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10/10/2020 21:35 CEST | Actualizado 10/10/2020 21:35 CEST

Mi padre murió de coronavirus y Trump acaba de mearse en su tumba

¿Qué le pasa en la cabeza a este hombre y cuántas personas van a morir mientras se niegue a poner a las personas por delante de su partido?

KRISTIN URQUIZA
La autora con su padre en 2017.

Creo que Donald Trump es la persona más peligrosa del mundo. También creo que es el hombre más cruel. ¿Qué clase de monstruo presencia una pandemia que mata a 210.000 personas en su país en ocho meses, recibe el mejor tratamiento disponible tras sus irresponsabilidades y tiene las narices de pedirnos que no nos preocupemos por el coronavirus y que no dejemos que esta pandemia domine nuestra vida? No creo que exagere si digo que eso es el equivalente a mearse en la tumba de todos los estadounidenses, incluido mi padre, Mark Urquiza, que no tuvo el lujo de recibir el mismo tratamiento médico puntero que él.

Los síntomas que dijo tener Trump antes de ir al hospital (fiebre leve, fatiga, escalofríos y tos) son inquietantemente similares a los que tuvo mi padre, pero ahí acaban las similitudes. A diferencia del presidente, mi padre, un trabajador esencial de la industria manufacturera, no fue ingresado en el hospital porque no estaba suficientemente grave. Le dijeron, al igual que a decenas de miles de personas, que se fuera a casa y volviera solamente si no podía respirar. Cada persona a la que no admiten en el hospital pierede un tiempo de oro para adelantarse al virus, darles descanso a sus pulmones y recibir un tratamiento más adecuado para salvar la vida. A cada persona a la que envían a casa le toca esperar, preocuparse y desear que no se agrave la infección y no contagie a su familia.

Trump, por el contrario, ingresó en el hospital un día después de dar positivo en coronavirus (si nos creemos la dudosa cronología que ha hecho pública la Casa Blanca), donde recibió un tratamiento puntero con medicamentos que aún no están disponibles para la población general, además de vigilancia en todo momento por parte de un equipo enorme de médicos y enfermeros. No contento con limitarse a agradecer la suerte de recibir ese servicio y estar curándose para seguir liderando nuestro país (si es que ha empezado en algún momento), salió del hospital el domingo por la noche para saludar a sus simpatizantes desde su coche blindado y hermético, exponiendo al agente del servicio secreto que iba con él en el coche. Pero Trump puede hacer esa clase de cosas porque es el presidente, y como tal, no solo recibe lo mejor de lo mejor en todo, sino que además nos lo restriega en la cara mientras nos dice que no tengamos miedo de algo que está matando a nuestras familias y amigos, después de haber destrozado tantas vidas y puesto patas arriba nuestro país social y económicamente.

No creo que exagere si digo que eso es el equivalente a mearse en la tumba de todos los estadounidenses

Las personas corrientes, como mi padre, un republicano de toda la vida que creyó a Trump cuando dijo que no se preocupara por el coronavirus, no tuvo acceso a la misma atención médica que Trump y los miembros de su Gobierno. Ahora mi padre está muerto, y no está solo.

Sirva como ejemplo el caso de la madre de Fiana Tulip, Isabelle Papadimitriou, que murió el 4 de julio después de una semana luchando contra la Covid-19. Isabelle era trabajadora social y había pasado 30 años de su vida ayudando a otras personas a respirar como terapeuta respiratoria. Cuando contrajo el coronavirus de una de sus pacientes, no tuvo el lujo de ir al hospital porque los servicios de Texas estaban saturados.

Los cuidados que recibió Trump tampoco los recibió Juan Reyes, el padre de Marcos Reyes, que murió el 4 de septiembre. Juan era un refugiado que soportó torturas en Cuba y huyó a Estados Unidos en los años 80, cuando obtuvo la nacionalidad y se convirtió en un orgulloso miembro del Partido Republicano. Juan, un hombre sano e independiente de 84 años, empezó a notarse síntomas de coronavirus en agosto. Acudió a su clínica en Miami para hacerse un test y le dijeron que le darían los resultados en 14 días. Una semana después, antes de que hubieran llegado los resultados, ingresó en el hospital porque no podía respirar. Poco después, lo intubaron y murió.

Isabelle, Juan, y mi padre son tres de las más de 210.000 personas que han fallecido en Estados Unidos a causa de este virus. ¿Cuántos de ellos estarían vivos ahora mismo si hubieran recibido una parte de los cuidados que ha recibido el presidente o sus amigotes?

¿Cómo puede alguien sufrir el coronavirus y acabar con menos compasión que antes?

Es más: ¿cuántas de esas 210.000 personas no se habrían infectado si hubieran recibido información veraz, inteligente y basada en la ciencia sobre el coronavirus en vez de esos informes chapuceros y conflictivos que hemos intentado interpretar con la esperanza de mantenernos sanos? ¿Cuántos de esos 210.000 muertos seguirían entre nosotros si la pandemia no se hubiera convertido en un arma arrojadiza para las personas a las que confiamos nuestras vidas? ¿Cuántos de esos 210.000 no habrían muerto si Trump y quienes le han seguido la corriente no se hubieran esforzado tanto en fingir que esta enfermedad mortal no era para tanto solo para mantener la economía a pleno rendimiento y convencernos de que lo reelijamos en noviembre?

Ahora está más claro que nunca: si lo reelegimos, estamos condenados.

Pero no os lo creáis porque os lo diga yo. Científicos de la Universidad Cornell publicaron un estudio por el que concluyeron que Trump había sido el mayor desinformador del mundo sobre el coronavirus. Este hombre ha hecho todo lo que ha podido por minimizar la pandemia y así seguirá, sin importarle cuántos de nosotros muramos con tal de seguir siendo él el presidente otros cuatro años. Seguirá haciendo lo que esté en su mano por hacernos creer que no debemos tener miedo y que el coronavirus no debe dominar nuestra vida, aunque él mismo hizo lo contrario al ir al hospital por lo que supuestamente eran unos síntomas muy leves.

A estas alturas, nada que haga Trump me va a sorprender. De hecho, no me sorprendería nada que el presidente dijera que mi padre y los demás fallecidos por coronavirus son unos “perdedores” y unos “imbéciles”, tal y como llamó a los militares que han fallecido protegiendo nuestro país. O sea, eso es básicamente lo que ha dicho hasta ahora, ¿no? No hay que tenerle miedo al coronavirus, y si lo tienes, eres idiota, y si no te curas como él es porque evidentemente no eres un tío tan duro como él.

Después de todo lo que hemos pasado, en parte gracias a este hombre y su administración, nos merecemos algo mucho mejor. ¿Cómo puede alguien sufrir el coronavirus y acabar con menos compasión que antes? ¿Qué le pasa en la cabeza a este hombre y cuántas personas van a morir mientras se niegue a poner a las personas por delante de su partido? ¿Por qué sigue anteponiéndose a toda la humanidad?

¿Cuántos de esos 210.000 muertos seguirían entre nosotros si la pandemia no se hubiera convertido en un arma arrojadiza para las personas a las que confiamos nuestras vidas?

¡Y la cosa no acaba ahí! Sabemos que el presidente sigue siendo contagioso a estas alturas y que debería pasar dos semanas más de cuarentena para evitar contagiar a más gente, al igual que yo misma tras haber estado expuesta al coronavirus la semana pasada cuando estuve en la misma habitación que Donald y Melania Trump en el debate presidencial. Pero, en vez de tener cuidado con las vidas de los demás y quedarse encerrado como debería, salió de paseo en coche y, al llegar a la Casa Blanca, se quitó la mascarilla, poniendo en peligro a todos los que trabajan ahí. Temo por los asistentes del hogar, los cocineros, los conserjes y el personal de mantenimiento, la mayoría de los cuales sospecho que son personas de color que no tienen más opción que ir a trabajar en ese entorno poco seguro. Tal y como publiqué el pasado viernes, su conducta es más que irresponsable. Es criminal. Sabe que está poniendo vidas en peligro y le da absolutamente igual.

A los republicanos parece que también les da igual, y como no hay ninguno dispuesto a arreglar este desastre que sigue desolando nuestro país, es nuestro turno. Ya he perdido a mi padre por este virus (y por la negligencia y crueldad de la gente que supuestamente nos protege) y me niego a perder a más seres queridos. Me niego a perder mi país. Me niego a perder más años de mi vida mientras nuestros líderes se dedican a sus juegos políticos en vez de aplicar el sentido común y la ciencia.

Esta enfermedad ya domina mi vida. Y sí, tengo miedo. Pero estoy intentando agarrar mi miedo y convertirlo en algo más poderoso: la esperanza. Y espero que más gente se una a mí.

 

Este post fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel templeman Sauco.

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