Mi padre de 87 años era adicto al sexo y me ha hecho replantearme algunas cosas

Su intensa vida sexual ya me había sacado los colores durante mi infancia y sus tendencias se intensificaron con la demencia.

“A papá le van a hacer una prueba de ETS”, le dije a mi hermano, preocupada por la salud de mi padre, teniendo en cuenta su afición por el sexo y su enfermedad. Papá era un atractivo hombre de 87 años con demencia que se había quedado viudo después de 51 años de matrimonio.

Tras décadas viviendo en la Gran Manzana, mi regreso a Misuri con 42 años me obligó a afrontar la vida sexual de mi padre desde una nueva perspectiva. El sexo era un tema que mis padres nunca habían tratado conmigo y que, de hecho, me habían ocultado cuando era pequeña, en nuestro hogar católico. Le confiaron mi educación a una antigua monja de mi colegio católico para niñas donde tenía una asignatura llamada ‘El buen duelo y la sexualidad’. La combinación del sexo y la mortalidad que veíamos en las etapas del duelo de Elisabeth Kübler-Ross de repente se volvieron especialmente relevantes en mi mente a medida que empezaba mi nueva vida y mi padre llegaba al final de la suya.

Mi hermano, que es el apoderado de salud de mi padre, dijo que le echaría un vistazo al resultado cuando le llegara. Cerré los ojos y me recliné en el sofá. Un año antes, ese sofá estaba en mi estudio de Brooklyn y ahora estaba en la casa enorme que comparto con mi prometido, sus dos perros y sus tres hijos en los suburbios de San Luis.

A finales de 2017, me pedí una excedencia en mi despacho de abogada en Wall Street para cuidar de mi padre en Misuri. Durante la primera semana, lloré del estrés que me suponía gestionar los asuntos legales, médicos y financieros de mi padre, así como sus tareas pendientes en la recta final de su vida. También tuve que pedirle varias veces al amigote de papá que dejara de intentar venderle armas de fuego por su demencia.

“A medida que construía un futuro con mi marido y mi padre se aproximaba a su final, tuve que convertirme en la madre de mi padre”

Cuidar de mi padre era agotador. En un instante podía pasar de ser un hombre inteligente y desvergonzado que no paraba de contar chistes y batallitas de guerra a ser un niño de 4 años con berrinches. Se negaba a abrocharse el abrigo aunque hiciera frío, llevaba su dinero a la vista de una tienda a otra en vez de guardarlo en la cartera y rechazaba toda taza de café que no estuviera llena hasta el borde, que luego, por supuesto, derramaba mientras pedía “más, más, más”. Aprendí a distraerle con galletas y empecé a llevarlas siempre conmigo en el bolso.

Superada por las circunstancias, busqué una distracción con una aplicación para ligar que me condujo hasta Steve. Un domingo por la mañana, en un Starbucks a cinco minutos de la casa de mi padre, lo conocí en persona. Al llegar a casa, escribí en mi diario: “He conocido a mi marido”. Steve, por su parte, le dijo a su hermana: ”¡La he encontrado!”.

Mientras Steve y yo nos las apañábamos en nuesta nueva relación a distancia, mi padre empezó a hacer las maletas para mudarse a una residencia. Días antes de marcharse, hicimos nuestro paseo habitual hasta el buzón para revisar el correo. Le tendí mi brazo para que se agarrara y sujetó todas las cartas contra su pecho. Una vez dentro de casa, vi que intentaba esconder un paquete algo más abultado bajo un sombrero, junto a la entrada. Suspicaz, le recordé que los medicamentos se guardaban en el cuarto de baño.

“Este no”, me dijo, y cogió otra vez el paquete para esconderlo en otra parte.

“¿Son pastillitas azules?”, le pregunté, sabiendo que uno de mis hermanos ya había encontrado un bote de “pastillas para el rendimiento masculino” bajo una bolsa de ropa. En aquel momento, papá tenía tres novias a la vez. Tenía 84 años y no podía conducir.

“Sí, y me las voy a llevar a mi nueva casa”, zanjó. Llamó a sus amigos y les dijo que se iba a mudar a un burdel, lo que me hizo arrepentirme de haberle hablado de la proporción de hombres y mujeres de aquella residencia para ancianos.

En el nuevo cuarto de papá, hablé con la enfermera que le iba a gestionar la medicación cada día. En mitad de la conversación, cogí aire y contuve la vergüenza. “He encontrado otras pastillas. Las tiene escondidas en un calcetín, dentro de un zapato, en el armario”.

“Nosotros no les controlamos esos medicamentos”, me dijo la enfermera.

La autora y su padre en la boda de su sobrina en 2019.
La autora y su padre en la boda de su sobrina en 2019.

Papá se instaló en su nueva casa. Jugaba a los bolos y a las cartas con sus amigos veteranos de guerra, pero la hora feliz de los bares se convirtió en su actividad favorita del día. Tardó muy poco en hablarme de otra novia, Ellen, una mujer pequeñita de pelo corto.

Seis meses después de conocer a Steve, dejé Nueva York para vivir en Misuri. Una noche, acompañé a papá a su hora feliz. De camino al bar y desde el bar hasta casa, papá se paró a hablar con todas y cada una de las mujeres que se encontró. Ya en el bar, sentado a mi lado, le empezó a mandar besos a una exbailarina de 92 años, que le devolvió esos besos al aire hasta que su amiga le advirtió que papá no estaba soltero.

Papá rompió con Ellen porque, según él, se había quejado más en dos meses que mamá en 50 años. En agosto conoció a Ann, una excapitana del ejército que le contaba sus anécdotas con el general Douglas MacArthur y que cautivó a papá pese a la demencia que también ella sufría. Un mes después, hice una videollamada a papá antes de que se fuera a su hora feliz y me dijo: “Va a haber una nueva Clarkson en la familia”.

“¿Quién va a tener un bebé?”, le pregunté, creyendo, asustada, que una de mis sobrinas se había quedado embarazada por accidente.

“Nadie. ¡Ann y yo nos hemos prometido!”, celebró mi padre.

Cuando le pregunté por qué había esperado dos días para decírmelo, me respondió: “Quería asegurarme de que Ann recordaba que se lo había propuesto y que me había dicho que sí”.

Le di la enhorabuena sin saber muy bien cómo corresponder a su alegría y me dijo que la boda sería en diciembre.

“¿Para ahorrar en la declaración de la renta?”, le pregunté.

“No. Porque somos muy mayores”. Ann solo tenía tres meses menos que él y tenían una salud y capacidad mental similar.

Cinco días después del compromiso de papá con Ann, Steve y yo viajamos a París, donde me pidió salir bajo la Torre Eiffel. La cercanía de ambas fechas me hizo sospechar que a papá se le había ocurrido la idea de casarse con Ann cuando Steve lo visitó para contarle que iba a pedirme la mano.

De vuelta en Misuri, Steve y yo nos compramos una casa. Papá nos compró un regalo de boda: un juego de cristalería muy antiguo de una nueva viuda de su residencia. Cuando nos dio el regalo, le empezó a contar sus batallitas a Steve. Papá había trabajado como fontanero en el Club Playboy y dice que ayudaba a las ‘conejitas’ a ponerse y quitarse el corsé cuando se lo pedían. Hizo hincapié en lo mucho que le gustaban los pechos de esas mujeres. A Steve, claro, le costó mantener la compostura. Yo me puse roja.

“Papá me había forzado a crecer, a reflexionar y a comunicarme. Soy lo que soy gracias a él. Soy capaz de amar porque él me enseñó”

Al día siguiente, videollamé a papá. Estaba besando a Ellen (su ex) en mitad del pasillo mientras se dirigía a la habitación de Ann (su prometida).

Su demencia avanzaba. La de Ann también. Mientras papá olvidaba palabras y nombres de personas, a Ann se le olvidaba comer. Su familia la trasladó al ala de vida cotidiana asistida y prohibió que papá la visitara. Ella ya no tenía capacidad legal para dar su consentimiento.

“Le estoy rezando a Dios para que me lleve ya”, se lamentaba papá por teléfono.

Para distraerle, me lo llevé conmigo a hacer mis tareas. En la vuelta, paró a una mujer en el ascensor. Era una nueva residente, una viuda que flirteaba con él y decía que era un hombre “muy simpático”. Se dedicaron unos besos al aire y seguimos nuestro camino. A la semana siguiente, me presentó a Rita, que estaba tomando un café con él en el comedor y me dijo que papá era “encantador” y “fascinante”.

Después de un viaje a la tienda de comestibles, hablé con la mujer de recepción. Me había ayudado mucho cuando papá llegó a la residencia y seguíamos hablando a menudo.

“Ojalá mi madre hubiera vivido aquí también”, le dije.

“No te sientas mal. Tu padre es muy sociable”, respondió.

“Mamá también habría socializado”.

“No. Lo que quiero decir es que tu padre es MUY sociable”.

Entendí el eufemismo. Las tendencias de papá se intensificaban con la demencia y había que hacer algo al respecto. Su intensa vida sexual ya me había sacado los colores durante mi infancia, pese a los intentos de mis padres por escudarme. Todas mis sospechas se vieron confirmadas cuando era una veinteañera y por fin me atreví a reprocharle que le hubiera puesto los cuernos a mamá con una de sus amigas. Mis propios ligues antes de Steve eran hombres mujeriegos, que bebían mucho y que eran incapaces de comprometerse con una sola mujer, un reflejo de mi padre.

Sin embargo, a medida que la salud de mamá se deterioraba, vi a mi padre cuidando de ella y llevándola al baño día y noche. Mamá me dijo que yo necesitaba a un hombre que estuviera dispuesto a hacer lo que hacía papá por ella, y que del resto ya podría encargarme yo misma.

A raíz de la muerte de mi madre, aprendí a aceptar a mis padres con sus defectos y sus errores, y me di cuenta por fin de que no tenía por qué buscar una versión más joven de papá en los chicos. Steve era un hombre distinto a todos los que había conocido. Es cariñoso, humilde, trabajador y consciente de sus virtudes y limitaciones. Además, tenemos un pasado similar y una trayectoria espiritual sorprendentemente paralela. Tiene una ética del trabajo que admiro y una sonrisa muy cálida.

A medida que construía un futuro con mi marido y mi padre se aproximaba a su final, nuestro papel de padre e hija se invirtió. Tuve que convertirme en la madre de mi padre. Me preocupaba por él y por el alarmante aumento de infecciones de transmisión sexual entre los ancianos de la residencia y tenía miedo de tener que decirle a mi padre: “Papá, tengo que contarte el cuento de las flores y las abejas”.

Sin embargo, la pandemia hizo que en 2020 sus pastillas azules se tuvieran que quedar olvidadas en el calcetín. En noviembre, fue hospitalizado en el ala de covid por unos problemas respiratorios. Durante ese ingreso, una enfermera llamó a mi hermano para quejarse de que papá la había besado a través de la pantalla protectora del EPI. Mi hermano le dijo que lo vigilara bien, porque tenía la mala costumbre de tocarles el trasero a las mujeres atractivas y que es incapaz de entender que no está bien hacerlo. Su demencia y su edad le impedían aprender la diferencia entre flirtear y acosar.

Días después, mi hermano y yo nos sentamos junto a la cama de nuestro padre, al que le habían dado solamente unas horas más de vida. Entró una enfermera a la habitación.

“Gracias por cuidar de nuestro padre”, le dije.

“Ha sido un placer. Cada vez que lo visitaba, me decía que soy muy guapa”, respondió.

Meneé la cabeza y sonreí bajo la mascarilla. Estaba segura de que mi padre había agradecido su compañía durante esa última semana en el hospital.

Al salir la habitación, me quité el EPI y le escribí a mi marido: “Teníamos que despedirnos. Ya vamos para casa”.

Al guardarme el móvil en el bolso, empezaron a pasar por mi mente recuerdos de mi padre como si fuera una película. Mi relación con él había sido complicada, a veces sin darme cuenta. Al final, esa rabia que me hacía sentir por él se transformó en un profundo amor.

A la mañana siguiente, mi hermana me mandó un mensaje: papá había fallecido durante la noche. Cuando leí el mensaje, Steve estaba a mi lado en el sofá. Le pasé el móvil y me empezaron a caer las lágrimas. En cuanto abracé a mi marido, sentí una ola de gratitud inesperada por mi padre, como si todas nuestras diferencias por fin tuvieran sentido. Me había forzado a crecer, a reflexionar y a comunicarme como nunca me habría imaginado. Soy lo que soy gracias a él. Soy capaz de amar porque él me enseñó.

Levanté la vista del móvil y vi a mi hijastro adolescente jugando con el perro. Vi fotos de mis padres, de los padres de mi marido y de Steve con sus hijos. Mi vida ahora era perfecta. Había completado el ciclo. Estaba de vuelta en Misuri, pero esta vez, gracias a papá, mi corazón estaba de una pieza y yo me encontraba rodeada de mi familia, con una pareja que me apoya de una forma que nunca antes le había permitido a nadie.

Este post fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

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