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29/12/2020 07:10 CET | Actualizado 29/12/2020 07:10 CET

Musta y Asís en busca de la libertad

Cada uno nació en un día distinto, en pueblos diferentes, no comparten ni padre ni madre.

Dan Kitwood via Getty Images
Embarcaciones empleadas por migrantes para llegar desde África a España, acumuladas en Las Palmas. 

Octavio Suárez tiene dos hijos, ambos de veintinueve años. Cada uno nació en un día distinto, en pueblos diferentes, no comparten ni padre ni madre, tampoco su personalidad es parecida; pero sí tienen en común otras muchas cosas determinantes en su vida, como, por ejemplo, que a los dos les llegó la fortuna de manera idéntica, en igual instante, y ahora duermen y forjan sus sueños bajo el mismo techo. También que los dos llegaron desde Marruecos a Gran Canaria por la misma vía, en patera, a pesar de que lo hicieron en embarcaciones y oleadas diferentes, solos, con dieciséis años, sin saber nadar, sin saber español.

Musta y Asís huían de poblados miserables del Atlas. Sus familias no tenían ni comida ni perspectivas para ellos, así que los embarcaron con la esperanza de que su salvación fuera la de todo el clan. Y en Europa -porque Canarias, aunque no siempre lo parezca, lo es- vivieron en centros tutelados hasta su mayoría de edad. 

En esos años se escolarizaron y se acostumbraron al fracaso; aprobar asignaturas sin entender el idioma, sin entender el sistema y sin apoyo comprometido y competente para su aprendizaje, más que una tarea hercúlea hubiera sido un milagro. La estructura no está preparada para tener en cuenta su viaje y sus consecuencias, sus días y días en cuclillas, sus necesidades hechas encima a pesar de su pudor extremo, su incertidumbre como única compañera y el miedo arraigado a sus células adolescentes. Mucho menos lo está para identificar y potenciar las destrezas de los alumnos, especialmente si se salen de los cánones habituales, si tienen traumas más profundos que la intolerancia al fracaso.

Entiendes, en su dimensión real, la necesidad de migrar que tienen estas personas cuando viajas a sus lugares de origen y compruebas las condiciones que dejan atrás

Y así, Musta y Asís fueron cumpliendo años hasta llegar a los dieciocho. La ruta ordinaria hubiera sido la calle, pero encontraron un camino para sortearla: un centro de acogida para personas de bajos recursos en las que distintos profesionales orientan la reinserción social de sus habitantes. Octavio Suárez, pedagogo “y el hombre más bueno del mundo”, según le dijo Asís un día a su padre biológico, trabajaba como educador social en él y fue su guía durante dos años. “Aquél no era un entorno enriquecedor para dos chicos de 21 años serios, con empuje y ganas de trabajar, de salir adelante. Necesitaban un ambiente estable, de seguridad, de afecto, unas relaciones que no estuvieran viciadas por las reglas de una vida callejera sin más objetivo que la subsistencia de cualquier manera, para que pudieran prosperar”. Y él, que tiene una casa grande y unas miras mayores aún, decidió acogerlos como hijos. De eso hace ya siete años. 

“La mirada de agradecimiento profundo, de amor, cuando les di las llaves de casa por primera vez, cuando pudieron desterrar verdaderamente de su imaginario el dormir en la calle, es de las experiencias más intensas que he tenido”, explica Octavio. “Entiendes, en su dimensión real, la necesidad de migrar que tienen estas personas cuando viajas a sus lugares de origen y compruebas las condiciones que dejan atrás. No es solo hambre, es desestructura vital, falta de condiciones mínimas de higiene, de educación, de perspectiva y una organización familiar férrea y asfixiante, que clava sobre la espalda de los hijos todas las esperanzas de una cierta prosperidad”.

Allí, desde muy jóvenes, esperan que aporten para la subsistencia del clan completo

Así, Musta y Asís, que, como decíamos, tienen una idéntica fortuna extraordinaria, dado su punto de partida: cada uno su trabajo correspondiente, una familia, además de la biológica, que los arropa y los empuja a mejorar; han logrado deshacerse de la mayoría de las lacras que se adentraron con ellos en el mar, pero no de todas las necesarias hasta la completa integración. “Hay algo de lo que no pueden liberarse, que los amarra, que los aprisiona, sobre todo cuando se comparan con las personas de su edad en nuestra tierra, y es la exigencia de las expectativas de la familia que quedó allá. Aquí los padres apuntalan a sus hijos hasta que vuelan, les allanan el camino y los abrigan. Allí, desde muy jóvenes, esperan que aporten para la subsistencia del clan completo. Para estos chicos es muy difícil salir adelante, pues prácticamente todo lo que ganan lo envían a sus progenitores, nunca es suficiente, siempre queda algún tío, algún primo a quien ayudar. Es muy frustrante y un aspecto, desconocido para la mayor parte de nosotros, que hace todavía más duro su viaje”. 

Octavio, que habla con fluidez, permanece un momento en silencio. “Uno de mis hijos consiguió un trabajo cuyo uniforme consistía en una camisa con chaqueta y corbata. Estaba muy contento, fue todo un logro para él. Se sacó una foto y la puso de perfil de WhatsApp. Cuando lo vieron en Marruecos le demandaron más dinero; si le iba tan bien tendría que poder contribuir con algo más. Ahora soy yo el que tiene su foto en mi perfil de WhatsApp”.