Miguel Ángel Blanco y la memoria

Cuanto más sepan nuestros jóvenes, cuanto más conozcan, más libres serán.
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Manifestación en la Puerta del Sol en Madrid el 14 de julio de 1997, un día después del asesinato de Miguel Ángel Blanco
Manifestación en la Puerta del Sol en Madrid el 14 de julio de 1997, un día después del asesinato de Miguel Ángel Blanco
Sergio Perez (REUTERS)

Pienso mucho en la mente de un niño: un libro en blanco, con todo por descubrir; con todo por aprender. Su ingenuidad, las ganas de explorar… Y su fragilidad. Sus cabecitas están ansiosas de sabiduría y considero que nuestro deber y responsabilidad, como padres, como sociedad, es el de darles las herramientas que estén en nuestras manos para que así sea. Cuanto más sepan, cuanto más conozcan, más libres serán.

Por eso estos días me parece desgarrador el dato que se vincula al 25 aniversario de Miguel Ángel Blanco: el 60% de nuestros jóvenes no sabe ni quién fue ni qué implicó su asesinato. Entiendo que detrás de ese porcentaje todavía colean las consecuencias de aquellas frases que muchos conocimos de primera mano después de un asesinato por parte de ETA -aquel ‘algo habrán hecho’ para referirse a los asesinados-, que ha provocado que durante décadas se mire a otro lado cuando se trata de afrontar y superar cómo los terroristas mancharon con sangre la historia.

También entiendo que, como país, España ha sufrido un trauma colectivo de forma que “el fin de ETA fue tal alivio que hemos relajado la necesidad de transmitir a las nuevas generaciones lo que supuso”. Florencio Domínguez, director del Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo de ETA, lo decía claramente hace unos días en La Ser, donde apuntaba al hecho de que los jóvenes de ahora “no han tenido vivencias directas relacionadas con el terrorismo”, y cómo eso es “una victoria del Estado”.

“El final de ETA, que vivamos en paz, es una victoria del Estado y por eso necesitamos que las nuevas generaciones sepan qué pasó.”

Pero precisamente por eso, porque el final de ETA, que vivamos en paz, es una victoria del Estado, necesitamos que las nuevas generaciones sepan qué pasó.

Este país vivió años de terror, de pánico. La gente vivía con miedo. La gente huía de sus hogares, dejando atrás todo, por miedo a ser asesinados por no compartir los objetivos de ETA, por no claudicar a sus chantajes. Y eso nuestros jóvenes tienen que conocerlo. Tienen que grabarlo en sus memorias para valorar la libertad, la paz de la que disfrutan en la actualidad. Porque ellos, nosotros, podemos vivir sin el miedo de entonces gracias a titánicos esfuerzos de quienes defendieron la democracia con su vida y de quienes defendieron y defienden la democracia con la palabra, con la política.

El secuestro y esperpéntico asesinato de Miguel Ángel Blanco fue un punto de inflexión. El espíritu de Ermua encarnó muchas cosas: por fin se perdió el medio a mirar a la cara a los terroristas y decirles que ya, que ya se había acabado eso de imponer su cultura del asesinato, de amedrentar. Pero el espíritu de Ermua también encarnó la rabia, la ira, de todas las víctimas y sus familiares previas a Miguel Ángel Blanco. Aquellas manos blancas que recorrieron toda España representaron también a las que años y años atrás tuvieron que esconderse.

Ermua se echa a las calles el 25 de julio de 1997 tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco por parte de ETA.
Ermua se echa a las calles el 25 de julio de 1997 tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco por parte de ETA.
AFP Contributor via Getty Images

Construyamos memoria colectiva. Creemos espacios que narren un episodio tan oscuro para nuestro país como fueron los años del terror de ETA e instemos a nuestros jóvenes a visitarlos. Busquemos espacios objetivos, demos relevancia a nuestras víctimas y, de esta manera, crearemos una conciencia histórica en la sociedad.

Un último reclamo en una fecha como la de hoy: las víctimas de ETA no pertenecen a ningún partido político. Ni las víctimas ni sus familiares. Es agotador y frustrante ver cómo determinados partidos hacen suyos a nuestros asesinados en aras de sus viles objetivos políticos. Eso no ayuda a la memoria. Eso mina la memoria y desvía del objetivo vital de honrar a nuestros muertos y contribuir a que no sea más que eso, historia de España.