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21/04/2019 12:48 CEST | Actualizado 21/04/2019 12:48 CEST

'Mrs. Dalloway', un palpito, una sensación, una incertidumbre

Sergio Parra
Blanca Portillo en 'Mrs. Dalloway'.

Mrs Dalloway está siendo una obra muy controvertida en el Teatro Español. Es vista con cierto reparo por gran parte de la crítica, y con gran escepticismo por una amplia mayoría del público. Un público que acude masivamente porque la protagoniza una buena actriz muy querida, Blanca Portillo, se programa en este prestigioso teatro y se basa en una novela de Virginia Woolf. Es decir, que tiene una importante coartada cultural. Aunque tal vez las valoraciones de crítica y público se deban a que esta propuesta no juega al teatro, a hacer teatro, sino que es teatro. Un teatro vivo que se enfrenta al reto de poner en escena el conocido recurso literario de la autora, el flujo de conciencia, que desde el siglo XX se presupone que representa la forma en la que los humanos nos pensamos y autorepresentamos. Recurso que no se usa por un capricho formal ni en la literatura ni en el teatro.

La sensación desde la butaca, cuando uno no se siente interpelado por la obra o no cubre expectativas, es que se asiste a la construcción de un collage donde lo que ocupa espacio y tiempo es premeditadamente azaroso. Es decir, que lo que sucede parece dejado aquí y allá, como al azar, pero a conciencia. Y, claro, al cabo de un rato, uno se cansa de ver números, escenas, unas cortas y otras largas y el interés por lo que se ve y se oye o lo que cuente desaparece. Esta sensación será mucho mayor en el caso de aquellas personas que mantengan la canónica interpretación del libro. La que habla de lo tocado que deja, a los individuos y a la sociedad, una gran guerra como fue la Primera Guerra Mundial, que espere ver el cierre de una época y el comienzo de otra.

Nada de eso es contado en esta versión que empieza con los personajes ocupando literalmente el espacio saliendo desde una puerta del fondo, una de las imágenes más impactantes de la función pues lo hace con muy pocos actores para el gran escenario del Teatro Español. Se presenta así la protagonista y señora de la casa, cuenta su reciente recuperación de una larga enfermedad, que le ha llevado a aislarse en una habitación, y que ese día está organizando una gran fiesta. A partir de aquí, una conversación, una palabra remiten, sin quererlo al pasado, al presente o a un tiempo indeterminado en el que resulta incómodo situarse, en el que se suceden monólogos o conversaciones entre los distintos personajes. Poniendo dificultades para que la mente narrativa que nos atenaza construya un relato, una historia.

No, no es ese el interés de la obra. No hay relato posible en este montaje, aunque es cierto que hay principio, desarrollo y fin. Esta obra es un pálpito, una sensación, una incertidumbre. Hermosa esa imagen en la que todos los actores hacen un ligero movimiento, un pequeño espasmo, como un latido fuera de ritmo, que tan bien marca la función (y tan alejada del baile final de la escena). Recurso del que su directora, Carme Portaceli, no abusa, consciente de que la vida se nota así, una leve arritmia en el ritmo biológico y social.

Es el pálpito que entenderán muy bien todos aquellos que durante toda su vida (o una parte de ella) se levanten y se acuesten con la misma pregunta: “Hoy ¿vivo o no vivo?” Pensando en la vida como un acto consciente, una decisión propia (que se podría decir parafraseando el título otra obra de la Woolf). Una pregunta tan comprometida que no se puede responder ni rumiar sin el concurso de los otros. Lo que los otros dijeron, dicen y dirán, lo que con los otros sucedió, sucede y sucederá. Esa rumiación que construye una voz que solo quien la tiene la conoce, pues se encuentra en un lugar donde los otros no llegan, a donde no se les deja llegar. Territorio muy propio vedado antes a los más cercanos que a los más extraños.

Es esta temperatura física, que no mental, en esto no puede uno equivocarse, en la que se construye esta obra. Temperatura en la que unos deciden comprar flores y organizar fiestas, como Clarissa, Mrs Dalloway, cuyo ruido y ocupación acallen la pregunta y la búsqueda de una posible respuesta. Igual que otros, atenazados por la voz, por esa rumiación, acaben poco a poco con el interés que tiene el mundo. En ambos casos agotando a su entorno, ya sea en fiestas como en indiferencia.

Claro que todo esto es una historia muy triste. Muy melancólica. Sin embargo, espectadores y críticos disfrutarán mucho si aceptan el teatro como lo que es, el regalo que se hace y no el regalo que se espera; si aprecian el trabajo de los actores en ese entorno austero que convierten, por actitud y por palabra, en un creíble lugar para fiestas y confidencias; si son capaces de ver la belleza de las proyecciones, siempre remitiendo a la belleza del mundo natural, a claros cielos nocturnos estrellados y al agua de lluvia subiendo en los cristales; si disfrutan y se les alegra el corazón con ese pequeño intermedio musical, que solo algunos espectadores se atrevieron a aplaudir cuando está apelando al baile y a la fiesta, al “hoy vivo”.

Entenderán que no hay posibilidad de historia, como no hay posibilidad de sentido a esa terrible pregunta que unos cuantos humanos se hacen conscientemente muchas mañanas, algunos todas las mañanas del mundo, de su mundo. Una pregunta que se responde con un “on” o con un “off”. Clarissa, Mrs. Dalloway, hace “on” y Angélica, otro de los personajes, hace “off” ¿en qué se diferencian? Ese es el juego propuesto, antes que construir una historia, hay que hallar las diferencias entre los que hacen “on” y los que hacen “off” ¿a ver cuántas diferencias se encuentran?

 

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