Esto es lo que nadie me contó antes de intentar la fecundación 'in vitro'

Lo más importante antes de iniciar el proceso es tener unas expectativas realistas que te preparen para lo mejor y lo peor.
MAJAMITROVIC VIA GETTY IMAGES

“¿Cuándo es la siguiente cita?”, le pregunté a la enfermera mientras sostenía una sonda que hacía unos segundos estaba en mi vagina.

“No lo sé, el doctor tendrá que analizar los resultados y te llamará por la tarde”, respondió con voz tranquila. Mi mente empezó a bullir con pensamientos frenéticos. ¿Tengo que cancelar mi cita con los clientes de mañana?

Poco después de la hora de comer, me llamó la enfermera. “Tus folículos están creciendo rápido, tienes que venir mañana. Tenemos huecos a las 8:30 o a las 10”, me dijo. A ambas horas tenía citas importantes con clientes, así que pasara lo que pasase iba a decepcionar o importunar a alguno de ellos.

Empecé mi aventura con la fecundación in vitro en 2019. Por entonces no tenía ni idea de lo disruptivo que iba a ser el proceso. No tenía ni idea de que perdería miles de dólares de potenciales ingresos empresariales y que dañaría mis relaciones profesionales. Encima, ni siquiera tenía la garantía de que fuera a funcionar.

Estaba a punto de cumplir 39 la primera vez que le pregunté a mi médico sobre la fecundación in vitro. Me había casado hacía poco con mi marido, Jason, y llevábamos un año intentando concebir un hijo.

Yo ya tengo una hija adolescente, pero Jason no tenía ningún hijo biológico. Al principio probamos la inseminación artificial porque éramos reticentes a empezar con la fecundación in vitro por precio y por tiempo. Por suerte, el jefe de mi marido había incluido en el seguro médico de los trabajadores parte del coste de una fecundación in vitro. Tras debatir nuestras opciones con un endocrino reproductivo, decidimos dar el paso.

Durante los primeros 12 días tuve que seguir un protocolo médico muy complejo. Mi fecundación in vitro en concreto requería que tomara cuatro medicamentos cuidadosamente medidos para estimular los ovarios, para la maduración de los ovocitos y para preparar el endometrio.

Eso significa que todas las mañanas me tenía que tomar varias pastillas. Durante el día llevaba puesto un parche y por la noche me tenía que inyectar una mezcla de medicamentos directamente en el estómago.

Tenía una caja con agujas de diferentes tamaños. Con la aguja grande mezclaba dos viales de un polvo con una solución salina. Con otra aguja absorbía la mezcla y me la inyectaba en el estómago. Para tener controlado todo el proceso, anotaba todo en un calendario antes de dormir, y para cerciorarme de que llevaba el parche adecuado, cada uno iba numerado con su fecha correspondiente.

Y eso fueron solamente los primeros 12 días. Los protocolos para preparar mi cuerpo para la transferencia del embrión fueron diferentes, pero igual de complejos.

Estaba siempre con miedo de hacer algo mal y tirar por la borda miles de dólares en medicamentos. Junto con los complicados protocolos farmacéuticos y las impredecibles citas de última hora con el médico, también sufrí insomnio, cambios de humor hormonales, hinchazón y dolor constante por las inyecciones. Me quedé casi calva de pestañas.

A cinco días de mi segundo intento de fecundación in vitro, recibí una llamada de una socia de mi negocio para pedirme que atendiera a un cliente por ella. Aunque de verdad quería ayudar, lo primero que hice fue comprobar mi calendario.

Mi marido y yo habíamos decidido mantener en secreto nuestro proceso de fecundación in vitro, pero, preocupada por poner en peligro mi sociedad con mi amiga, se lo acabé confesando para que comprendiera que iba a tener unos horarios muy impredecibles durante las próximas semanas o meses.

“Podré ayudarte si no me dan cita esa mañana o si me pueden dar cita a las 6:30, pero no lo sabré hasta las 2 de la tarde del día anterior”, le expliqué.

Por desgracia, el cliente necesitaba una respuesta ya. Ese “no” me costó varios miles de dólares. Como empresaria necesitada de ese dinero para seguir costeándome la fecundación in vitro, fue un golpe difícil de asumir.

“Todo el mundo debería tener acceso a los tratamientos de fertilidad, no solo las familias de mayor capacidad económica”

Lo más difícil de sobrellevar, sin embargo, fue el desgaste emocional que me provocaría.

En mi primer intento, produje un embrión, pero era genéticamente inviable. En enero de 2020, Jason y yo decidimos intentarlo por última vez. Un mes después, tuvimos la fortuna de escuchar que habíamos conseguido dos embriones viables. A los días, todos los procedimientos médicos voluntarios quedaron suspendidos por la pandemia.

Pese a tener dos embriones preparados, no teníamos ni idea de cuándo reanudaríamos el proceso, si es que lo conseguíamos. En esa época ya estaba rozando los 40 y era consciente de que cada día que pasaba disminuía mis probabilidades de embarazo exitoso. Esa época, si recordáis, estuvo llena de noticias y memes sobre el inminente baby boom que se iba a vivir tras el confinamiento.

“No tendremos esa suerte”, pensé.

En mayo por fin nos dieron luz verde para continuar con el proceso. Empecé a tomar varios medicamentos para preparar el endometrio. Ocho días después de la transferencia del primero de esos dos embriones, fui a la clínica para que me hicieran un análisis de sangre. La enfermera me llamó unas horas después: ”Buenas noticias: ¡Estás embarazada!”.

Dado mi historial médico de abortos espontáneos, tuve que hacerme análisis de sangre cada dos días. Eso implicó más problemas de horario y calendario.

Pasadas varias semanas, mi médico me llamó para decirme que mis niveles hormonales se habían desplomado y que estaba en proceso de abortar. Me quedé devastada y confusa. Ya había sufrido tres abortos antes, pero no esperaba que me sucediera también con la fecundación in vitro y con un embrión viable. Estuvimos todo el verano llorando la pérdida.

Dos meses después del aborto, empecé de nuevo el proceso y me implantaron mi último embrión viable, pero días después de la trasferencia me dijeron que no había funcionado.

Esa noticia fue casi tan dura como el propio aborto. Significaba que mi aventura había finalizado sin mi bebé. Habían sido dos años de mucho dinero, tiempo y energía invertidos.

A esas alturas, Jason y yo habíamos decidido dejar de intentarlo. El seguro de su empresa solo cubría hasta cierta cantidad de dinero y el desgaste físico y emocional había sido insoportable.

“Echando la vista atrás, desearía haber aparcado mi trabajo durante ese tiempo y haberme centrado en cuidar de mí misma”

En el hipotético caso de que tuviera suerte en el siguiente intento, sería madre a los 42 años, lo que lo convertía automáticamente en un embarazo de alto riesgo. Además, teniendo en cuenta mi nefasto historial de abortos involuntarios sin explicación, no queríamos reintentarlo sin antes tener respuestas.

Para mí, poner fin a la fecundación in vitro fue la mejor decisión, por mucho que me duela y la siga cuestionando todos los días.

No solo estaba deseosa de tener un hijo con mi marido, sino que a menudo sentía que estaba engañándole: “Podría tener hijos con cualquier otra mujer más joven”.

En un mundo en el que a las mujeres nos han condicionado para creer que nuestra valía está vinculada a nuestra fertilidad, no me sorprende tener estos pensamientos. Esta sociedad está construida para parejas heterosexuales que han decidido tener hijos sin intervenciones médicas. Lo he visto en la tele y me lo han inculcado desde niña en mi comunidad religiosa; por eso he asumido esta narrativa como propia.

Jason y yo vamos a salir de esta juntos. Sabemos que concebir un bebé no determina el éxito o el fracaso de un matrimonio. Hemos tenido la suerte de encontrarnos el uno al otro; Jason es un gran padrastro con mi hija, Hailey.

Para muchas familias, la fecundación in vitro es un milagro. Para otras, no funciona según lo planeado. Sea como sea, todo el mundo debería tener acceso a los tratamientos de fertilidad, no solo las familias de mayor capacidad económica.

La doctora Stephanie Gustin, experta obstetra-ginecóloga, tiene un consejo para quienes se estén planteando la fecundación in vitro: “Es un tratamiento muy caro y a menudo es el final de un largo proceso de reflexión que lleva años. La realidad es que solo puedes controlar ciertos aspectos del proceso: sigue tu horario y calendario de medicamentos y pregunta cuando tengas dudas. Sé amable contigo misma y con tu cuerpo. Estás haciendo todo lo posible y más”, explica.

Cuando las amigas que optan por la fecundación in vitro me piden consejos, les digo dos palabras: “Aceptación radical”. Es fundamental aceptar que no puedes controlar nada: los tiempos, las citas con el médico, el resultado... Echando la vista atrás, desearía haber aparcado mi trabajo durante ese tiempo y haberme centrado en cuidar de mí misma.

La fecundación in vitro es distinta para cada mujer. Lo más importante antes de iniciar el proceso es tener unas expectativas realistas que te preparen para lo mejor y lo peor.

Este post fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.