas, auténticos templos del plástico: los tetrabriks de leche, las fiambreras, los enchufes, los revestimientos de la nevera, por no hablar de muchos alimentos, que viven encarcelados en jaulas de plástico. También nuestros teléfonos móviles tienen su ración de plástico (carcasas, remates), al igual que los ordenadores, los televisores y otros productos electrónicos. Por no hablar de los coches, que cuentan con piezas de plástico por todo su esqueleto: el salpicadero, los respaldos, el limpiaparabrisas, etc. ¿Más objetos de plástico? Las piezas de Lego y muchos otros juguetes, las tuberías, las jeringas, las tarjetas de crédito, la suela de nuestros zapatos... Y así podríamos seguir elaborando una lista casi infinita de todos los objetos de plástico que forman parte de nuestro día a día. De hecho, si algo escasea en estos tiempos son los productos que no contienen plástico. Nada ni nadie parece escapar a esta lujuria plastificada.

El plástico es tan barato de producir que resulta más caro reciclarlo o incinerarlo.

Vivimos, sí, en la era del plástico. Mientras que en el año 1950 se producían apenas unos pocos millones de toneladas métricas de plástico, en el año 2015 la producción alcanzó los 407 millones de toneladas métricas. Su pujanza está muy relacionada con el incremento en la producción de petróleo. Y es que la mayoría de los plásticos que nos rodean se obtienen de materias primas fósiles. Según datos del World Economic Forum si la producción de plástico sigue creciendo al ritmo actual, en el año 2050 la industria del plástico podría suponer el 20% del consumo total de petróleo.  Sí, es cierto que la naturaleza nos obsequia con algunas resinas de plástico (como por ejemplo la celulosa), pero la gran mayoría del plástico que nos rodea proviene de aislar los hidrocarburos que hay en el crudo: les añadimos sustancias varias (como por ejemplo el cloro), les aplicamos el tratamiento adecuado y ¡voilá! conseguiremos crear casi cualquier objeto que nos propongamos: cepillos de pelo, sillas, mesas, sandalias, equipos médicos, etc. Todo es posible con los polímeros. Y lo que resulta más importante, con un coste unitario de fabricación mucho más bajo de lo que costaría producir esos mismos objetos con otros materiales como la madera, el acero o la seda. El plástico es por tanto el ingrediente perfecto del modo de producción capitalista y permite poner al alcance de casi todo el mundo objetos antes inaccesibles. Encarna perfectamente el ideal de la cultura de usar y tirar: si algún objeto se rompe o simplemente nos cansamos de él, resulta asombrosamente sencillo hacerse con otro igual o parecido. Si el Rey Midas convertía en oro todo lo que tocaba, los humanos hemos convertido en plástico cada objeto que forma parte de nuestra vida. óolo necesitamos aplicar nuestra alquimia (la química) en los residuos que se generan mientras se procesa el petróleo crudo o el gas natural.

Decíamos unas líneas más arriba que en el año 2015 la producción de plástico alcanzó los 407 millones de toneladas métricas. ¿A qué se destinan estas enormes cantidades de plástico? El 36% se utiliza para envases y embalajes, el 16% en el sector de la construcción, el 14% en el sector textil, el 10% para el sector de productos de consumo e institucionales, 7% en el transporte, 4% en electrónica y sector eléctrico, 1% en maquinaria industrial y el restante 12% en otro tipo de productos. 

¿Qué ocurre con el plástico que consumimos, usamos y tiramos? La respuesta es inquietante: la mayoría del plástico no se biodegrada y por tanto sigue vagando en nuestros mares, tierras, montañas y, por desgracia, también en nuestra cadena trófica. Unos datos al respecto: de todos los residuos de plástico que el ser humano ha generado en su historia, el 79% sigue estando “vivo” en vertederos o lo que es peor, desperdigado en la propia naturaleza. Únicamente el 9% ha sido reciclado, mientras que el 12% restante ha sido incinerado. Y es que el plástico es tan barato de producir que resulta más caro reciclarlo o incinerarlo. He aquí la maldición de Midas en todo su esplendor: nuestro don (en este caso poder crear casi cualquier objeto a partir de residuos) se convierte en nuestra maldición (no sabemos deshacernos del plástico). De momento quedémonos con este mensaje: viviremos en un mundo plastificado por muchos años. 

 

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