Mi hermana murió embarazada. Dejad de preguntarme cuándo tendré hijos

Me da miedo haber perdido a mi hermana por la idea de que la vida de una mujer es incompleta si no ha pasado por la experiencia del parto.
Natasha Amar

La primera vez que dije en voz alta que no estaba segura de querer tener hijos fue hace seis meses, cuando tenía 31 años. Estaba en una conferencia por motivos de trabajo y me puse a hablar con una completa desconocida sobre la muerte de mi hermana cuando estaba embarazada de 5 meses. Le dije a esa desconocida algunas cosas que todavía no me había atrevido a decirles a mi marido —que tiene muchas ganas de tener hijos— ni a mis mejores amigos.

No suelo ir por ahí contando detalles de mi vida personal en entornos profesionales. De hecho, he sido siempre una persona introvertida y a veces tardo años en abrirme a alguien. Sin embargo, me resultó muy sencillo hablar con ella, una madre que me entendía y no me juzgó por lo que sentía.

Mi hermana de 29 años y su marido llevaban un par de años intentando tener un hijo. Los médicos le habían advertido de los riesgos con los que tendría que lidiar por la enfermedad renal crónica que sufría desde que era pequeña. Después de pasar toda la vida luchando contra esa enfermedad con medicamentos y tratamientos y sobreponiéndose a las recaídas, le habían dicho que no intentara tener hijos por el peligro añadido que suponía para su vida y por el riesgo de aborto espontáneo si lograba concebir.

Sin embargo, era una persona optimista con una fe infinita en un poder superior. El mismo poder que la había llevado a sobrevivir tanto, a casarse y a tener una vida feliz como profesora de primaria. Cuando alguien le preguntaba si tenía algún niño, sonreía y respondía: “Tengo muchos niños”, en referencia a sus alumnos, que la adoraban. Aunque era feliz, no era suficiente para ella. Quería tener sus propios hijos. Para mí fue frustrante no tener voto en esta decisión.

“Le habían dicho que no intentara tener hijos por el peligro añadido que suponía para su vida y por el riesgo de aborto espontáneo”

Yo tenía 17 años cuando ella y su marido decidieron ir a por el bebé. Aunque mi madre le imploró que pensara en las potenciales consecuencias, su decisión fue firme. Un año después, perdimos a nuestra madre de un paro cardíaco repentino. Yo me encerré en mí misma y mi hermana mayor siempre estuvo a mi lado para cuidar de mí, haciéndome mis comidas favoritas y llevándome de compras o a tomar chocolate caliente los días lluviosos.

Después de tres años, su deseo se hizo realidad y se quedó embarazada. Pese a que los médicos la habían advertido del riesgo que corría de sufrir un fallo renal grave, ella era optimista. Al principio, al menos. Pasados tres meses, las señales no eran positivas. Se encontraba débil, sus viejos síntomas volvieron a brotar y los médicos le aumentaron la dosis de los medicamentos. Incluso probó con el ayurveda (medicina tradicional india) y se reunió con gurús religiosos que le prometían milagros.

Conforme se le inflamó el abdomen y su salud empezó a deteriorarse, dejó de impartir clase y se quedó en casa. Me entristeció ver que era incapaz de hacer lo que más le gustaba.

Y entonces, una tarde, durante el quinto mes de embarazo, su suegra me llamó por teléfono. “Tu hermana te necesita”, me dijo. A lo largo de las dos siguientes semanas, pasé muchas noches en el hospital en el que estaba ingresada. Los días transcurrían en una mezcla de miedo a que sus riñones se debilitaran aún más y su enfermedad empeorara, confusión por el ir y venir de médicos y enfermeros y desesperación mientras esperábamos y rezábamos.

“No sobrevivieron ni ella ni su bebé. Durante meses, estuve sumida en la tristeza, la ira y la confusión”

Finalmente, su sufrimiento terminó. Estaba en la universidad cuando me llamaron para decírmelo. Una infección había acelerado el fallo renal y no sobrevivieron ni ella ni su bebé. Durante meses, estuve sumida en la tristeza, la ira y la confusión.

Ha pasado una década desde entonces y aún no he logrado entender por qué se empeñó mi hermana en tener hijos a sabiendas de que podía costarle la vida. Siempre me preguntaré si fue la obsesión social por la maternidad lo que hizo que mi hermana se sintiera presionada para tener hijos pese a las recomendaciones de los médicos. Me da miedo haber perdido a mi hermana por la idea de que la vida de una mujer es incompleta si no ha pasado por la experiencia del parto y se convierte en madre.

¿Por qué nos dice la sociedad que ser madres es lo que nos completa como mujeres? ¿Por qué no hay más gente que piensa en las implicaciones que tiene preguntarme cuándo voy a tener hijos? Como si tener hijos fuera la línea de meta de una carrera a la que ni siquiera sabía que me había apuntado.

Supongo que no es una pregunta poco frecuente que se les hace a mujeres que están en una fase de la vida como la mía: más de 30 años, casada desde hace más de 5 y con una buena carrera profesional. Parece como si mis familiares y amigos estuvieran observando y esperando. Para mí, esa pregunta lo que hace es abrirle la puerta a un torrente de recuerdos que no estoy preparada para afrontar, una puerta que he logrado mantener cerrada durante la última decada mientras me sacaba un máster, empezaba una carrera en el mundo de los viajes y me casaba con el que es mi mejor amigo y el amor de mi vida. Una puerta que conseguí mantener cerrada hasta los 30, la cifra que mi hermana no tuvo la suerte de alcanzar.

“Siempre me preguntaré si fue la obsesión social por la maternidad lo que hizo que mi hermana se sintiera presionada para tener hijos”

Cuando la gente me pregunta si tengo algún hermano, digo que no. A veces me siento culpable por estar ocultando toda una vida. Sin embargo, las historias tristes incomodan a la gente y no son temas de conversación agradables. Algunos de mis mejores amigos parecen haber olvidado que antes tenía una hermana, mientras que otros creo que no saben que no soy hija única ni mucho menos sospechan los detalles.

Me llevó mucho esfuerzo, pero renuncié a la ira. El tiempo te cura y te da otra perspectiva. Ahora tengo la madurez para respetar su decisión, ya que tenía todo el derecho a decidir qué hacer con su vida. A mí no me amarga la idea de la maternidad; simplemente, no estoy segura de que sea lo que quiero.

Nunca me han entusiasmado los niños. No es que no me gusten. Quiero mucho a los hijos de mis primos y me parecen adorables, pero no soy la clase de persona a la que llamarían para hacer de niñera. No me sale de forma natural ser paciente y maternal. No tengo ni idea de cómo hablarles a estos seres humanos pequeños y, en cierto modo, me siento incómoda cuando estoy rodeada de niños.

También está mi carrera como bloguera de viajes, una pasión que me hizo dejar un trabajo cómodo en el mundo de las finanzas y renunciar a unos ingresos fijos. Me resulta difícil imaginar que tendría que dejar de tener esa libertad para hacer la maleta y salir de viaje yo sola durante semanas o meses cuando me viniera en gana.

Mentiría si dijera que antes de perder a mi hermana sí que quería tener hijos. Yo solo tenía 21 años. Ahora me resulta imposible distinguir qué parte de mi reticencia proviene de mi propio temperamento y mi carencia de instinto maternal y cuánto de lo que le pasó mi hermana y de cómo culpo a la sociedad por sus creencias y sus convenciones, que quizás le costaron la vida a mi hermana. No puedo aceptar que mi vida sea menos valiosa si decido no tener hijos. Y si decido ser madre, quiero que sea por los motivos adecuados.

Quizás las personas nos convertimos en la suma de nuestras tragedias. Quizás deberíamos hablar sobre ellas más a menudo y abiertamente. ¿Qué otra forma hay de sacar a la luz las suposiciones implícitas de la pregunta que se les hace a las mujeres sobre cuándo tendrán hijos? Hay muchísimos pensamientos, recuerdos y miedos que se les pasan por la mente a las mujeres antes de sonreír amablemente y decir cualquier cosa para salir del paso.

Sigo recuperándome y no sé cuánto tiempo me llevará. Mientras tanto, no me vendría mal que la gente dejara de reabrirme las heridas, porque me niego a cargar con sus expectativas. Una pregunta que me gustaría más oír es: ”¿Eres feliz?”. Y entonces les respondería que estoy casada con un hombre maravilloso, que tengo una carrera profesional medianamente exitosa, que viajo por todo el mundo y, lo más importante, me siento más completa que nunca. Les diría que sí que soy feliz y, con suerte, con eso bastaría.

Este post fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.