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09/06/2020 08:28 CEST | Actualizado 09/06/2020 08:56 CEST

Mi primera inauguración pandémica

Y tú que habías venido a apoyar al artista, a abrazar a los colegas y beberte unas birras gratis, te encontrabas concentrada en la exposición. Por una vez, viendo arte.

Rebeca Marín

Las primeras veces de la cotidianidad tras el confinamiento son siempre difíciles por extrañas, nuevas e intrusas en tu vida, como cuando te deja un novio o pierdes a un ser querido. No las reconoces, son experiencias robadas que pertenecen a otras personas, a otras vidas. Todo te recuerda al pasado y todo pasado que tu mente recuerda se mantiene feliz, idílico e irreal.

Y arrastrando esta maleta de recuerdos prejuiciosos acudí ansiosa, curiosa y expectante a mi primera inauguración de arte pandémica. Experimenté esa nueva normalidad artística en mis carnes, cubiertas parcialmente por una mascarilla, aunque no sólo por ella.

A las puertas de la galería Fernando Pradilla no había nadie; una o dos personas, con sus rostros cubiertos, entraban discretas. Los corrillos de risas a la entrada habían desaparecido, los saludos entusiásticos, los besos sonoros y abrazos apretados, los derroches de amor, cuánta locura que diría Ana Belén, se habían sustituido por el ridículo choque con los coditos, una imitación cutre del currado saludo entre dos raperos de los noventa. 

Nada más entrar, un inmenso cuadro, de más de tres metros por dos y pico, te recibía. El retrato de Raquel, una de las mujeres protagonistas de la obra del artista Juan Francisco Casas. Una rubia imponente, colosal, que te miraba sin mascarilla, desafiando al virus y a toda la gente que, desde abajo, la observábamos abrumados, pequeños, vulnerables y temerosos de que el arte, irónicamente y por una vez, fuese contagioso. 

Rebeca Marín

Una exposición pandémica, espléndida y esdrújula formada por distintas mujeres, personajes desnudos como las salas que, paradójicamente, vestían y completaban un aforo raquíticamente obligado. Figuras barrocas que contrastaban con el minimalismo de las salas casi vacías. 

Las expresiones de las caras de la gente quedaban borradas por las mascarillas y eran sus ojos, los únicos faros que contenían las emociones. Emociones ahogadas en el silencio. Ese bullicio de la celebración había sido sustituido por comentarios aislados, amortiguados en material quirúrgico. 

Un ambiente inquietantemente calmado, como la procesión de la Santa Compaña de Cuerda en El bosque animado. Así avanzábamos de obra en obra, con la quietud de las ánimas observando los retratos místicos de las modelos de los cuadros con la pose de LaMagdalena. Y por un instante, caías en la cuenta de que ese silencio arropaba la exposición, y por un breve momento, no echabas de menos las voces y las carcajadas, las conversaciones multiplicadas. Te dabas cuenta de que ese silencio culminaba la obra, te invadía por dentro, incluso, lo disfrutabas.

Rebeca Marín
Una obra de Juan Francisco Casas. 

Y tú que habías venido a apoyar al artista, a abrazar a los colegas y beberte unas birras gratis, te encontrabas concentrada en la exposición. Por una vez, viendo arte. Sumergiéndote en la vida de Artemisia Gentileschi, la pintora barroca que fue violada y silenciada durante años, y en la que está basada la muestra. Escuchando el grito feminista, que resonaba más que nunca en la oquedad de las salas. Entonces eras consciente de que la galería había dejado de ser un garito para volver a su esencia, a exponer proyectos, a inspirar ideas. Ahora ya no hay distracciones, relaciones sociales, conversaciones banales o profundas que te desvíen del único objetivo, ver arte y con suerte, conseguir ventas. 

Quizás no hagan falta muchas voces, muchas risas y muchos besos, sino unos pocos ojos que no se distraigan y compren.

De cuando en cuando y entre pieza y pieza, la tristeza te invadía pensando en los cuatro años de trabajo que el artista había empleado para que sólo un puñado de personas admiraran ese día su trabajo. Pero quizás no hagan falta muchas voces, muchas risas y muchos besos, sino unos pocos ojos que no se distraigan y compren. Y el disfrute o la venta dé sentido al tiempo, a cuatro años de espera. 

Las inauguraciones han mutado, se han transformado, ya no son una fiesta.

Se han convertido en una celebración con sordina, ahogada en mascarillas en vez de alcohol. Pero señoras y señores “Non Piangere” como reza la exposición, “no lloren”, mientras haya ganas, habrá fiesta, eso sí, será un poco más tarde en una terraza y pagando las cervezas. Allí precisamente acabó mi primera exposición pandémica. 

En palabras del artista “que la mujer se dedique al arte es un acto heroico”, yo añado, “que una inauguración en estas circunstancias cautive, es un triunfo”.