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07/01/2019 09:34 CET | Actualizado 07/01/2019 09:34 CET

Mi exmarido está casado con una amiga mía y ahora van a tener un hijo

PIXABAY

Mi exmarido me llama a las tres de la tarde. Lo primero que pienso es que algo va mal.

"Quería que te enteraras por mí primero: Kelly está embarazada".

Se me queda el aliento atascado en la garganta y aprieto sin querer la mandíbula, impidiendo cualquier tipo de reacción audible inteligible.

"Se lo acabamos de decir a los niños. Aún es pronto, así que todavía no se lo vamos a decir a nadie más".

Su esposa Kelly y él están en Kona (Hawái), en la misma isla en la que nos prometimos hace 20 años. Allí están los dos con nuestros hijos, los que tuvimos él y yo. Retrasaron el viaje hasta el 26 de diciembre para que yo pudiera pasar la Navidad con los niños antes de que se los llevaran durante 10 días.

Tenía la sensación de que habían estado probando la fecundación in vitro. Los niños me habían dicho que Kelly había salido dos o tres veces varios sábados por la mañana para ir a unas citas médicas misteriosas y urgentes.

¿Qué otro asunto llevaría a una pareja recién casada al médico varios sábados por la mañana en un periodo de dos meses para un servicio ambulatorio? ¿Implantes dentales? ¿Colonoscopias?

Tiene sentido que quiera tener sus propios hijos. Es 12 años más joven que yo, al fin y al cabo. También tiene sentido que él quiera tener hijos con ella. He visto cómo la mira. Así solía mirarme a mí.

Oigo el zumbido de mi calefactor encendiéndose mientras él espera que le diga algo, pero solo puedo pensar en cómo va a afectar el embarazo de Kelly a mi ya suficientemente frágil y a menudo incómoda relación con ambos. Me dan ganas de colgar y fingir que se ha cortado, pero percibo que su recelo va en aumento conforme yo sigo callada. El silencio entre ambos es irónicamente sonoro.

Di algo, Laura.

Quiero decir algo, pero por mi vida que soy incapaz de recordar cuál es la respuesta habitual para estos casos. Mi mente trabaja a toda máquina para intentar recobrar cierta compostura.

Nunca se lo he confesado a nadie, pero es la verdad. No quería que tuvieran un bebé porque eso significaría que tienen su propia familia sin mí.

"Enhorabuena", consigo decir. Me preocupa que haya sonado falso.

La cosa es que cuando pensé que estaban probando la fecundación in vitro deseé que no les funcionara. Nunca se lo he confesado a nadie, pero es la verdad. No quería que tuvieran un bebé porque eso significaría que tienen su propia familia sin mí. Desde que nos divorciamos hace cinco años, en ocasiones he sentido que mis hijos son un préstamo que les hacía a los dos para que pudieran completar sus pequeñas postales de Navidad.

Sin embargo, con un bebé, van a tener su propia familia legítima. Una familia de la que yo podría quedar completamente excluida. Una familia que podrían preferir mis propios hijos.

Esta idea me crea una sensación irritante de pánico existencial en la tripa. Si ya no soy su esposa y no soy la única madre de sus hijos, ¿quién soy?

Noto cómo me late más fuerte el corazón después de colgar. Las heridas del divorcio siguen recientes en lo que a mi amiga se refiere.

Conozco a Kelly desde hace más de 20 años. Fue una de las invitadas a nuestra boda 18 años atrás. En el videomensaje que nos envió, afirma entre risas que siempre tuvo nuestra relación en un pedestal y que quería para ella "todo lo que teníamos nosotros".

Durante un año tras el divorcio, quise llevar ese vídeo conmigo a todas partes y enseñárselo a todo el mundo para decir: "¿Veis? Esto es lo que tengo que soportar".

Pero no quiero denigrarla más. Ya empiezo a sentir una especie de simpatía barata. La mayor parte del tiempo, me gustaría olvidar que están casados, pero con esta nueva noticia, olvidarlo es imposible.

A la mañana siguiente, siento la imperiosa necesidad de llamar a mis hijos para ver qué opinan de la noticia. Quizás odien la idea de tener otro hermano. Quizás tengan miedo de lo que le pueda ocurrir a nuestra familia si su padre y Kelly tienen su propio hijo. Llamo al móvil de mi hijo mayor a las 10:30 de la mañana, esperando que sigan en la franja horaria de California.

La mayor parte del tiempo, me gustaría olvidar que están casados, pero con esta nueva noticia, olvidarlo es imposible.

Cuando me lo coge, me aclaro la garganta y hago acopio de fuerzas para preguntarle qué le parece la idea de tener un nuevo hermanito o hermanita. Sin embargo, me responde: "Papá y Kelly se han ido esta mañana; aún no han vuelto".

La ira me empieza a crecer en el pecho como un globo y amenaza con salirme por las orejas.

¡Qué irresponsables! ¿Cómo se atreven a dejar a un niño de 10 años al cargo de uno de 8?

"¿Se han ido? ¿Qué quieres decir con que se han ido? ¿Adónde?".

Me imagino a mi ex y a Kelly haciendo senderismo por la ladera de un volcán o desayunando en la cubierta de un yate, tomándose un mimosa y contemplando el amanecer.

"Creo que han ido al hospital".

Respiro de alivio. Ahora tengo un nudo en el estómago que palpita.

"¿Por qué? ¿Qué ha pasado?".

"No lo sé, algo con el bebé".

Cuelgo y marco el número de mi exmarido sin pensármelo dos veces. Es un número que tengo memorizado para bien o para mal y aún sigue siendo mi contacto de emergencia.

Me responde al primer tono.

"¿Sí?".

El sonido de miedo de su voz me resulta familiar y hace que me suba la sangre a la cabeza, sonrojándome las mejillas.

"Acabo de hablar con los niños. ¿Qué ha pasado?".

Trato de mantener la voz uniforme.

"Es Laura", oigo que le dice a alguien.

Me lo imagino caminando en círculos, tapando el micrófono del móvil y girándose hacia su esposa mientras lo dice. Me la imagino a ella tumbada a su lado vestida con un camisón fino y descolorido de hospital en una cama cubierta con papel en una sala de exploración.

"Tiene espasmos musculares. Empezaron anoche".

"¿Muchos o pocos?".

Oigo cómo salen las palabras por mi boca, pero estoy completamente desconectada de mi cuerpo, como si estuviera ida.

"Pocos", contesta, "pero son dolorosos y no remiten".

"¿Sangra?".

He activado el modo "doctora Cathcart" (mi padre es médico). Gracias a él, sé qué preguntas hacer y conozco el poder de mantener un tono suave y firme.

"La verdad es que no, el médico dice que puede ser infección de vejiga o algo así".

Suena desolado.

Me viene un recuerdo vívido a la mente junto con una repentina sensación de calma. Noto que se me relaja todo el cuerpo. Los ojos se me sosiegan y acuden unas pocas lágrimas cálidas.

Adopto el tono de voz que utilizo cuando les leo cuentos de buenas noches a mis hijos.

"¿Recuerdas la primera vez que me quedé embarazada? Tuve infección de vejiga. Es muy común en estas etapas tan tempranas. Estoy segura de que es eso. Al bebé no le pasará nada. Es algo completamente tratable".

"¡Eh, es verdad!". Suena estupefacto. Me imagino que vuelve a hacer eso, tapar el teléfono con la mano y girarse hacia su mujer.

"Laura dice que también nos pasó esto a nosotros. Dice que probablemente sea infección de vejiga. Dice que va a ir todo bien, que es totalmente normal".

"¿De verdad?". Su voz suena leve y lejana. "Cuánto tiempo duró?".

"No mucho", digo en voz bastante alta como para que me oiga en el caso de que hayan puesto el manos libres. "Dile que no se preocupe".

Me sorprende descubrir que las lágrimas han logrado escapar de mis ojos y ahora recorren libremente las mejillas.

Creía que deseaba que su intento de formar una familia fuera un fracaso absoluto y descorazonador.

"Dile que va a ir todo bien".

"Dice que va a ir todo bien, Kelly. Dice que no te preocupes".

Y así me di cuenta de cuáles eran mis verdaderos sentimientos por el hecho de que mi exmarido y Kelly fueran a tener un bebé. Creía que deseaba que su intento de formar una familia fuera un fracaso absoluto y descorazonador. Pensaba que quería sentir esa petulante sensación de superioridad de saberme la única mujer que podría engendrar a sus hijos.

Cierro los ojos y analizo mi cuerpo en busca de esas afiladas ansias de venganza que habían estado alojadas junto a mi corazón durante estos últimos años. Organizo rápidamente recuerdo doloroso tras recuerdo doloroso de la época posterior al divorcio y mis sentimientos de "comparación y desesperación", trato de recordar el desprecio y mis deseos de verles infelices. No obstante, me doy cuenta de que tan pronto como mi hijo me ha dicho por la mañana que algo iba mal, algo en mi interior ha cambiado, algo que aún no sé explicar.

Quiero que su bebé esté bien. Darme cuenta de esto me ha hecho darme cuenta también de algo que me sorprende aún más. Ya no me importa qué pasará conmigo si Kelly y mi exmarido forman su propia familia. Sin darse cuenta y sin haber nacido aún, este bebé ha disipado mi miedo egocéntrico a ser desplazada y reemplazada y lo ha convertido en algo mucho más sencillo de metabolizar: el perdón.

Este post fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.