Mi ex y yo fuimos a terapia para aprender a romper del todo

Necesitabamos volver a vernos y, en vez de despedirnos con un 'ya nos veremos', decirnos 'adiós'.

En 2015, mi ya expareja y yo decidimos resolver nuestras diferencias sentándonos en un sofá en una ciudad rural de Colorado (Estados Unidos) para hacer terapia durante una semana y aprender a romper definitivamente. Ir al psicólogo para algo así no fue una decisión sencilla. La ruptura en sí duró unos seis meses. Queríamos quedarnos con el recuerdo del amor que habíamos sentido en nuestra relación.

Jared y yo nos conocimos cuando yo aún veía el mundo de color rosa. En la mente de una recién graduada de 22 años que aún no comprendía el mundo y a quien le acababan de partir el corazón, ese hombre de 30 años parecía tener todas las respuestas del mundo. Nos conocimos en el festival Burning Man, bailamos muchas noches juntos y no sé si sería por el éxtasis o por ser tan jóvenes, pero sinceramente digo que nos enamoramos.

Jared vivía en Florida y yo había acabado la Universidad hacía un año y tenía planeado un viaje por Sudamérica. Transcurrió un año hasta que nos volvimos a ver.

Así fue nuestra relación durante los tres años siguientes. Pasaban los meses y de vez en cuando nos veíamos. Lo nuestro era un cuento de hadas con un hermoso contexto y con conversaciones profundas e íntimas. Hicimos acampadas en el Parque Nacional Redwood, surcamos las olas de Florida y salimos de fiesta por Nueva York. Nuestra relación era como las típicas películas de Hollywood.

Al final, la emoción por conocer lugares, ciudades y distintas versiones de nosotros mismos se diluyó y decidimos que teníamos que encontrar un lugar en el que vivir juntos o poner fin a una relación en la que había amor pero no era físicamente posible. Tras mucho pensarlo y muchas noches de insomnio, decidí mudarme a casa de Jared en El Salvador. Por entonces él trabajaba como asesor web para un hostal en la pequeña ciudad pesquera de El Cuco.

“La ruptura en sí duró unos seis meses. Queríamos quedarnos con el recuerdo del amor que habíamos sentido en nuestra relación”

Aunque mudarme a El Salvador pueda parecer una decisión alocada del mismo estilo que las que habíamos tomado en nuestra relación hasta el momento, en realidad fue una decisión muy meditada. Estuve meses reflexionando sobre si me convenía mudarme por amor. Nuestra cultura me había inculcado que encontrar el amor es uno de los logros más importantes que puedes alcanzar en la vida. Una vez superada la barrera de los 30 años, estoy mucho menos influenciada por esa narrativa, pero por aquel entonces, no quise dejar escapar la oportunidad. Tuve que sacrificar gran parte de mi autonomía para hacer caso a mi corazón, y posiblemente eso fuera lo que acabó con la relación.

Hasta el momento en que me subí al avión, no estaba segura de la decisión que estaba tomando. Si echo la vista atrás, me doy cuenta de que igual pasaron meses hasta que empecé a ver que esa decisión la había tomado por mí y no por otra persona. En mi mente, esa mudanza iba a ser una breve visita. Tal vez un mes para ver si encajábamos o no, pero a medida que transcurrían los días y las puestas de sol en la playa eran cada vez más bonitas, la vida como expatriada me sedujo y renuncié a volver.

Durante un año y medio, estuvimos profundamente enamorados. Abrí una cafetería, nadaba en el mar todos los días y viví un cuento de hadas. Pasado ese año y medio, empecé a notar que no me sentía realizada. Me despertaba con ataques de pánico y ansiedad por miedo a haberme quedado atrapada en ese cuento de hadas el resto de mi vida. Después de varios meses de ansiedad, decidimos darnos un tiempo.

Ninguno de los dos éramos muy buenos comunicándonos, de modo que no llegamos a acordar las conduciones de esta “ruptura”. Fue más bien un “ya nos veremos”. En cuanto pisé suelo estadounidense, supe que ese “ya nos veremos” iba a alargarse mucho más allá de nuestra intención original.

Cuando abandoné la pequeña ciudad pesquera que había sido mi hogar durante más de un año, no se me pasó por la cabeza que pudiera ser el final definitivo de nuestra relación. Sin embargo, una vez acabado el cuento de hadas, acabó de verdad. Tenía 27 años y ya no veía el mundo de color rosa, sino algo más grisáceo. Empezaba a comprender que quería una vida diferente. Era más adulta y quería despegar en mi carrera profesional y en mi vida personal, no pensar solo en mí, sino en lo que podía aportarle al mundo.

“Tuve que sacrificar gran parte de mi autonomía para hacer caso a mi corazón, y posiblemente eso fuera lo que acabó con la relación”

Durante los siguientes seis meses, a los dos nos costó afrontar estos cambios. Discutíamos en largas llamadas de teléfono sobre cómo proceder y no dejábamos de mandarnos mensajes dolorosos por Facebook y correo electrónico. Estábamos dolidos, pero no teníamos claro por qué nos peleábamos. Lo mas duro de la ruptura para mí fue que no había sido por nada malo. No había ningún motivo concreto para dejarlo y, en el fondo, nos seguíamos queriendo muchísimo, pero cuanto más hablábamos, más irritante y confuso se volvía todo.

Ponerle fin a nuestra relación me parecía imposible. Quería dejar ir a Jared y empezar una nueva vida sin él, pero él seguía anclado a la idea de seguir juntos. Tal vez la única forma de solucionarlo era sentarnos y decirnos claramente qué es lo que esperábamos el uno del otro. Necesitabamos volver a vernos y, en vez de despedirnos con un ya nos veremos, decirnos adiós.

Cuando le propuse que nos reuniéramos en Colorado para hacer terapia, Jared estaba en México. Tras una conversación tumultuosa, accedió a volver a Estados Unidos y hacer terapia con el único psicólogo de mi ciudad, que resultaba ser el padre de mi mejor amiga. No es lo más recomendable, pero era nuestra única alternativa para guiarnos hacia la ruptura definitiva.

Era diciembre de 2015, cinco años después del inicio de nuestra relación, y Jared se sentó en el sofá conmigo para hablar de nuestros problemas. Hay que seguir cinco pasos para realizar correctamente una ruptura consciente: encontrar libertad emocional, reclamar tu autonomía y tu vida, romper el patrón (sanar tu corazón), convertirte en alquimista del amor y, finalmente, crear tu propio final feliz. No era exactamente como esperaba, pero sí que conseguimos nuestro final feliz particular.

Un amigo me dijo una vez que la esencia de la comunicación consiste en deshacer los nudos que se han formado en el lazo que te une con la otra persona. Según me dijo, cuando ya están todos los nudos deshechos, descubres que ambos sosteníais el extremo de una misma cuerda. La cuerda que Jared y yo compartíamos era nuestro amor, y se había retorcido a lo largo de meses de callarnos nuestros problemas, rencores y enfados.

“Por primera vez en nuestra vida, funcionamos como amigos. Gracias a eso, tuvimos espacio para bromear, hacernos reír y hablar de nuestras vidas”

No recuerdo cómo pactamos las normas de nuestro encuentro. El psicólogo nos dijo cuándo estaba disponible y simplemente acudimos. Durante una semana todos los días, nos sentamos tres horas aproximadamente en el sofá. Removimos la basura emocional que nos había impedido querernos y descubrimos que teníamos distintas necesidades y expectativas.

El sofá era una zona segura. Ahí podíamos ser sinceros el uno con el otro y el psicólogo nos ayudaba a descifrar nuestras emociones. A menudo nuestras conversaciones derivaban en discusiones, pero el psicólogo nos cortaba y nos recordaba nuestro objetivo.

Nos pidió que respondiéramos preguntas como ”¿Cómo es la persona que tienes en mente cuando piensas en Jared?” y “¿Cómo reaccionas ante esa expectativa?”. Contestando preguntas de ese estilo aprendimos más sobre cómo era la otra persona fuera de la relación. Estas sesiones de terapia nos permitieron estar presentes el uno con el otro de un modo que nunca había sentido en una ruptura. Me vi obligada a mirar a Jared como una persona independiente a mí y eso me recordó a la persona a la que había amado desde el primer día.

Después de cada sesión, Jared y yo íbamos a mi casa. Quedábamos con amigos, hacíamos la cena juntos y asistíamos a los eventos que hubiera en la ciudad ese día. Por primera vez en nuestra vida, funcionamos como amigos. No había romance entre nosotros. Gracias a eso, tuvimos espacio para bromear, hacernos reír y hablar de nuestras vidas.

El psicólogo nos puso deberes: “Haced senderismo” o “haceos la cena el uno al otro”. “Pasad tiempo juntos recordando a la persona de la que os enamorasteis”. No había distracciones en diciembre en mi ciudad, de modo que nos dedicamos toda nuestra atención y volvimos a conocernos.

Tras la quinta y última sesión, volvimos a decirnos “te quiero”. Aceptamos que en nuestra nueva vida tocaría explorar el mundo, pero también nuestro interior. Finalmente, asumimos que ese futuro que habíamos imaginado juntos no iba a ser posible.

“Tenernos el respeto suficiente para respetar nuestro espacio después de romper es una gran ventaja para pasar página”

El psicólogo nos dijo que dejáramos algo de espacio para comunicarnos durante las dos semanas siguientes. Nos dio un listado de preguntas sobre las que reflexionar y nos pidió que nos intercambiáramos las respuestas. Esas respuestas nos ayudaron a comprender lo que habíamos soportado en el pasado y cómo queríamos que fuera nuestra relación en el futuro. Fuimos sinceros sobre los aspectos tóxicos de nuestra relación y lo que esperábamos de ahora en adelante. Esos correos electrónicos fueron la conversación más sicera que había tenido con Jared en cinco años de relación. Una vez derribadas las barreras emocionales y confesadas varias verdades duras gracias a la terapia, fue más sencillo hablar de nuestras emociones y nuestras conversaciones se volvieron más profundas.

Al final de esas dos semanas, le mandé un correo a Jared con mis reflexiones finales: “Creo que cuanto más tiempo prolonguemos la relación, más difícil nos va a resultar pasar página”. Gracias a la semana de terapia, tenía la suficiente claridad de pensamiento para comprender por qué necesitaba que cortáramos.

Durante los dos siguientes años, Jared me siguió mandando algún correo esporádico. Me decía que me echaba de menos o me contaba una parrafada sobre su vida. Cada una de esas veces le dije que respetara mis límites y que me dejara en paz hasta que estuviera lista para ponerme en contacto con él. Entretanto, releía nuestras conversaciones y las procesaba. Quería recordar qué es lo que había hecho que nuestra relación fuera tan estupenda.

Hace una semana, me puse en contacto con Jared. Desde entonces, hemos vuelto a hablar y hemos reanudado nuestra amistad. Ya no salgo con hombres y Jared probablemente haya sido la última relación heterosexual que he tenido, pero tiene un gran valor para mí conocer a alguien que me ha visto evolucionar en un momento tan importante de mi vida.

Supongo que todas las rupturas son conscientes. No me parece justo juzgar cómo rompen las demás parejas, pero considero que tenernos el respeto suficiente para respetar nuestro espacio después de romper es una gran ventaja para pasar página y alcanzar un estado de calma emocional. A mí me funcionó.

Este post fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.