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18/08/2021 07:07 CEST | Actualizado 18/08/2021 07:07 CEST

Mujeres afganas: el horror tiene género

Se les va a privar de todos los derechos humanos de un plumazo.

SAJJAD HUSSAIN via AFP via Getty Images
Mujeres en Afganistán.

No soy historiadora ni creo que ya experta en nada, rodeada de tanto sabio, -sí, en masculino-, como nos rodea, que con sus decisiones políticas han construido este mundo de injusticias y desigualdades insoportables. A las desgracias habituales, nacionales e internacionales, pandemia terrible incluida, han venido a sumarse este verano el informe, devastador, sobre el cambio climático. Que está ahí, pese a que no queramos verlo, y ahora la conquista de Afganistán por los talibanes, después de 20 años de presencia en ese país de las potencias occidentales, capitaneadas por EEUU, y diez años antes por la Unión Soviética.

No sé casi nada de la historia de Afganistán, por eso reproduzco algo que escribe  en El País el catedrático Pere Vilanova: “Cuando vemos imágenes de hombres, mujeres y niños desesperados buscando un visado o intentando cruzar las fronteras debemos tener presente que sus padres y abuelos ya pasaron por esto”. “Afganistán es un país de guerra civil. Desde Alejandro Magno, el que ha llegado por las malas acaba yéndose”. “Lo que ocurra ahora vendrá definido por las lealtades entre individuos, clanes, tribus y fracturas interétnicas”. Un muy Interesante artículo que ayuda a comprender lo que ocurre, pero que no es, lógicamente, suficiente para calmar el dolor terrible que nos produce lo que está sucediendo.

¿Qué está pasando en el mundo? ¿Es posible que no aprendamos de las tragedias vividas en la historia? ¿Siempre al borde del precipicio?  Y, sin embargo, parecía que otro mundo era posible, después de los terribles destrozos de la Segunda Guerra Mundial, del final de la Guerra Fría, de la desaparición del telón de acero, por solo referirme a lo ocurrido en nuestro llamado primer mundo en casi un siglo; la desolación y la tristeza, en forma de pobreza y desigualdades, no solo no cesan, sino que se acrecientan. Otra pandemia contra la que no parece que haya vacuna.

Supongo que el capitalismo salvaje en el que estamos tiene mucho que ver, pero también, y como siempre, el fanatismo religioso o patriótico a los que recurrimos día tras día, en busca de consuelo a eso de la finitud del ser humano. Las religiones no me interesan, y aquellas en cuyo nombre se hace daño y se maltrata de palabra y obra, aún menos. 

Hoy le toca al Islam, que no digo que sea ni peor ni mejor que otras creencias, y más cuando son llevadas al límite de la locura con los seres humanos que poblamos la tierra. En vez de consuelo son un terror para las personas.

El ruido de mi memoria me lleva a recordar, por ejemplo, mis distintos viajes a Estambul, El Cairo o Damasco, a los que he tenido la fortuna de ir más de una vez, no solo de turismo, y admirar las maravillosas mezquitas de esas grandes ciudades. Con el transcurso de los años fui viendo crecer el uso del velo islámico, en sus diferentes modalidades, en las mujeres de esos países. De no ver a ninguna con velo, a ninguna, a ver, en pocas décadas, a  la mayoría de ellas con las cabezas cubiertas  y túnicas.

Me preocupa mucho lo que está pasando en el mundo en general, y en Afganistán en particular, pero lo que más me angustia de todo son las mujeres afganas, a las que se les va a privar de todos los derechos humanos de un plumazo. Cuentan que son 29 las prohibiciones que los talibanes imponen a las mujeres:  completa prohibición del trabajo femenino fuera de sus hogares; de cualquier tipo de actividad fuera de casa a no ser que sea acompañada de su padre, hermano o marido; prohibición de cerrar tratados con comerciantes masculinos; de ser tratadas por médicos masculinos; de estudiar en escuelas, universidades o cualquier otra institución educativa; requerimiento para que lleven velo que las cubra de los pies a la cabeza (burka); azotes, palizas y abusos cuando no vistan acordes con las reglas; lapidación publica de las mujeres acusadas de mantener relaciones fuera del matrimonio; prohibición del uso de cosméticos; de estrechar la mano a los varones; de reír o cantar en voz alta; llevar zapatos de tacón; practicar deporte; asomarse a los balcones; llevar pantalones... y suma y sigue: prohibido vivir, porque lo que les queda no es vida.

El horror si tiene género: el que van a sufrir las mujeres afganas; por eso hay que movilizarse en su defensa, con todas las posibilidades que tengamos a nuestro alcance. En el “Manifiesto de apoyo a las mujeres afganas” que han promovido cuatro grandes periodistas españolas, y que lleva ya miles de adhesiones, se hace “un llamamiento urgente a la comunidad internacional para que se mantengan abiertas las fronteras de Afganistán y salgan del país todas las personas que lo deseen, en especial las mujeres que, por el simple hecho de serlo “suman una crueldad intolerable y adicional a la que padecen los afganos de cualquier condición”.

Este quiere ser mi pequeño grito de solidaridad con ellas porque “el horror de las mujeres tiene género, el de las mujeres que lo sufren”. Hermanas, no estáis solas.