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26/12/2020 13:10 CET | Actualizado 26/12/2020 13:10 CET

'Moffie': El mandato de virilidad

Asistimos a todo ese proceso que le lleva a guardar silencio, a esconderse: el eterno armario de quienes tiemblan cuando se reconocen.

Moffie, basada en una obra autobiográfica del novelista Andre Carl van der Merwe, es una hermosísima película que nos cuenta una historia particular pero que, al mismo tiempo, trasciende el momento y el relato concreto para hablarnos de algo universal. La historia particular es la de Nicholas, el joven blanco y homosexual que es obligado a alistarse en las Fuerzas de Defensa de Sudáfrica en la frontera con Angola. Estamos en 1981, cuando el el Gobierno de la minoría blanca de Sudáfrica estaba envuelto en un conflicto en su frontera con la Angola comunista. Todos los varones blancos sudafricanos aptos entre 17 y 60 años debían completar dos años de servicio militar obligatorio.

La universal es la relacionada con cómo la masculinidad se ha ido forjando a través de una serie de entrenamientos, prácticas y exhibiciones mediante las cuales los varones hemos tenido que ir ajustándonos a unas expectativas de género. Todos los rituales mediante los que hemos ido poniéndonos la máscara que nos habilita para convertirnos en hombres de provecho tienen en común tres elementos: la socialización para el dominio, la legitimidad de la violencia, la negación de lo femenino. Un triángulo cuyos vértices se abrazan mediante el peso que la fratría tiene como espejo y como pasaporte: la instancia colectiva que certifica que hemos hecho el conveniente ejercicio de aprendizajes y renuncias para ocupar el espacio que nos corresponde. Es así como disciplinamos el alma y muy especialmente el cuerpo. Cuerpos masculinos preparados para la acción, para el heroísmo, para la productividad, para la conquista. Cuerpos que huyen de la caricia, del tacto, de la piel vulnerable que habla. Marica, maricón, nenaza. Moffie, moffie, moffie.

Cartel del la película 'Moffie'. 

Todo ese proceso de construcción de lo masculino, entendido como una suerte de cultura que nos marca como si fuéramos parte de una ganadería, está perfectamente contado en la película del sudafricano Oliver Hermanus, la cual pone el foco en uno de esos espacios que tradicionalmente han servido para la forja de la virilidad: los ejércitos. En este caso, además, en un contexto en el que se suman dos supremacías, la blanca y la masculina, las cuales se alían y se multiplican para erradicar al “otro”, sea un negro o un homosexual. Con Nicholas, el protagonista, asistimos a todo ese proceso que le lleva a guardar silencio, a esconderse: el eterno armario de quienes tiemblan cuando se reconocen. Ese chico de mirada hermosa y de flequillo travieso siente como un látigo las palabras del militar que los entrena para la guerra y para, en definitiva, el ejercicio de la masculinidad. “De las costras sacaremos hombres”. Un sargento de hierro, un general machote, la virilidad en las botas y en el uniforme. Y todos a una, la fratría entera, invocando la palabra de la que deben huir, todos alineados, como si fueran a desfilar delante de las autoridades, gritan “maricón, maricón, maricón”. Eso es lo que espera el padrastro cuando Nicholas vuelve hecho todo un hombre. Ahora podemos beber juntos, le dice como si le entregara la llave que ellos solo saben usar. Ritual de hombres que se reconocen, pacto de iguales que se transmiten el poder. Mientras, al lado, la madre, en un lugar secundario, fuera del pacto,  busca la mano de él y con solo un roce, el tacto, el milagroso tacto, dice, entiende y ama.

Moffie, afortunadamente, no nos deja en el pozo. Al contrario, nos da las claves para, como mínimo, encontrar la salida

Aunque la película pierde intensidad y pulso narrativo en los momentos en que nos conduce al campo de batalla, Moffie es una de esas películas que remueven y que emocionan, sin estridencias, a través de momentos y detalles que nos bastan para saber qué está sintiendo Nicholas, de dónde viene y por qué la dulzura de sus ojos parece a punto de volverse agria. Basta apenas un episodio, uno de los mejor narrados de la cinta, para comprender por qué desde niño él no ha hecho sino esquivar los espejos perversos que los demás le ponían delante con ánimo acusador. Enfermedad, pecado, delito: un depravado. De su mano, o casi mejor, de la mano de su mirada, nos hacemos también cómplices de su historia de amor, apenas contada con tres detalles, incluido ese final, tan lejano del romanticismo que podríamos esperar, y tan frío incluso como el agua en la que se bañan los protagonistas. Quizás porque la vida, entonces y ahora, apenas si permite esa agridulce sensación del sol cálido y mar helado. 

Moffie, afortunadamente, no nos deja en el pozo. Al contrario, nos da las claves para, como mínimo, encontrar la salida. La que podemos detectar en una de las escenas más bellas de la película, cuando bastan una mano, dos rostros, una caricia, el tacto, para explicarnos dónde está la puerta que nos llevará a los hombres, tan machotes, tan viriles, tan luchadores, a reconciliarnos con el vulnerable animal que somos. El tacto, la piel, el cuerpo frágil, como objeción de conciencia frente al mandato de virilidad.

 

* MOFFIE se puede ver en la plataforma FILMIN.

Este artículo se publicó originalmente en el blog del autor.