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26/10/2018 07:19 CEST | Actualizado 26/10/2018 07:19 CEST

Negociar la historia

Pixabay

En febrero de este año, el Senado polaco aprobó un proyecto de ley que castigaba con pena de cárcel a los que acusaran al país de haber colaborado en el Holocausto. La iniciativa despertó una fuerte reacción crítica, por considerar que entorpecía el libre intercambio de ideas sobre un tema muy polémico. Se calcula que, de los seis millones de judíos que perecieron en la Segunda Guerra Mundial, la mitad tenían esa nacionalidad. Con la ley, el partido Ley y Justicia pretendía salir al paso de una corriente revisionista que responsabiliza a los polacos por atrocidades atribuidas anteriormente solo a los nazis. Recordemos el libro Vecinos, de Jan Gross, y las películas Ida, de Pawlikowski, y El secreto de la aldea, de Pasikowski.

El proyecto no llegó a cuajar. La presión internacional causó efecto. Pero el mero intento revela que la democracia puede servir a veces de pretexto para que grupos de corte autoritario pretendan avanzar su programa. El partido Ley y Justicia obtuvo una mayoría absoluta en las últimas elecciones y lo hizo con una plataforma nacionalista, por lo que parece justificado asumir que una mayoría de polacos podría estar a favor de la ley. Pero, aunque así fuera, no por eso dejaría de representar una intromisión inaceptable en un campo en el que el intento de esclarecer la verdad no puede llevarse a cabo mediante votos y coacciones.

La iniciativa evidencia asimismo la tentación que experimentan ciertos políticos por imponer una determinada visión de la historia. Esa tendencia dista mucho de limitarse a casos excepcionales, como podría deducirse del ejemplo anterior. Más bien lo contrario. Y es que, a la hora de interpretar el pasado, rara vez existe unanimidad de criterio entre los especialistas, sobre todo en parcelas que poseen un alto componente emocional. Lo que significa que alguien tiene que elegir la versión que se impondrá como canónica. La que, sin ir más lejos, estudiarán los niños en las escuelas, por mencionar un apartado cuya importancia todos conocemos.

¿Cómo superar los inevitables desacuerdos que surgen al intentar comprender lo que sucedió en el pasado?

Algunos podrían pensar que la solución está en que los historiadores realicen su trabajo con objetividad, sin dejarse llevar por emociones y prejuicios. Pero sabemos que ese objetivo es imposible en la práctica. Sin que esto implique negar que haya historiadores más objetivos que otros, el hecho es que los seres humanos no podemos renunciar a lo que somos, a nuestras simpatías y a nuestras fobias, por lo que todo lo que hacemos está filtrado por nuestra personalidad. Pero, entonces, ¿cómo superar los inevitables desacuerdos que surgen al intentar comprender lo que sucedió en el pasado?

En regímenes autoritarios, la cuestión está clara. Quienes ejercen el poder, imponen la versión que más les conviene. El problema es que esa interpretación confronta el rechazo de sus adversarios, lo que motiva que en una misma sociedad pueden coexistir formas incompatibles de entender el pasado. Y todos los grupos intentarán imponer la suya por los medios a su alcance. El caso polaco revela que hay partidos de tendencias autoritarias que recurren a métodos supuestamente democráticos para defender sus intereses.

En una democracia la cuestión es (o debería ser) diferente. Del mismo modo que las principales fuerzas que componen un país llegan a acuerdos para regular la convivencia, deben también hacerlo para consensuar una visión del pasado que sea mínimamente aceptable para la mayoría. Entre otras razones, porque la forma en que una sociedad escribe su historia dice más sobre el momento en que se escribe que sobre el pasado que pretende reflejar.

Hace poco más de un año, me invitaron en Madrid a un congreso sobre al-Andalus y me sorprendió observar la visceralidad con que los distintos ponentes defendían visiones diametralmente opuestas sobre lo sucedido en la Edad Media. Cuestiones como el significado que tenía el término España (o Hispania) en aquella época, si eran españoles o no los musulmanes, o si se trató de una empresa de reconquista o de una guerra civil, despertaban debates furibundos, como si, en lugar de intentar entender una realidad que sucedió hace varios siglos, se estuviera debatiendo un problema de actualidad.

Las tensiones que se observan sobre la forma de entender el pasado indican que existen aún entre nosotros importantes conflictos por resolver

Y probablemente así fuera. Porque, aunque tendamos a ignorarlo, el pasado se convierte con frecuencia en un campo de batalla sobre el que proyecta sus conflictos la sociedad del presente. Cuando en un país proliferan visiones incompatibles de su propia historia, esa discrepancia revela la presencia de graves desavenencias sobre la forma en que se debe organizar la vida en común. De hecho, es lo que sucede ahora en España. Se trata de una asignatura pendiente que debemos abordar con urgencia.

Nuestra democracia parece haber logrado superar muchos de los retos que nos lastraron durante siglos, pero las tensiones que se observan sobre la forma de entender el pasado indican que existen aún entre nosotros importantes conflictos por resolver. La escritura de versiones antagónicas de nuestra historia demuestra que, en el fondo, no hemos sido aún capaces de dejar atrás la dinámica de confrontación que venimos arrastrando desde el XIX. En lugar de solventar nuestras diferencias mediante negociaciones y pactos, nos empeñamos en enfatizar lo que nos separa, con la esperanza de que, tarde o temprano, el otro desaparecerá. O lo desapareceremos. Los dos últimos siglos han sido pródigos en exilios. Afrancesados, liberales, carlistas, nacionalistas, republicanos. Pero la pluralidad es un factor intrínseco en cualquier sociedad. Intentar eliminarla no conduce a nada. Solo a crear tensión.

En una democracia, la convivencia debe negociarse. Para ello, es imprescindible que todos estemos dispuestos a ser flexibles para acercar posiciones. Algunos pensábamos que eso fue precisamente lo que se hizo en la Transición, pero viendo lo sucedido en los últimos años, parece que hubo muchos que no lo entendieron así. La virulencia con que los distintos grupos pretenden imponer versiones incompatibles de nuestra historia, nos revela la existencia de tensiones que han permanecido enquistadas. Bajo la cobertura de un proyecto negociado, se ha seguido fomentando una cultura de enfrentamiento. Si queremos reducir la crispación que se vive en la actualidad, debemos empezar por erradicar sus causas. Negociar el pasado es tan importante como negociar el futuro. Bien mirado, de hecho, viene a ser lo mismo.

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